Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Quince #6
62%

Quince #6

Cilias no apartó la mirada del regordete Salmón hasta que su figura desapareció tras la esquina, con una impotencia que le ardía en cada poro de la piel…

y con lágrimas que le corrían calientes por las mejillas sin poder contenerlas…

se volvió hacia su cabaña, echando a andar con la cabeza gacha, ocultando el rostro bajo el cabello revuelto y el borde de la capa, para que nadie viera cómo empezaba a desmoronarse paso a paso.

Albius permaneció junto a su padre, quien se tragaba el dolor con una rigidez tan feroz que apenas dejaba espacio para el temblor, y no le quedó más alternativa que despedir rápido a su hijo… porque no había lugar para consuelos largos ni para palabras suaves:

—Ve rápido con el Maestro.

—¿Por qué Nartio dijo que amá es una Bestial? —preguntó Albius, con la voz tomada por un miedo que ya no conseguía esconder.

—No te alarmes por eso, hijo —Bledon se agachó hasta quedar a su altura—. Son solo mentiras. No te preocupes por tu madre. Ella estará bien. ¿Tienes la nota? —Albius asintió con la cabeza—. Bien. Entonces ve. Ahora —la urgencia se le filtró en el tono—. ¡Vamos!

Bledon lo besó en la frente, y en algún rincón desesperado de sí mismo, deseaba disponer aunque fuera de un instante más largo…

para encontrar palabras mejores… pero no había tiempo, y lo único que logró entregarle fueron dos palmadas firmes en la espalda…

llenas de ternura y cargadas de todo lo que no consiguió decirle… antes de empujarlo a caminar.

Ese padre permaneció en mitad de la calle, con los brazos caídos a los costados, y mirando la espalda de su hijo… hasta que la figura se fue haciendo pequeña entre los vendedores y los carros.

Y no lo llamó.

Aunque quiso hacerlo.

Mientras tanto Albius avanzaba sin mirar atrás, con el corazón martilleándole el pecho… todavía atravesado por aquella palabra filosa que El Salmón Nartio había lanzado delante de todos…

Bestial…

Cilias es una maldita Bestial…

¿Por qué dijo esto Nartio?

¿Su madre era igual que el viejo Pauro?

¿También la encerrarán en el carromato?

Pero el viejo Pauro era solo el abuelo de su amigo.

Y su madre era su madre.

Y eso no podía ser lo mismo.

¡No podía serlo!

¿O sí?

Las preguntas comenzaron a amontonársele sin respuesta, y el miedo se le enroscó en las tripas, igual que una serpiente helada apretándolo despacio desde adentro.

Se oyó el ladrido furioso de un perro mezclándose con decenas de balares de un pequeño rebaño, y el grito ronco del pastor intentando imponer orden, terminó perdiéndose dentro del caos cotidiano que lo envolvía todo hasta desbordarlo…

y las voces de los vendedores pregonando sus mercancías cubrían el ambiente, dejando apenas espacio para el graznido aislado de alguna ave…

para el siseo rápido de una serpiente voladora cruzando el cielo…

o para las risas desordenadas de los niños, chapoteando en los últimos charcos de barro, que aún resistían entre las ruedas y las pisadas del mercado.

Para todos, parecía que el viejo Pauro jamás hubiera existido, o peor aún… parecía que a nadie le importara, que quizá al Halo siguiente, los Custodios de la Fe pudieran venir también por su madre.

La vida seguía…

Indiferente…

Y sobre todo cruel.

Y el hijo de Cilias y Bledon avanzaba en medio de toda esa normalidad ciega, con el cuerpo temblándole por dentro, y apenas cargando sobre sí la Llama Nueve…

¡tan solo tenía nueve Ciclos!, y ya sentía que la vida comenzaba a arrastrarlo sin piedad, por un camino que nunca había elegido…

mientras la paz sencilla que siempre lo protegió, se desmoronaba a su alrededor… capa tras capa.

De pronto, el retumbar de pasos pesados y el chirrido de cuero tensado, lo arrancaron de golpe de ese torbellino que lo mareaba…

cuando el equipo de Guiadores pasó justo a su lado, avanzando con el empuje compacto de una manada de armaduras gruesas, castigadas por rasguños de todo tipo y abolladuras de todos los tamaños, a la vez que en sus cabezas, llevaban unos cascos redondos con protectores de metal, que les daban el aspecto de guerreros antiguos…

aunque cualquiera entendía que aquellas piezas, no resistirían el embate verdadero de ninguna bestia…

y ellos caminaban con la frente en alto, despertando admiración a su paso, y sus brazos enormes, cubiertos de moretones y vendas ajustadas…

hablaban por sí solos del juego brutal que era la Corrida del Pulso…

mientras seguían rumbo al estadio, donde los cerontes ya bramaban contenidos detrás de las vallas, acumulando una furia que parecía vibrar en el aire entero.

Albius los observó con la misma fascinación de siempre, siguiendo cada movimiento de aquellos Nenders y admirando esa manera implacable de avanzar sin vacilar… como si arrastrarse por el barro esquivando cuatro toneladas de músculo furioso… no fuera más que un simple juego.

Pero la sonrisa se le quebró antes de llegar a existir.

Y en su lugar quedó apenas una mirada vacía.

Porque junto a Ictus y otros amigos, solían correr para no perderse ni un entrenamiento, y gritaban hasta quedarse sin voz, cuando el equipo del pueblo partía hacia los torneos celebrados en distintos rincones del Reino…

alentándolos siempre sin descanso… y convencidos en su inocencia, de que en aquellos viajes, se jugaba algo mucho más grande que una simple victoria.

Tal vez en Dalassia también haya Corrida del Pulso, pensó intentando sostenerse de algo, en medio de toda aquella fragilidad.

Tal vez pueda contárselo a Ictus cuando vuelva.

Pero entonces le regresó la imagen de la cabaña vacía.

Y la esperanza volvió a apagarse.

Ahora ya no sabía si existiría otra oportunidad de ver entrenar a los Guiadores junto a Ictus, ni si regresarían aquellos días en los que lo único importante parecía ser quién ganaba el torneo, y la certeza de estar dejando atrás algo que todavía no alcanzaba a comprender… le pesó más que cualquier golpe.

Mientras se alejaba de ese entorno, se ajustó el cordón de la túnica y se hundió todavía más en la capucha, intentando reducir el mundo a un borde más estrecho.

La alforja le golpeaba la cadera con cada zancada, donde en el mismo silencio con que lo había guardado, descansaba el ciervo de cornamenta doblada…

y la nota destinada al Maestro le pesaba en el bolsillo con una gravedad silenciosa, y aunque ignoraba qué contenían las palabras escritas por su padre durante la noche anterior…

intuía que abrirían algo imposible de cerrar después…

y cada tanto movía la mano hacia ese bolsillo, y cada tanto la detenía antes de llegar.

Entonces echó a correr hacia la colina sin mirar atrás, huyendo de esa infancia que empezaba a desmoronarse en pedazos a sus espaldas, mientras el pueblo continuaba atrapado en su rutina…

intacto bajo una apariencia frágil y cruel, que parecía repetirle a la historia que el dolor de unos pocos no merecía siquiera una pausa.