Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Quince #3
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Quince #3

—Cuídate mucho, mi amor —susurró su madre, acomodándole la capa lilácea y alisando pliegues invisibles, con una minuciosidad que rozaba lo obsesivo—. Y escucha todo lo que el Maestro Elonio te enseñe. Todo. ¿Me oyes?

—Sí, amá.

—Y cuando llegues al Castillo Gris… —la voz se le quebró, aunque logró sostenerla— cuando veas la Octaviana Plateada, piensa en mí. ¿Sí?

Albius asintió con los ojos cargados de lágrimas, que permanecían aferradas al borde sin animarse a caer.

—¿Nos encontraremos en Dalassia pronto? —preguntó, y la voz le salió convertida en un hilo apenas sostenido.

Cilias no respondió…

Porque no quiso morderse el labio… no allí… no cuando no sabía si ese gesto acabaría siendo el último recuerdo que su hijo conservaría de ella.

Y atrapada entre lo que sentía y todo aquello que debía callar… se limitó a abrazarlo, apretándolo contra su pecho con una fuerza desesperada, tal vez queriendo así esconderlo otra vez dentro de sí y negárselo a ese mundo, que ya comenzaba a reclamarlo con una paciencia implacable.

—Te amo —le susurró al oído—. Más de lo que puedas imaginar.

—Yo también te amo, amá.

Bledon carraspeó detrás de ellos, y el sonido salió roto… desgastado por todo lo que venía conteniéndose.

—Ve con cuidado —dijo, con la voz aún ronca.

Y Albius comenzó a bajar las escaleras despacio… midiendo cada paso con una cautela nueva… sintiendo los fantasmas del Halo anterior todavía adheridos a sus talones.

Para colmo, ya no eran solo esos los fantasmas que lo acechaban…

Ahora había otros…

Dos Halos , pensó mientras tocaba el bolsillo de la capa lilacea, donde guardaba la nota destinada al Maestro… en dos Halos me iré.

La jornada se mostraba con las nubes en retirada, y en el aire persistía un frescor leve que cosquilleaba la piel.

La lluvia de ayer había cesado durante la noche, dejando la calle impregnada de olor a hierba mojada, y el peso de la tragedia del viejo Pauro, parecía seguir adherido a los pocos charcos que resistían obstinados por aquí y por allá… negándose a desaparecer igual que ciertos recuerdos.

Albius miró a su alrededor, y las cabañas de madera con sus techos de tejas amarillas se apretaban a ambos lados de la calle, mostrando sus galerías delanteras, donde las familias acostumbraban a sentarse para contemplar el lento trajín del pueblo…

y algunas aún conservaban restos de pintura en colores desteñidos, que el tiempo y la sal del mar…

iban desgastando con esa natural falta de apuro.

Ya se distinguía a varios vecinos instalados en sus galerías, sosteniendo tazas humeantes entre las manos, mientras una mujer de trenza gris remendaba una red con dedos rápidos y expertos…

un anciano de barba amarillenta fumaba su pipa en silencio, y dos hombres de brazos curtidos discutían sobre la pesca del Halo anterior con voces bajas pero cargadas de algo…

que en cualquier momento se convertía en grito…

más allá, otras cabañas mantenían las puertas abiertas, dejando escapar el aroma cálido del pan recién horneado, mezclado con el murmullo espeso de las conversaciones matutinas.

Todo parecía igual que siempre.

Tan normal.

Tan… pacífico.

Entonces Albius hizo lo que hacía cada mañana cuando salía de su hogar, con ese entusiasmo del cuerpo que el mundo aún no había conseguido doblegar del todo, y buscó con la mirada la cabaña de su mejor amigo Ictus, esperando encontrarlo en aquella galería celeste…

pero ahora solo el viento ocupaba ese pórtico vacío, y el espacio que Ictus solía ocupar en uno de aquellos escalones…

con las piernas cruzadas y la boca siempre masticando algo, mientras escupía sin cesar migas entre carcajadas…

se sentía ahora tan vacío que dolía mirarlo.

Una ausencia que lo golpeó con la certeza desnuda de que Ictus no volvería a estar allí…

Nunca más.

Como yo en dos Halos , pensó tragando saliva, y un escalofrío le recorrió la espalda, con una lentitud helada que parecía prometerle compañía para siempre.

Y allí mismo la memoria del Halo anterior, lo asaltaron con una claridad que no le dejaba refugio alguno…

Los gritos ásperos de la turba…

Los Custodios arrastrando al viejo Pauro por la calle embarrada…

La mirada perdida de Ictus, buscando entender algo que ya no estaba…

Y el cuerpo se le endureció en mitad de la calle, y las piernas parecieron transformarse en piedra…

Su madre bajó las escaleras con rapidez y lo abrazó apenas los brazos de ella lo alcanzaron, envolviéndolo en palabras suaves y en ese perfume floral que siempre llevaba prendido en la ropa, y el calor regresó al cuerpo de Albius…

rodeándolo al menos durante un instante…

pero Cilias sabía que era un calor efímero, destinado a disiparse en tan solo dos pasadas de las «Las Sempiternas»…

cuando el chico se marche solo al encuentro de un destino, que aún no alcanzaba a comprender.

