Quince #5
Dejándole a El Salmón Nartio, apenas la espalda silenciosa de un chico que se alejaba sin responderle, y aquello bastó para que un gesto brusco le endureciera el cuerpo regordete, y lo hiciera reaccionar con violencia…
—¡Niño imbécil! ¡Eres sordo! —gritó Nartio, con una furia desproporcionada que le infló las mejillas pecosas.
Albius se detuvo en seco, pero mantuvo la vista clavada en el barro reseco que se formaba en el suelo, siguiendo con los ojos las grietas una por una, con la esperanza absurda de que alguna pudiera abrirse bajo sus pies, y tragárselo antes de que Nartio llegara hasta él…
y sus dedos buscaron instintivamente la correa de la alforja, para apretarla con fuerza.
Entonces oyó los gritos de su madre a la distancia.
Quien había visto todo desde la cabaña, y después de bajar las escaleras con una urgencia torpe… llegó corriendo con el vestido rosado agitándose alrededor de las piernas… hasta rodear a su hijo con los brazos, y encerrarlo entero contra su pecho.
—Albius, ¿qué sucede? —preguntó, y la tensión le endurecía cada palabra mientras lo sostenía.
Los vendedores dejaron de pregonar, algunos vecinos interrumpieron sus tareas y se asomaron desde las galerías, y un puñado de curiosos comenzó a detenerse en mitad de la calle, formando rápidamente un amplio círculo irregular alrededor de ellos.
El murmullo matutino se apagó de golpe, igual que una vela cuando alguien sopla demasiado cerca.
Y la piel de Albius se volvió pálida de inmediato, y al sentirlo temblar entre sus brazos, algo feroz se encendió en el interior de Cilias… y sin dudarlo giró hacia El Salmón Nartio y lo enfrentó delante de todos, con una voz que rasgó el aire y dejó un silencio denso a su alrededor:
—¡Cómo te permites hablarle así a mi hijo! ¡Asqueroso traidor! ¡Tú y tu tío el Alcalde!
El rostro de El Salmón Nartio se deformó de rabia, con sus mejillas pecosas enrojeciéndose hasta tomar el color de una manzana podrida… y a Albius le resultó más desagradable que nunca.
—¿Cómo me has dicho? —gruñó el Guardia Salmón, a la vez que avanzaba colérico, con los dedos comenzando a cerrarse alrededor de la empuñadura de la espada.
Albius se pegó nervioso al cuerpo de su madre, buscando en ese contacto el único refugio que le quedaba.
Y justo en el instante en que la mano rechoncha estaba lista para desenfundar, apareció su padre por detrás de Cilias, con el cuerpo vuelto más gigante que nunca…
Había tardado apenas lo necesario para buscar algo en la cabaña, y sin mediar palabra… empujó a El Salmón Nartio con tal fuerza, que toda la gordura del guardia tambaleó hacia atrás y el impulso le arrancó los dedos de la empuñadura, mientras él se colocaba delante de su familia.
Entonces, ya erguido frente a los suyos igual que un muro impenetrable…
alzó bien visible un disco plateado del tamaño de un plato, y lo sostuvo en alto con el brazo firme, dejando expuesto el escudo grabado en su centro…
y lo primero que Albius notó no fue el disco…
sino la manera en que su padre lo sostenía…
con esa quietud de quien acababa de cruzar una línea que sabía que no tendría regreso.
El metal capturó la escasa luz que descendía entre las nubes, y ese destello bastó para que la calle entera se detuviera… para que las miradas se clavaran sobre el objeto… y para que los susurros comenzaran a multiplicarse de boca en boca, con la velocidad de una chispa cayendo sobre paja seca.
—¡Es el Sello de la Guardia del Heredero! —alcanzó a oír Albius en varias voces bajas… casi reverenciales… cuando algunos empezaron a reconocer la famosa corona rodeada completamente por un círculo de escudos, cincelados en el corazón del disco plateado.
El regordete guardia apretó los dientes, tragándose la humillación igual que quien se obliga a beber veneno espeso… pero aun así, en un arranque desesperado de orgullo, atinó a llevar nuevamente la mano hacia la empuñadura de la espada.
Pero cuando vio que Bledon elevaba el disco plateado todavía más alto, exponiéndolo en todo su esplendor ante la calle entera, y sabiendo que ya había conseguido exactamente lo que buscaba…
escupió al suelo con rabia, y tan cerca de las botas del padre de Albius…
que la saliva casi llegó a mancharle el cuero…
y luego les mostró una sonrisa de esas bien amplias y llenas de desagrado…
de esas que no se olvidan… porque prometen rencor y memoria larga:
—¡Tu hermano no estará siempre para salvarte!
¡Ni la Guardia Gris te protegerá cuando los Custodios regresen!
—escupió de nuevo, y esta vez las gotas alcanzaron el vestido rosado de Cilias, deteniéndole a Nartio un latido entero…
pero ya no podía frenar lo que consiguió poner en marcha— ¡Y volverán pronto!
