Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Quince #4
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Quince #4

Porque los vecinos que ayer habían gritado con odio y reclamado la hoguera para el viejo Pauro…

hoy se paseaban por allí ocupados en sus obligaciones, conversando con un entusiasmo fácil y soltando sonrisas ante cualquier chiste dicho al pasar, y caminaban con la ligereza de quienes no sienten peso alguno sobre la conciencia…

era como si en la jornada anterior no hubieran estado dispuestos a quemar vivo a un anciano, y el viejo Pauro continuara sentado en la mecedora de la galería celeste de su cabaña…

fumando su habitual cigarro de celentina, a la vez que soltaba volutas grises que se deshacían en el aire, entre las hojas que el viento arrastraba.

¡Pero claro que el abuelo de su mejor amigo no estaba allí!

Y aquel hogar repleto de recuerdos, que alguna vez rebosó de voces, de pasos apurados y de risas cálidas, ahora permanecía cerrado en una soledad aplastante… con las puertas y las ventanas atrancadas en un doloroso mutismo… de esos que solo deja el abandono cuando se instala sin permiso.

¿Se habrán ido del pueblo para siempre? , se preguntó Albius, y el pensamiento le cayó en el pecho como una piedra, al imaginar que tal vez nunca volvería a ver a ese mejor amigo, con quien compartieron tardes enteras de travesuras y carcajadas…

recorriendo cada rincón del pueblo, con la sensación infantil de que aquel tiempo jamás se acabaría.

Albius recordó aquel centro de la calle frente a su propia cabaña, donde vio por última vez al viejo Pauro, siendo arrastrado igual que una bestia moribunda, y donde las ruedas del Carromato del Juicio vomitaron cicatrices hondas en el barro del pueblo…

dejando marcas que desaparecerían de la calle con la próxima lluvia…

pero no habría agua suficiente para borrarlas de ciertas memorias…

y justo al tener que saltar una de aquellas huellas endurecidas…

el chico sintió cómo se le erizaban los pelos de los brazos…

uno por uno… bajo un frío que no provenía de la mañana.

Porque el mejor amigo de Ictus todavía podía escuchar el campaneo de las cadenas, el mugido grave de los Bueyes de Fuego, y por debajo de todo aquello…

sosteniéndolo todo como un fondo oscuro que no dejaba de respirar…

se encontraba el silencio contenido de quien fue como el abuelo que nunca tuvo, despidiéndose del pueblo… y muy pronto también de la vida misma.

Albius había avanzado un poco más, sin embargo seguía sintiendo la vigilancia de su madre clavada entre los omóplatos…

era esa mirada persistente que parecía repetirle «cuídate», una y otra vez, sin ninguna necesidad de pronunciar palabra…

y sin atreverse siquiera a volver la cabeza, apuró el paso alargando las zancadas.

Sentía algo apretándole por dentro, aunque no en el pecho ni en la garganta, sino más abajo…

en las piernas… que parecían cargadas de un peso extraño, que no terminaba de soltarlas, y por más pasos que daba…

el temor seguía adherido a él sin aflojarle del todo…

pero aun así se obligó a avanzar con unos trancos apresurados, que le costaban más de lo que esperaba, dejando pronto atrás al menos unas siete u ocho cabañas…

mientras comenzaba a acercarse poco a poco, a la calle que lo conduciría fuera del pueblo de pescadores.

Era aquella esquina marcada por un cartel con forma de flecha, al que apenas le sobrevivían restos de pintura gris, y que clavado en un poste torcido, que continuaba resistiendo quién sabía por qué…

mostraba unas letras blancas, que aún se leían con una claridad que se negaba a desaparecer… «Aserradero – Muelle – Faro».

Desde allí tomaría el camino que trepaba hacia lo alto de la colina, ese sendero estrecho que conducía directo a la solitaria cabaña de troncos del Maestro Elonio, adonde debía entregar la nota que su padre había escrito la noche anterior, en medio de decisiones capaces de cambiar destinos que nadie había pedido.

¡No la pierdas! , le machacaron sus padres la advertencia una y ochocientas veces, con una insistencia que todavía le resonaba obstinada dentro de la cabeza.

—¡Albius!

La voz irrumpió de imprevisto, haciendo que el chico se detuviera con el corazón dándole un vuelco brusco…

y al girar hacia atrás, vio la silueta regordeta de Nartio, el Guardia Salmón encargado del turno de este Halo, plantado en mitad de la calle con la naturalidad despreocupada de una mañana cualquiera, que no arrastraba nada oscuro bajo la superficie.

Y aquellas mismas manos que en la jornada anterior habían empujado con el escudo, descansaban ahora sobre el cinturón con una comodidad casi insolente, mientras una sonrisa distendida… casi amable… comenzaba a dibujársele bajo esos inflados cachetes.

