Quince #2
Mientras tanto, Cilias seguía con la mirada cada bocado que daba su hijo, y en su expresión la sonrisa y el llanto seguían atrapados en un desacuerdo silencioso, que le endurecía las mejillas.
Bledon carraspeó y dejó su cuchara en el plato, y el golpe del metal contra la loza se extendió por la mesa con una resonancia incómoda que llenó el aire de atención:
—Albius —la voz de su padre salió con una seriedad poco habitual—. Tenemos que hablar contigo de algo importante.
El chico alzó la vista sin dejar de masticar… aún aferrado al calor y al simple placer del guiso de conejo, y preguntó con la boca llena:
—¿Qué pasa, apá?
Bledon buscó los ojos de Cilias, y ella respondió con un asentimiento apenas perceptible, pero más que suficiente para sostener lo que venía…
—Hijo —Bledon tomó aire despacio, porque necesitaba llenarse antes de vaciarse en palabras—. En dos Halos… te irás de Gevas.
La cuchara de Albius quedó suspendida a mitad de camino hacia su boca, y hasta el vapor que subía del plato, pareció quedarse flotando alrededor de esa frase…
—¿Por qué? —indagó, y el temor le afinó la voz.
—Irás con tu tío Marnus —continuó su padre, evitando internarse en desvíos—. Te llevará a Dalassia —añadió, y el esfuerzo le endureció las palabras—. ¿Entiendes?
Albius hundió la cuchara en el guiso de conejo y comenzó a removerlo, girando la superficie espesa con una lentitud distraída… mirando cómo la carne y el caldo se mezclaban en remolinos sin ánimo.
—¿El tío Marnus? —Los ojos se le abrieron de golpe—. ¿El que es Guardia Gris? ¿El del Castillo?
—Sí —respondió Bledon.
Albius intentó recordar su rostro, pero lo único que le venía a la mente era una figura borrosa, entrevista tal vez dos o tres veces en toda su vida…
porque el trabajo de su tío, según le habían explicado alguna vez, nunca le dejaba demasiado tiempo libre para viajar hasta Gevas, y las pocas cartas que mandaba, siempre terminaban prometiendo una visita que nunca se concretaba…
pero igualmente algo cambió en el rostro de Albius.
El miedo seguía allí, prendido en sus cejas fruncidas… pero la curiosidad abrió un pequeño resquicio, con la fuerza súbita y torpe de la infancia.
—¿Voy a ir al Castillo Gris? —la voz le brotó cargada de una emoción difícil de contener—. ¿Al castillo de verdad? ¿Con las torres y los estandartes y todo?
Cilias sintió cómo algo se le quebraba en el corazón…
Claro , pensó. Claro que un niño de su edad se entusiasmaría con eso.
—Sí, hijo —indicó Bledon, forzando una sonrisa que apenas conseguía sostenerse—. Verás el Castillo Gris. La Torre Campanario…
—¡Y la Octaviana Plateada! —Albius se puso de pie sin darse cuenta—. ¡Ictus y yo siempre hablábamos de eso! ¡Él decía que era tan grande como una cabaña! ¿Es cierto, apá? ¿Es tan grande como una cabaña?
Bledon asintió muy despacio, con ese movimiento contenido de quien carga un dolor, que no puede permitirse mostrar entero.
—Más grande, dicen —respondió, con un temblor breve cruzándole los labios.
—¡Y los azylinos! —Albius gesticulaba sin parar con las manos, dibujando formas veloces en el aire—. ¡Los caballos escamosos índigos! ¡Esos que son diez veces más rápidos! ¿Los veré?
—Sí, hijo. Seguro.
Por un momento, Albius brilló, y esa luz breve, puramente infantil… se derramó por la cocina y pareció volver más liviano el aire cargado del comedor.
Era la luz de quien imagina torres elevándose contra el cielo, estandartes tensos bajo el viento y caminos que se abren sin agotarse nunca… la luz de quien se siente ya al borde de una aventura que empieza a tomar forma, incluso antes de ser comprendida del todo…
Y entonces lo vio…
La forma en que su madre se llevaba la mano a la boca.
La forma en que su padre apretaba la mandíbula, hasta marcarse los músculos bajo la piel.
La forma en que ambos lo observaban, con una quietud excesiva…
Con esos ojos, que se posan sobre alguien que está a punto de irse.
Y el brillo se le apagó.
—Pero… —la voz se le encogió en la garganta— vamos todos juntos, ¿verdad?
El silencio que siguió se cargó de un dolor denso, que parecía arder más que las brasas del hogar.
—No, hijo —respondió Bledon al fin—. Nosotros nos quedaremos aquí.
Albius volvió a sentarse muy despacio, con las piernas de repente ya no queriendo sostenerlo.
—¿Voy solo?
—Estarás con tu tío Marnus —Cilias se acercó y se arrodilló junto a su silla—. Cuando estés allá, verás cosas maravillosas. El castillo, la ciudad de Dalassia… —las palabras parecían resistírsele dentro de la boca, y tuvo que humedecerse los labios antes de continuar— será una gran aventura.
—Pero… —Albius la miró con los ojos vidriosos— pero yo quiero que vengan ustedes también —y la voz se le quebró, deshaciéndose antes de terminar la frase.
Cilias lo abrazó apretándolo contra su pecho, en un gesto desesperado que buscaba interponerse entre su hijo y todo lo que estaba por venir.
—Yo también quiero eso, mi amor —susurró—. Yo también lo quiero.
