Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) El nidal
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El nidal

El Maestro Elonio

Pueblo de Gevas

Muchos giraban al verlo, y en ese movimiento emergía un desprecio que no necesitaba palabras.

Otros escupían a su paso, y la saliva se hundía en el polvo en un insulto deliberado.

Porque los rumores ya zumbaban de boca en boca, igual que las moscas atraídas por la carroña…

y también el hecho de haber sido el único en socorrer a Centrios cuando yacía magullado y medio inconsciente sobre el barro…

no solo no le había ganado perdón alguno entre los vecinos…

sino que engendró una hostilidad que no daba señales de agotarse.

Y para empeorar todavía más las cosas, apenas unos momentos atrás un Salmón, ni más ni menos que un Guardia de Lareon, había llamado «Bestial» a su mujer…

y no lo hizo en un rincón apartado ni en voz baja…

sino que lo escupió de cara a todos, con la intención clara de que cada persona en el pueblo lo escuchara…

y el eco que fue saltando de fachada en fachada por el pueblo, terminó por volverse más persistente que el propio grito que le había dado origen.

Realmente el pueblo entero tenía motivos para detestarlo, y Bledon lo comprendió sin necesidad de demorarse en ello, porque sabía que la razón suele ser lo primero que el miedo deforma…

y después de eso ya no queda más nada, porque cada mueca comienza a enturbiarse… cada silencio se carga de sospecha.

Por eso él optaba por ignorarlo todo, y seguía avanzando con los hombros firmes y la mirada clavada al frente, atravesando las calles, y sin concederle espacio a las expresiones esquivas, ni a los murmullos que se apagaban cuando pasaba cerca…

hasta que a menos de una calle para llegar al gran Nidal, desde donde ya comenzaba a percibirse el hedor penetrante que parecía adherirse al aire mismo… algo repentino lo obligó a detenerse.

Una multitud se agolpaba formando un muro vivo en mitad de la calle, y Bledon tuvo que abrirse paso entre el gentío con una incomodidad creciente, apartando hombros y codos que siempre devolvían el golpe, mientras las carcajadas se chocaban unas contra otras, viendo cómo un viejo vendedor…

cuyo carro se había volcado al soltársele una de sus ruedas…

intentaba juntar los camotes morados desparramados por el suelo, arrastrando torpemente las rodillas sobre la tierra, porque las piernas ya no le respondían como antes…

mientras estiraba los brazos con desesperación hacia las verduras dispersas, a la vez que forcejeaba con los niños que correteaban a su alrededor, que le arrebataban los camotes, para arrojárselos entre ellos con la ligereza cruel de un juego de pelota…

y cada vez que el viejo lograba aferrar uno, otro crío se lo arrancaba inmediatamente de los dedos entre carcajadas, como si la desesperación del anciano, se hubiera convertido en el espectáculo más divertido de toda la tarde.

Bledon sintió que algo áspero se le atascaba dentro del pecho, al contemplar a ese pobre anciano…

con las manos teñidas de morado hasta las muñecas, como si los camotes le hubieran dejado impresa en la piel la marca entera de su oficio, quien allí permanecía arrodillado sobre la calle…

abatido por un temblor cargado de impotencia, más que de vejez…

con un rostro surcado por unas arrugas que acumulaban cada derrota de su vida, y vencido por la flacidez exhausta de un cuerpo que ya no solo no le obedecía, sino que contemplaba resignado cómo el trabajo entero de la jornada se le escurría entre los dedos sin remedio…

pero lo más doloroso ni siquiera eran los críos…

que en su inocencia actuaban desde una torpeza festiva, incapaz de medir aquello que destruye mientras ríe…

lo verdaderamente hiriente era que los adultos solo observaban…

algunos incluso celebrando las piruetas de los críos con aplausos y carcajadas…

y nadie… ni uno solo de entre toda esa multitud… se inclinaba para detener aquello.

Ni una voz que los retara.

Ni una mano tendida hacia el viejo.

Nada…

¡Ni siquiera la ley se dignaba mostrarse!

Porque no se veía ni el dedo meñique de aquel regordete en las cercanías…

o mejor dicho El Salmón Nartio… o con el respeto obligatorio que demandaba su uniforme…

de El Guardia Nartio… quien tanto daño causó más temprano, y que ahora seguramente descansaba bajo algún alero…

con las piernas abiertas en una cómoda desidia…

arrancando grandes mordiscos a trozos grasientos de queso y chorizo curado…

y luego, sin apuro y sin duda alguna, remataría el festín entregándose a una larga siesta digestiva, según se lo requería su «saludable» manera de vivir.