El Salmón Nartio era regordete, de mejillas pecosas y un mentón tan ancho, que a Albius siempre le había parecido mal acomodado en el resto del rostro…

la barriga siempre le desbordaba por encima del cinturón, a pesar de sus constantes intentos de ajustárselo…

y el chico no pudo evitar recordar cómo Ictus se burlaba de ese gesto, imitando la torpeza de Nartio empujando la panza hacia adentro una y otra vez sin conseguirlo nunca…

como todos los Salmones era un Nender, y en esa jornada vigilaba las calles con el paso ocioso de costumbre, simplemente aguardando a que se acercara la noche, para entregar el turno al siguiente guardia.

Era sobrino del Alcalde de Gevas, y ese parentesco, evidente para cualquiera, porque el buen comer parecía asunto de familia…

daba la impresión de ser la única razón por la que llevaba la capa de Guardia Salmón, pues bastaba verlo correr media calle, para encontrarlo jadeando sin aire y con el rostro completamente enrojecido.

Su mejor amigo Ictus solía hacerle recados, buscándole grasientos chorizos y olorosos trozos de quesos de los depósitos de la guardia, a cambio de un Dacrino Ferrón…

porque El Salmón Nartio comía con una voracidad constante, y procuraba mantener siempre a mano una reserva abundante de esas delicias aceitosas…

escondiéndolas con un celo ridículo por varios rincones del pueblo, igual que si se tratara de un tesoro personal.

El guardia seguía plantado en mitad de la calle, con las piernas abiertas ocupando más espacio del necesario y los brazos en jarras… y desde esa postura de falsa autoridad, le habló esbozando una sonrisa confiada:

—Cuando vuelvas por aquí, tráeme unos quesos y chorizos, ¿quieres? —le dijo guiñándole un ojo con complicidad, sellando el encargo con ese Dacrino Ferrón que iba y venía girando entre sus rechonchos dedos.

Pero Albius bajó la mirada de inmediato, y algo áspero le subió raspándole la garganta, porque el pedido lo golpeó como un puñetazo…

y no solo porque comprendió que ahora lo estaban colocando en el lugar de su mejor amigo Ictus, sino porque algo más profundo se le retorció dentro del estómago…

al recordar que en la jornada de ayer distinguió a El Salmón Nartio junto a los otros Guardias Salmones, golpeando a medio pueblo con las culatas de sus lanzas, descargando golpes sin medida, y entregando sin piedad al viejo Pauro…

del mismo modo en que se arrastra a un toro inútil hacia el matadero.

Y ese mismo Salmón ahora le sonreía…

Como si el Halo anterior no hubiera existido.

Como si Ictus nunca hubiera corrido por esas mismas calles, cumpliendo encargos con quesos y chorizos.

Y en un instante brutal, Albius comprendió algo que hasta entonces no había logrado ver con claridad… se le reveló con una claridad que le dolía el verdadero papel que ocupaban hombres como ese regordete, y también todos aquellos que vestían la misma capa lilácea.

El Salmón Nartio no era su amigo…

Nunca lo fue.

Y no importaba cuántas salchichas ni cuántas hormas de queso le consiguiera, porque llegado el momento…

el regordete entregaría como ganado a su madre y a su padre, ¡incluso a él mismo si hiciera falta!

, con la misma facilidad con la que traspasó a Pauro hacia aquel sangriento destino, sin que un solo gesto de culpa le cruzara por el rostro.

Luego ese Guardia Salmón, o cualquier otro, porque en verdad eso ya no hacía diferencia…

encontraría a un nuevo sirviente… encontraría a un nuevo muchacho dispuesto a correr recados y bajar la cabeza, olvidando también que Albius alguna vez siquiera existió, de igual modo en que ahora parecía haberse olvidado de su mejor amigo Ictus.

De quien no tenía noticias.

Las tripas se le retorcieron, cuando imaginó lo que debió haber sentido Ictus al ver a ese guardia al que tantas veces ayudó, al que había alimentado con encargos cotidianos y pequeños favores…

sumarse sin vacilar a la tropa que capturaba violentamente a su abuelo, mientras cerraba el círculo alrededor del viejo, con la misma sonrisa cómoda que ahora le ofrecía a él.

¿Ictus habrá gritado su nombre al verlo?

¿Le habrá pedido ayuda con la voz quebrada?

Albius sintió asco, incluso ante la sola idea de tener que saludar al guardia regordete…

y junto a eso le brotó una rabia ardiente que no encontraba forma de salir…

una rabia impotente por no poder hacer nada, por ser demasiado pequeño frente a todo aquello…

por no tener aún ni los brazos ni la voz, capaces de oponerse.

Y por supuesto sintió miedo…

Un terror que le apretaba las tripas hasta dolerle, porque entendió que desde ahora en cualquier Halo, podía ser él mismo quien mirara el pueblo desde el Carromato del Juicio… con las manos atadas, y su cabaña desvaneciéndose a lo lejos, inundándose de mugidos y chirridos de rueda.

Todo su cuerpo solo quería alejarse de esa sonrisa falsa, de esa mano abierta que ahora le ofrecía una moneda, pero que quizá muy pronto se cerraría sobre los suyos.

Y sin decir una palabra, atinó a seguir su camino…