—Ve, hijo. Ve, tranquilo —le animó Bledon, bajando también a la calle, y apoyándole una mano firme sobre el hombro tembloroso de Albius.

Los brazos de Cilias terminaron soltándolo, mientras parpadeaba rápido para contener las lágrimas, y Albius comenzó a alejarse esquivando charcos, en compañía de una escolta de presencias invisibles adheridas al aire…

como unas figuras que se negaban a disolverse del todo…

y tomaban la forma de voces de vecinos enfurecidos…

de manos arrastrando cuerpos por el barro…

y las más escalofriantes… de espectros blancos impregnados de olor a miedo…

pero sobre todo… tomaban la forma de la traición.

Ya unos cuantos pasos más adelante, y a pesar de lo temprano de la mañana, la calle bullía con un trajinar acelerado de vendedores, que pregonaban sus mercancías con voces que se les desgarraban en el cuello, mientras unos sostenían cestas desbordadas y otros arrastraban el chirrido de las ruedas de madera de carros cargados con cereales y verduras de todos los colores…

algunos también transportaban bollos de pan que todavía exhalaban un vapor dulzón, acompañados por el grito ronco de los panaderos anunciando hornadas recién salidas del fuego…

y más atrás avanzaban inmensas hormas de queso, cuyo olor picante saturaba cada rincón por donde estas ruedas giraban…

junto al paso de otros carros colmados de variedades de carne colgando de ganchos…

desde anchos costillares enteros, hasta tiras sanguinolentas que oscilaban con cada paso…

y entre todo ese desorden de aromas y pregones, se alzó el llamado de un vendedor con pescado fresco recién sacado del mar…

una atractiva oferta que Albius esquivó, sin siquiera necesitar pensarlo.

Y en medio de todo ese bullicio vital, el hijo de Cilias y Bledon caminaba abrumado…

atravesando un mundo que seguía su curso sin detenerse y ajeno a todo lo que dentro de él se quebraba…

pero entonces lo distrajo el cruzarse con el risueño quesero Gualas, quien empujaba su carreta repleta de ruedas de queso darinio, mientras proclamaba con orgullo que venían de aquel Reino del norte, a la vez que su perro Gromo…

le ladraba furioso a las ratas que se escurrían entre los adoquines húmedos.

El olor penetrante de esos quesos llenó la nariz de Albius y le hizo agua a la boca, y junto con ese gesto involuntario, le regresó el triste recuerdo de cuánto el Viejo Pauro disfrutaba de ese manjar…

y la imagen vívida de aquel trozo generoso descansando sobre la fuente de cerámica roja, que nunca faltaba en la famosa cabaña…

y tal vez por esto mismo, aquel queso que los zancudos olfatearon sin comprender siquiera qué era…

terminó siendo saboreado con una devoción particular por el nieto de un abuelo pescador, durante lo que acabaría convirtiéndose en su última cena en el mismísimo interior de la Tierra Muerta… apenas dos Halos atrás.

Pero aquí en las calles de Gevas, entre el bullicio matinal y el trajín interminable de vendedores y ruedas que no dejaban de girar… nadie lo sabía aún.

Los pies de Albius continuaron avanzando, y así se cruzó con pescadores que llevaban cañas al hombro y redes enrolladas en los brazos, caminando en dirección a la costa con un paso marcado por la costumbre…

y también pasó a un lado de un rebaño de seis ovejas, que junto al pastor y a un perro de pelo cobrizo con orejas caídas, marchaban camino al mercado de la plazoleta central.

Los vecinos permanecían enfrascados en sus quehaceres cotidianos, y algunos niños que aguardaban el horario de entrada al colegio, jugaban pese a los gritos de enojo de sus padres, hundiendo los pies descalzos en los charcos de barro que la lluvia había dejado atrás, y que poco a poco, comenzaban a rendirse bajo el calor del sol que se filtraba entre las nubes…

pero que apenas alcanzaba a entibiar la piel.

Albius seguía avanzando esquivando como podía la marea de vendedores… a la vez que bordeaba y saltaba algunos charcos… con la cabeza bien gacha y atento a cada paso… procurando no tropezar ni atraer miradas, que pudieran detenerse demasiado tiempo en él.

Y claro que ante semejante tranquilidad acomodándose sobre el pueblo, apenas un Guardia Salmón patrullaba las calles con paso cansino, mientras el enorme salmón dorado de la Casa Lareon bordado en su capa lilácea, parecía nadar mansamente a su espalda con cada zancada.

Al parecer, volvía a respirarse la normalidad de siempre… esa normalidad voraz que lo olvida todo, con la misma facilidad con que se barre la suciedad de la calle al amanecer.