Este pueblo ya no es el que solía ser , pensó Bledon, y la certeza le dolió más de lo que esperaba.

Y cuánta verdad había en eso, porque antes alguien habría extendido una mano sin pensarlo demasiado, y ese antes, en el que existía esa clase de impulso sencillo…

que por costumbre se ayudaba a otro sin calcular primero quién observaba…

ahora se sentía ajeno, se sentía un recuerdo deformado por la distancia…

era un antes donde el miedo todavía no obligaba a bajar la mirada, ni a desviarla hacia un costado fingiendo que nada ocurría.

Pero en este Halo, en este preciso instante del Reino donde la historia comenzaba a repetirse con una familiaridad enfermiza, solo él se acercó al vendedor para ayudarlo a recoger los camotes morados, que aún rodaban sobre la tierra medio seca…

y después con paciencia, tanteando el eje con dedos que no temblaban pese a las miradas alrededor, lograron encajar de nuevo la rueda rebelde en su sitio.

El viejo intentó meterle una bolsa de camotes en las manos como agradecimiento, pero Bledon la rechazó con gentileza, y sin demorarse más… recorrió el trecho que le quedaba hasta el Nidal… avanzando entre miradas torcidas y un desprecio que ya nadie se molestaba siquiera en ocultar.

Y en medio de esa humillación sostenida, cuando el padre de Albius llegó por fin a la puerta de su destino, se detuvo de inmediato…

tomó una honda bocanada de aire todavía limpio, preparándose para lo que aguardaba del otro lado, y una vez con los pulmones colmados…

empujó la puerta, y entró a ese edificio que se alzaba descomunal bajo aquel techo cónico de paja amarillenta…

volcado sobre paredes circulares de madera carcomida, que le daban el aspecto de un gigantesco nido envejecido por los Ciclos y la humedad…

y el hedor ácido lo golpeó apenas cruzó el umbral, impregnándole cada rincón de la nariz con una violencia agria, mientras los estornudos se le encadenaban uno detrás de otro sin concederle tregua…

incluso hasta los ojos le ardieron, y lo forzó a parpadear varias veces, quedando cegado por unos instantes, hasta que el contorno del lugar volvió lentamente a ordenarse delante de él.

Desde afuera ya se insinuaban los graznidos y los chillidos de toda clase, pero una vez dentro el ruido parecía abalanzarse desde todos los ángulos al mismo tiempo, taladrándole la cabeza con una insistencia casi insoportable, y parecía que las propias paredes recogieran aquel escándalo animal para devolverlo multiplicado…

allí el avanzar exigía mirar con cuidado el suelo, porque la paja podrida crujía bajo sus botas, apelmazada bajo capas de excrementos viejos y frescos, y cada paso le hundía la suela en esa costra inmunda que cedía con un sonido húmedo y desagradable…

confirmándole una vez más, que el Nidal no estaba hecho para estómagos delicados.

Y entonces, igual que le ocurría siempre que ingresaba en aquel lugar nauseabundo, lo primero que sintió Bledon fue admiración por Jaleno, el pajarero…

pero no por descender de una familia que llevaba generaciones enteras entrenando aves mensajeras, por más útil que esto resultara para toda comunidad…

no… la verdadera admiración le nacía de otra parte…

le nacía, de la monstruosa voluntad necesaria para despertar cada mañana, y respirar durante toda una vida…

aquel tufo despiadado que jamás concedía clemencia.

Había paja colgando en mechones por los bordes de un techo tan alto, que la penumbra terminaba devorando su extremo, y entre aquellas fibras quedaban atrapadas plumas sueltas, que se mecían apenas con la escasa brisa que lograba filtrarse desde arriba, como vestigios del ir y venir que nunca se detenía…

porque allá arriba, donde una docena de aberturas circulares perforaban las paredes, sombras aladas entraban y salían sin descanso, rozando el aire con un batir constante que alimentaba un coro de graznidos, que al enredarse con todo lo que rugía más abajo, formaban un murmullo casi interminable…

de esos que los vecinos alcanzaban a escuchar incluso desde lejos.