¡Muy pronto! —la cara se le tensó hasta parecerle a punto de reventar— ¡La próxima vez no habrá ningún disco que te salve!
¡Bestial! —aulló señalando a Cilias con un dedo tembloroso de rabia.
La palabra Bestial golpeó a la madre de Albius con la violencia eléctrica de una bofetada, y desencajada se lanzó contra El Salmón Nartio soltando un grito áspero, y llegó incluso a levantar la pierna para patearle la barriga…
pero Bledon la sujetó por la cintura justo antes del impacto, apartándola con un tirón firme.
El regordete apenas alcanzó a retroceder un paso, sorprendido por la reacción feroz de Cilias, y las manos le temblaron un instante antes de volver a escupir al suelo…
mientras algo dentro de él, rogaba que aquello que estaba haciendo realmente valiera la pena, y cuando se giró para marcharse, titubeó apenas…
del modo en que vacila alguien que aún puede arrepentirse…
pero en lugar de callar, llenó los pulmones y alzó la voz tan alto…
que incluso los vendedores de dos calles más allá, lograron escucharlo:
—¡Todos deben saber que la mujer del cazador es una maldita Bestial!
Cilias intentó soltarse de los brazos de Bledon, pero Albius alcanzó a oír el susurro grave de su padre junto al oído de ella… «Recuerda, por quién hacemos esto», y esas pocas palabras bastaron para detenerla.
El Guardia Salmón respiraba entre dientes, con el pecho agitándose bajo el uniforme liláceo, y volvió a escupir al suelo, sin dejar de mascullar insultos a la vez que se alejaba calle abajo…
vomitando palabras tan torcidas y venenosas…
que algunos jurarían después, que incluso inventó maldiciones nuevas en mitad de la rabia…
y en su retirada, empujó a un vendedor que pasaba sin advertir esa mole furiosa que se le venía encima…
estrellándolo contra el suelo junto con su canasto repleto de anguilas, que rodaron por la tierra dejando un rastro viscoso y un olor penetrante que se expandió enseguida por la calle.
Pero apenas dobló la esquina, el rostro de El Salmón Nartio cambió, y la furia exagerada, se le desarmó con una facilidad inquietante…
y sus ojos comenzaron rápido a buscar, hasta encontrar la silueta del secretario de la autoridad del pueblo, que observaba inmóvil, desde la penumbra del umbral de una cabaña cercana.
El Salmón Nartio le hizo un gesto breve con la cabeza, y Meridius respondió con un asentimiento lento, demasiado lento… para asegurarse de que su movimiento, fuera comprendido sin margen de error.
Perfecto , pensó el Secretario, mientras rozaba con los dedos un pequeño cuaderno guardado en su bolsillo, en donde descansaba la lista… Ya tenemos a Cilias y al herrero, pero nos faltan otros tantos.
Y sin añadir nada más, se retiró hacia el interior de esa cabaña de tejas rojas, desapareciendo en la sombra igual que si jamás hubiera estado allí.
Afuera, El Salmón Nartio se dejó caer contra una pared con los hombros hundidos, mascullando algo entre dientes, y durante un instante la mirada se le perdió en la calle vacía… detenida en un punto que no estaba allí.
Tal vez recordó a Ictus llevándole quesos.
En la forma en que el niño corría por las calles, silbando melodías de pescadores que él mismo nunca llegó a aprender.
Y después pensó en su tío el Alcalde de famoso mostacho negro, contando monedas con dedos nerviosos sobre una mesa de madera.
Por Gevas , se repitió internamente, igual que tantas veces le oyó decir a su tío… Lo hacemos por Gevas.
Pero la frase le sonó gastada.
Hueca.
Demasiado débil incluso para sostenerse dentro de su propia cabeza.
Y se limpió la boca con el dorso de la mano, como si pudiera borrar el rastro del escupitajo que había lanzado sobre Cilias, y murmuró entre dientes una frase torcida que apenas logró sostenerse en el aire…
al menos esa Bestial ya sabe que será la próxima…
y entonces una sonrisa que dolía le cruzó los labios, al recordar el momento en que Bledon alzó el Sello de la Guardia del Heredero, capturando la luz delante de todos…
y de inmediato, los murmullos del pueblo se encendieron alocados a su alrededor.
Pues eso también formaba parte del plan.
Que el pueblo viera el disco plateado.
Que el pueblo la viera marcada.
Que el pueblo supiera.
Y cuando vengan por ella…
Aquí interrumpió sus pensamientos, sacudiendo la cabeza varias veces…
porque no podía permitirse avanzar hacia algo que no estaba dispuesto a sostener hasta el final…
y se apartó de la pared acomodándose un poco la capa con un gesto mecánico, para luego intentar inútilmente encerrar la barriga dentro del pantalón, tironeando la tela con una dignidad cansada que no consiguió ocultar del todo el fracaso…
y sin conseguirlo por completo, retomó la ronda arrastrando cada paso sobre la calle, solo pensando en aquello que estaba comenzando a ponerse en marcha…
en aquello que vendría después… en aquella última parte… que ya no dependía de él.