Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Decisión #2
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Decisión #2

Porque no encontraba palabras para acomodar dentro de aquella posibilidad monstruosa.

Entonces permaneció quieta, escuchando a su marido con una opresión creciente… incapaz de decidir si aquella idea resultaba esperanzadora… o todavía más aterradora.

—No lo sé, Cilias. Y no puedo saberlo. Menos permitirme confiar en eso —se inclinó otra vez hacia adelante y apoyó los codos sobre la mesa—.

No comprendo aún su intención, pero Nartio te marcó, y al hacerlo nos dio una razón creíble para que huyas sin despertar sospechas.

Y eso… —la miró fijamente— eso puede salvarte.

El rostro de Cilias terminó de desencajarse.

—¡Pero el maldito me señaló Bestial! ¡Me escupió!

Su mujer intentó decir algo más, aunque las palabras se le quedaron atoradas en el estómago, mezcladas en una náusea espesa que no encontraba salida, y de sus labios solo escapó un sonido quebrado…

un hilo de aire roto que dejó al descubierto cómo algo muy frágil allí en lo hondo, acababa de partírsele.

No era llanto…

Ni siquiera rabia…

Era algo peor.

Un tormento desnudo.

—Lo sé. Y debe dolerte —dijo Bledon, con una ternura que insistía en sostenerla—. Pero si no te doliera… si no te vieras aterrada de verdad… si no huyeras con un miedo verdadero clavado en el cuerpo… —le sostuvo la mirada otra vez— no funcionaría.

Cilias negó apenas… incapaz todavía de aceptar lo que oía, o quizá negándose con desesperación a hacerlo.

—¿Funcionaría, el qué?

—El lograr salvarte —Bledon volvió a tensar la mandíbula, y el músculo se le marcó bajo la piel con dureza—. Sea cual sea la intención de Nartio, el resultado es que ahora tienes una salida creíble ante los ojos del pueblo.

—¿Y Albius? —preguntó Cilias, y el nombre le salió cargado de algo, que punzaba más hondo que el miedo mismo.

Entonces la mirada de Bledon fue a detenerse en la puerta cerrada de la habitación de su hijo, escuchando aquella respiración tranquila del otro lado…

ese ritmo lento y ajeno a todo, que solo tiene quien duerme sin saber lo que ocurre…

y no respondió enseguida, porque sabía que le costaría pronunciar la respuesta.

—Albius se queda conmigo —habló al fin, poniéndose de pie entre el leve chirrido de la silla, y avanzó hasta la ventana, buscando en el exterior oscuro alguna firmeza capaz de sostenerle la voz—.

Irá con el Maestro Elonio. Aprenderá lo necesario y en dos Halos Marnus enviará por él.

Nadie sospechará nada, porque tú ya te habrás ido. Ya serás una historia vieja.

—No quiero dejarlo.

—Lo sé.

—Pero solo dos Halos más —insistió ella, aferrándose a esa cifra con desesperación—. Quiero esos dos Halos más con mi hijo.

—Lo sé —Bledon se volvió hacia ella, y esta vez no intentó suavizar la verdad—. Pero si te quedas y te llevan, serán cero Halos para siempre.

Cilias cerró los ojos con fuerza, buscando refugio en la oscuridad apretada de sus párpados.

—¿Cuándo? —musitó al volver a abrirlos, con un hilo de voz.

Bledon dirigió la mirada hacia el vestido rosado, hacia esa mancha inmunda que parecía concentrar un sufrimiento que no solo le pertenecía a su mujer, sino a todos aquellos que habían sido marcados antes…

durante miles y miles de Halos… una marca que ahora sin duda la condenaba… aunque a la vez podía salvarla.

—Esta noche —indicó, regresando a la silla y dejándose caer sobre el almohadón, porque el cuerpo ya no podía sostenerlo del todo—. Mientras el miedo siga fresco y todos recuerden lo que Nartio te hizo.

Cilias se quedó inmóvil.

«Esta noche», dijo su marido, y las palabras se le clavaron entre las costillas con la precisión fría de agujas finas.

Esa madre se repitió esas dos palabras en silencio, dejándolas recorrerle el cuerpo despacio…

y durante un instante se quedó mirando sus propias manos sobre la mesa, como si fueran de otra persona…

y entonces algo empezó a abrirse en su interior con una lentitud cruel…

porque sin saberlo, ya había vivido su último amanecer con su hijo.

Mañana no le pediría las sobras del desayuno.

Mañana no tendría que insistirle para que eligiera algo dulce en su lugar.

Porque no existiría un mañana con Albius… ni siquiera en esas cosas pequeñas y domésticas, que hasta entonces parecían no importar.

Cilias se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, y preguntó… sosteniendo la mirada en el padre de su hijo:

—¿Y tú?

—Yo me quedaré con Albius —respondió su marido, con una firmeza en la voz que disimulaba todo lo que en realidad sentía—.

Lo protegeré hasta que Marnus llegue. Y después…

—se encogió de hombros en un gesto breve, atravesado por una tristeza que ya no intentó ocultar— después fingiré buscarte por un tiempo.

Mostraré que estoy destrozado porque mi mujer huyó ( además el dolor de no tenerte será tan real que no tendré que fingir nada , pensó para sí, mientras evitaba mirar a su mujer)—.

