Decisión
El Maestro Elonio
Pueblo de Gevas
Bledon observó alejarse a Albius sin pestañear, siguiendo su figura menuda, hasta que el chico dobló hacia el callejón que conducía al extremo del pueblo, y desembocaba en la colina de aquellas coloridas flores…
cuyos aromas seguían flotando con insolencia, a pesar de la penumbra que había cubierto la región el Halo anterior.
Le brillaron los ojos cuando hablamos del castillo , pensó Bledon, y en ese destello breve se entrelazaban el alivio y ese dolor persistente, que jamás abandona a quien ha aprendido a temer por la vida de un hijo.
Todavía es un niño.
Todavía puede dejarse arrastrar por las aventuras.
Pero luego recordó la pregunta de su hijo… esa que hizo con una voz demasiado seria para una boca tan joven.
«¿El tío me va a querer?»
Y tuvo que tragarse el nudo áspero que le cerró la garganta.
Claro que te querrá , pensó, manteniendo la mirada fija en el punto exacto donde Albius acababa de desaparecer. Eres su sobrino. Eres su familia.
Su hijo ya no estaba ante sus ojos… y con el mundo comprimiéndose sobre su pecho hasta robarle el aire, su padre echó a correr hacia la cabaña y subió los escalones de dos en dos, con zancadas largas y torpes que hicieron resonar la madera bajo sus botas, hasta tropezar en el último peldaño…
justo antes de empujar la puerta, y atravesar el umbral con un impulso casi ciego.
La intranquilidad por su mujer, le roía el pensamiento con la persistencia de un zumbido incapaz de extinguirse…
porque había visto algo en ella… algo en la manera en que Cilias encogió los hombros, en cómo evitó levantar la vista después de emprender el regreso…
y comprendió que el peso de la humillación del regordete Salmón, la había reducido a una versión más pequeña de sí misma.
Entonces ya dentro de la cabaña, y con el golpe seco de la puerta cerrándose a su espalda y retumbando contra las paredes de madera… Bledon se quedó inmóvil con la mano todavía clavada al picaporte, sintiendo que el corazón se le contraía por ella en un doloroso latido.
La mancha oscura del escupitajo de El Salmón Nartio seguía allí, marcada sobre el vestido rosado de Cilias, acompañada por gotas endurecidas de cera adheridas a una manga, además de un polvo gris incrustado en el dobladillo…
era habitual ver manchas de todo clase en el vestido de su mujer…
testigos mudos de jornadas largas, de brasas apagadas, de harina, de tierra húmeda, de manos siempre ocupadas en algo…
pero no aquello… nunca un escupitajo… claro que no, eso nunca lo hubo…
y allí, esa marca húmeda ya seca, tan visible sobre la tela…
tan imposible de ignorar… era una acusación que el tiempo no borraría de su memoria, aunque la tela se lavara cien veces…
y el cazador tuvo que respirar hondo, antes de atreverse a soltar el metal frío del picaporte.
La cabaña aún conservaba el olor espeso del guiso de conejo, y de las brasas ya muertas… como si incluso el aire se negara a disiparse, y prefiriera quedarse a compartir la opresión de lo ocurrido.
Su mujer estaba sentada a la mesa y tenía la cabeza hundida entre las manos, con el cuerpo temblándole bajo el vestido… pero no por el frío… sino por un temblor más hondo, más íntimo… que parecía seguir recibiendo el golpe una y otra vez en algún lugar de su interior, sin encontrar descanso.
El único sonido dentro de la cabaña, era su respiración entrecortada.
Y Bledon no se atrevía a moverse…
Solo observaba a su mujer parado desde su lugar.
Quieto…
Demasiado quieto…
Hasta que ella le habló:
—Me llamó Bestial delante de todos —dijo sin levantar la vista—. Ahora todo el pueblo lo sabe.
Recién entonces Bledon consiguió moverse…
y caminó despacio hasta la repisa para devolver el disco plateado con el emblema de la Guardia del Heredero, y antes de apartarse, inclinó apenas la cabeza hacia la pequeña estatua del Dios del Destino que descansaba a un lado…
agradeciendo en silencio, una protección que ya no sabía si seguía alcanzándolos…
y después fue a sentarse frente a Cilias.
—Sí —exhaló despacio, ni bien el peso de su cuerpo descansó sobre la silla, y esa simple sílaba… le cayó en la boca igual que una piedra.
Su mujer alzó la cabeza, mostrando unos ojos enrojecidos que todavía conservaban lágrimas en los bordes, pero era la rabia lo que verdaderamente ardía allí dentro… iluminándole la mirada con una intensidad casi feroz.
—¿Solo, «sí»? —apretó los puños sobre la mesa—. Dije que me señaló como…
—Como algunos estaban esperando escuchar —la interrumpió Bledon, con una suavidad cuidadosa, intentando contener el temblor que percibía creciendo dentro de ella.
—¿Es que no entiendes? —Cilias golpeó la mesa con la palma abierta—. Tal vez cuando Marnus venga, yo ya… ya, ¡esté en el Carromato!
Bledon la dejó desahogarse, y sin apartar por nada los ojos de ella, aguardó a que la respiración quebrada se le aquietara un poco.
—O puedes irte —dijo finalmente.