Albius se apartó lentamente, limpiándose los ojos con el dorso de la mano.
—¿Es por los Custodios, esos? —preguntó, y la voz se le volvió frágil.
Bledon asintió.
—Es para protegerte, hijo. Solo por un tiempo. Hasta que las cosas se calmen aquí.
—¿En dos Halos me voy? —los miró a ambos todavía incrédulo, con la esperanza de que alguno negara todo aquello de un momento a otro.
—Sí —respondió su madre.
Albius bajó la mirada hacia el plato de guiso de conejo, y luego la dejó ir por la cabaña con una atención nueva, moviéndose con lentitud.
Y allí estaba la ventana por la que en el Halo anterior vio llevarse al viejo Pauro.
También la repisa con la estatua del Dios del Destino Alaeno, observándolo desde la altura con esos ojos tallados en esa quietud de madera.
Entonces pensó, sin comprender muy bien por qué, si ese dios ya conocería lo que estaba a punto de ocurrirle.
—¿Y… —el nerviosismo le apretó las palabras— después podré volver?
—Claro que sí —respondió Bledon, y la mentira le salió sin tropiezo, porque no tenía otra cosa para ofrecerle—. Cuando todo esto pase, volverás.
Su hijo asintió despacio, aferrándose a esas palabras, igual a quien hunde los dedos en una raíz al borde de un acantilado… negándose a mirar hacia abajo.
—Bueno… —dijo, y la sonrisa se le armó con esfuerzo— al menos veré los azylinos de verdad. Y tal vez… tal vez pueda tocar uno.
—Tal vez —Cilias le acarició el pelo con un cariño que ya no era solo ternura, sino una manera contenida de empezar a despedirse.
—Y le contaré a Ictus cuando vuelva —continuó Albius, sujetándose a esta idea mínima, para apoyar el ánimo—. Le diré que vi la Octaviana Plateada, y que es más grande que una cabaña, y que… —la voz se le cerró de pronto en la garganta— y que me acordé de él.
Cilias cerró los ojos con fuerza, conteniendo algo roto que le empujaba desde adentro…
Bledon apoyó una mano afectuosa en el hombro de su hijo, buscando grabarse la calidez de ese cuerpo antes de perderlo.
—Come. Necesitas estar fuerte para el viaje.
El chico volcó la mirada hacia el guiso de conejo humeante, pero el aroma ya no le despertaba nada.
Pues ya no tenía hambre.
Pero aun así, tomó la cuchara…
Porque sabía que si dejaba de comer, su madre lloraría más.
Y ya no soportaba verla llorar.
—¿Apá? —preguntó después de forzarse a tragar un bocado que apenas consiguió bajar.
—¿Sí?
—El tío Marnus… —dudó, y bajó la vista un momento hacia el plato revuelto— ¿me va a querer, allá?
La pregunta atravesó a Bledon igual que un cuchillo hundiéndose despacio, dejándole la respiración apenas sostenida.
—Claro que sí, hijo —respondió con la voz arrastrada—. Te querrá muchísimo. Es tu familia.
—¿Y ustedes? —Albius recorrió sus rostros, con una urgencia que clamaba oír esto en voz alta—. ¿Me van a extrañar?
Cilias dejó escapar un sollozo traicionero, que se le rompió del pecho antes de poder contenerlo.
—Cada respiro, mi amor —le dijo, tomándole la cara entre las manos y obligándolo a mirarla—. Cada hermoso respiro.
El chico intentó sonreír…
—Yo también los voy a extrañar. Pero… —tragó saliva, y por un instante consiguió sostener aquella pequeña mueca— al menos veré cosas que nunca vi. Como no deja de decirme siempre el Maestro Elonio… ¡no hay que dejar de conocer el mundo! O algo así.
Bledon solo asintió… incapaz de encontrar una voz que no se le quebrara antes de siquiera salirle.
Entonces los tres permanecieron ahí… detenidos en ese comedor que olía a guiso de conejo, a leña apagándose serenamente… y a una despedida, que ya comenzaba a instalarse en cada rincón de esas maderas antiguas.
Albius, con su entusiasmo infantil, forcejeando contra un terror que no alcanzaba a comprender del todo.
Cilias, sosteniéndose apenas, con el corazón quebrándosele en un silencio que no hallaba el mínimo escape.
Y Bledon, cargando palabras que sabía falsas y aun así pronunciaba, pues no tenía nada más que pudiera ofrecerle a su hijo.
Porque ya imaginamos que el mundo que el sobrino de Marnus estaba a punto de conocer, no era el de las torres… ni el de los estandartes tensándose bajo el viento.
No era el de la aventura que imaginaba.
Sino otro…
Era el mundo de aprender a sostenerse.
El de seguir avanzando incluso cuando el camino se cierra.
Era el mundo del sobrevivir.
—Amá, basta —reclamó Albius, limpiándose la mejilla después del noveno beso consecutivo, mientras permanecían detenidos en la puerta de la cabaña, y él ajustaba la correa de la alforja que le rozaba suavemente la cadera.
Pero no lo dijo con molestia.
Porque entendía lo que significaban esos besos.
Y Cilias lo miró con los ojos húmedos, reteniendo cada rasgo con una atención desesperada, antes de que el tiempo empezara su trabajo silencioso de desdibujarlo en la memoria.
Esas mejillas todavía redondas, ancladas aún en la infancia.
Esos ojos oscuros, cargados de emociones que no conseguían ordenarse.
El cabello negro cayéndole sobre la frente, con la misma rebeldía de siempre.