Luego, cuando sea seguro, desapareceré también para ir en tu búsqueda.

—¿Y si te atrapan?

Bledon dejó escapar una sonrisa triste…

—Yo no soy nadie para los Custodios. Lo importante es que tú y Albius estén a salvo.

Cilias se puso de pie y lo abrazó con fuerza… intentando grabar en la piel, aquello que la noche estaba a punto de arrebatarle.

—No es justo.

—No —respondió Bledon, rodeándola con los brazos mientras volvía a levantarse—. Pero es lo único que tenemos.

La madera de la cabaña crujía despacio bajo el peso de los dos, y permanecieron abrazados sintiendo el calor del otro durante un largo momento… mientras la respiración iba y venía entre ambos, y en ese silencio cargado, entre ese amor que ya no necesitaba palabras para decirse.

Quedó sellado lo inevitable…

Quedó pactado que Cilias se iría esa misma noche.

Y los dos últimos Halos que imaginaron compartir juntos con su hijo, ese pequeño margen donde aún cabía la ilusión de una familia intacta…

se habían reducido ahora a unos miserables Pulsos…

y El Salmón Nartio… odiándola o quizá empujándola hacia la salvación…

había decidido su destino con un simple escupitajo.

Bledon conocía a su esposa lo suficiente, para comprender que ahora necesitaba quedarse a solas con sus pensamientos… dejar que el dolor descendiera despacio, hasta ese rincón interior donde nadie podía acompañarla.

—Llevaré la nota para Marnus —dijo, señalando el pergamino sellado con lacre sobre la mesa.

—Se está repitiendo… —murmuró Cilias, con la mirada perdida en un punto que no estaba en la habitación—. Ellos lo saben. No sé cómo, pero lo saben. Nos están cazando igual que aquella vez.

De pronto alzó la vista, y se encontró con los ojos de su marido hundidos en una tristeza antigua, y habló sobresaltada:

—¡Debo llevar el pergamino! —exclamó, intentando ponerse de pie.

Pero las fuerzas la abandonaron de golpe, y las piernas le cedieron debajo del cuerpo… y habría caído al suelo, de no ser por la rapidez con la que Bledon la sostuvo entre los brazos, devolviéndola con cuidado a la silla.

—No te preocupes. Descansa. Iré yo —la tranquilizó, y aun después de sentarla, siguió sosteniéndola un instante más… porque simplemente, le dolía desprender las manos del cuerpo de ella.

Los párpados de Cilias comenzaron a rendirse bajo el agotamiento, pero el recuerdo del herrero, le atravesó la cabeza con la violencia de una alarma tardía.

—¡Debes avisarle a Grouto! —le apretó la muñeca desesperada— ¡Dile que huya del pueblo!

—Lo haré, no te preocupes —respondió Bledon, cargando una pena que parecía no encontrar dónde ponerla—. Ven. Necesitas dejar de pensar en todo esto por un rato —dijo antes de rodearla con firmeza con sus brazos y llevarla hacia el dormitorio.

Allí la recostó con cuidado… la cubrió con una gruesa manta de lana, y sintiendo el olor áspero del tejido la arropó hasta el cuello…

la miró con intensidad… le acarició con suavidad ese pelo negro tan suyo, aunque en realidad no tan suyo al mismo tiempo, pero que tan bien le sentaba…

y luego inclinó el rostro dejándole un beso leve sobre sus labios.

Al salir cerró la puerta despacio, con una cautela que parecía alargar adrede el momento… como si cada pequeño espacio de madera que se interponía entre ellos, fuera una despedida que no estaba dispuesto a cerrar.

Aunque no se alejó.

Sino que se detuvo allí… inmóvil frente a la puerta cerrada del dormitorio, con la mirada clavada en las vetas de la madera…

y por un instante incluso pensó en volver a entrar…

en abrir de nuevo… en abrazarla con fuerza una vez más…

en decirle que encontrarían la forma de reunirse, de reconstruir lo que estaba siendo arrancado de raíz.

Pero no lo hizo.

Porque sabía que si entraba una vez más… no volvería a salir.

Entonces terminó mirando a su alrededor…

y el aire impregnado por el aroma del guiso de conejo ya frío y por el olor apagado de unas brasas que apenas liberaban calor…

se le adhirió a la garganta con una pesadez que no pertenecía solo al ambiente…

sino también a todo aquello que estaba a punto de perder.

Solo se mantuvo observando su hogar…

Ese hogar que ya empezaba a sentirse distinto… como un lugar que lentamente comenzaba a expulsarlo, sin necesidad de amenazas.

Y sintió con una certeza silenciosa que le enfrió el estómago, que tal vez la próxima vez que cruzara el umbral… ya no reconocería nada de lo que ahora amaba.

Pero apurado por un destino que le respiraba insistente en la nuca, se acercó a la mesa y tomó el pergamino sellado con lacre…

sintiendo el peso ridículamente pequeño de algo que sin embargo iba a cambiarlo todo…

y salió hacia aquel Nidal, donde las aves mensajeras seguramente se picoteaban inquietas.

Caminando sin mirar atrás.