Su esposa parpadeó dos veces… luego otra más, y después otra vez… pues necesitaba abrir espacio dentro de sí, para que esas palabras encontraran un lugar donde asentarse.
—¿Qué? —susurró a la par otro parpadeo, y todavía perdida bajo el golpe de la idea.
—Irte antes de que vengan por ti —Bledon se inclinó hacia su mujer.
—Pero Albius…
—Se irá con Marnus, según lo planeamos. Tu hermano lo sacará de aquí en dos Halos —tragó saliva antes de continuar —. Pero tú no tienes por qué esperar tanto.
Cilias negó con la cabeza varias veces, tal vez buscando… no… tal vez intentando rechazar la idea… deshacerla antes de que terminara de volverse real.
—No voy a dejarlo. No hasta que…
—Escúchame —la detuvo Bledon, endureciendo apenas la voz—. Nartio te marcó. Todo el pueblo te vio ser señalada como Bestial. ¿Qué crees que pasará cuando desaparezcas?
Su mujer frunció el ceño, atrapada en la idea… y algo en su pecho se resistía a aceptar una salvación que sabía a traición de sí misma… mientras intentaba encajar piezas que todavía se le escapaban entre el miedo y la rabia.
—Pensarán que hui —lanzó al fin, y los ojos comenzaron a abrírsele despacio.
—Claro —Bledon tomó las manos de ella y sintió el temblor recorriéndole los dedos—. Pensarán que huiste por miedo. Porque Nartio te amenazó diciendo que vendrían a buscarte — habló con extremo cuidado, para que ni siquiera las paredes pudieran escucharlo—. Nadie sospechará que lo planeamos.
Se hizo un silencio que se extendió largo entre ambos, y mientras Cilias procesaba cada palabra… algo dentro de ella empezaba también a rechazar aquella lógica impecable y cruel de su marido… porque precisamente por ser perfecta… dolía más.
—Si me voy ahora… —murmuró, y la comprensión empezó a abrirse paso con lentitud entre la niebla de su miedo.
—Parecerá natural —completó Bledon—. Una mujer aterrada huyendo en mitad de la noche —bajó todavía más la voz—. Pero si desapareces el mismo Halo que Albius… entonces también buscarán a nuestro hijo para encontrarte a ti.
Cilias abrió los ojos de par en par, porque la idea le terminó de encajar con una claridad brutal.
—Pero… dos Halos… —el aire pareció abandonarla a mitad de la frase—. Quería estar con él hasta el final.
—Lo sé, amor —Bledon le acarició las manos despacio, con una delicadeza que parecía pedir perdón por lo que estaba a punto de decirle—. Pero Nartio acaba de cambiar el plan.
—¡Nartio es un…!
—Tal vez —la interrumpió Bledon, antes de que la rabia terminara de tomar forma—. O tal vez no.
Cilias lo miró desconcertada… con la rabia suspendida a mitad del camino, y vibrándole todavía en el rostro sin modo de descargarse.
—¿Qué quieres decir?
Bledon se recostó contra la silla y alzó la vista hacia el techo ennegrecido por Ciclos de humo… buscando ordenar pensamientos que apenas conseguía sostener, sin que se le derrumbaran dentro de la cabeza.
—Otros pueblos han sufrido purgas terribles. El nuestro todavía no.
—¡Pero se llevaron a Pauro ayer!
—Lo sé —admitió Bledon, y la tensión le cruzó cada músculo del cuerpo—.
¡Obvio que lo sé, Cilias! —resaltó, y dejó caer un breve silencio, que parecía necesitar atravesarlo antes de lograr continuar— ¿Y si…
—vaciló, dudando quizá de si pronunciar aquella idea terminaría por volverla real—, y si Nartio llegó a marcarte precisamente para que huyeras?
Cilias se quedó inmóvil… pareciendo que las palabras le llegaban desde una distancia imposible.
—Estás diciendo que… ¿me ayudó? —la voz le salió apagada, ahogada en una incredulidad que todavía no encontraba dónde afirmarse.
—Estoy diciendo que no lo sé —Bledon bajó la vista hacia las manos enlazadas entre ambos—.
Solo vi algo extraño en sus ojos. Fue por un instante.
Como una tensión que no encajaba con el resto…
—se detuvo un respiro, buscando las palabras con cuidado—.
Me dio la impresión de que aquello le pesaba más de lo que debería.
—¡No me importa lo que viste en sus ojos! —la voz de Cilias salió furiosa—. Me escupió delante de mi hijo. Delante de todos —se llevó la mano al vestido mostrándole la mancha—. No puedo pensar en él como si me hubiera hecho un favor.
—Lo sé —Bledon apretó la mandíbula—. Y gritó lo bastante fuerte para que todo el pueblo lo oyera, para que nadie dudara lo que había escuchado —hizo una pausa, dejando que lo dicho se asentara con claridad—.
Porque si de verdad quisiera condenarte…
¿no habría sido más efectivo hacerlo en silencio? ¿Ir directamente con los Custodios?
Y el cazador se odió mucho, al notar con qué helada naturalidad pensaba solo midiendo vidas y calculando posibilidades…
cuando apenas un Halo atrás, solo sabía pensar como un padre asustado…
era como si una parte suya, una parte que no conocía hasta esa jornada…
hubiera estado esperando agazapada el momento exacto de pensar así.
Cilias abrió la boca…
Y volvió a cerrarla…