Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Quince
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Quince

El Maestro Elonio

Pueblo de Gevas

Albius madrugó más temprano que de costumbre esa mañana, y teniendo en cuenta lo ocurrido durante el Halo anterior, no le pareció para extraño en absoluto.

Su madre lo apuró a prepararse antes de salir de la habitación rumbo al comedor, y el chico se vistió entero con su azul preferido de siempre, ajustándose primero los pantalones y luego la túnica de lino abotonada…

para finalmente cubrirse la espalda con aquella capa lilácea que la ley exigía…

y que parecía pesarle más por todo lo que representaba, que por la propia liviandad de su tela.

Y una vez atadas las botas de cuero amarronado, alzó la vista hacia el mapa de Nordaar que colgaba junto a la ventana, y que su madre le había dibujado con tinta negra sobre un amplio pergamino amarillento…

cubriéndolo de montañas reducidas a pequeños triángulos, caminos que serpenteaban entre pueblos y ciudades diminutas, y todos los cursos de agua que se abrían paso por el llano, hasta perderse en bosques espesos hechos con manchas de tinta…

porque junto con Bledon lo habían escuchado demasiadas noches decir con ese entusiasmo inacabable, que cuando creciera iba a convertirse en Mensajero Imperial…

y Cilias, que venía desde demasiado lejos, y entendía muy bien lo que era querer llegar a lugares que todavía no existían para uno…

una tarde simplemente le dibujó el reino completo, para que su hijo empezara a alimentar ese deseo conociéndolo…

y desde entonces Albius volvía a ese mapa noche tras noche antes de dormir, memorizando cada rincón por pequeño que fuera…

mientras soñaba con ese anhelado futuro.

Porque ese destino se le había clavado con la persistencia de una espina imposible de arrancar, pues sentía que sería la única manera de lograr llegar hasta donde vivía cada bestia, cada criatura, y cada forma de vida, que los libros apenas alcanzaban a mostrarle inmóviles sobre el papel…

ya fuera dentro del propio Nordaar, o incluso más allá de sus vastas fronteras…

porque según le dijo el Maestro Elonio una vez, un Mensajero Imperial llevando palabras, podía adentrarse en aquellos rincones que los mapas apenas se atrevían a dibujar…

y si conseguía esto… si algún Halo lograba cumplir su fantasía…

podría al fin verlos de verdad fuera del dibujo, escuchar con atención sus sonidos, descubrir sus olores, y tocar alguna vida si la suerte se mostraba generosa…

en lugar de seguir imaginándolos desde la cama, iluminados por una vela que se consumía lentamente.

Un Halo que tal vez alguna vez llegue… porque esa fuerza caprichosa que no deja de meter las manos en esta historia contada al fuego, suele divertirse acercando aquello que parece demasiado lejano.

Pero Albius todavía no tenía manera de saber algo así…

y una vez que terminó de recorrer el mapa con los ojos, se acercó al estante de madera rojiza, que sostenía su colección de quince estatuas de animales talladas en madera, y volvió a contarlas con la misma mezcla de orgullo y asombro de cada amanecer…

pasando los dedos por delante de cada figura, comprobando que ninguna hubiera cambiado de lugar.

¡Tengo quince! , solía anunciarles a sus amigos con una fanfarronería ingenua, aunque en verdad a ninguno le interesaba lo más mínimo…

porque el incurable devoto de los animales…

el chico capaz de detenerse durante Pulsos enteros a contemplar el vuelo de un ave, o agacharse en silencio una mañana entera, para reconocer unas huellas hundidas en la tierra húmeda… era solo él.

En fin, allí Albius contempló una por una sus figuras, empezando por la ardilla de doble cola y orejas puntiagudas, idéntica a los que saltaban cerca del arroyo, pasando luego al lagarto de ocho patas que había comprado en el mercado, seguido del halconio de alas extendidas que le regaló su mejor amigo Ictus…

y se detuvo un instante… frente a las tortugas de caparazones de variadas formas que ocupaban el centro del estante, con las pequeñas cabezas asomadas en una curiosidad inmóvil que parecía a punto de cobrar vida, antes de recorrer con la mirada el resto de las criaturas que completaban su famosa quincena…

reparando al final en la dupla de zancudos idénticos congelados en plena carrera, siendo uno comprado en la feria de Gevas junto a sus padres, y el otro llegado por correo para su quinto Festejo del Nombre…

envuelto en un pergamino con la letra apretada de un tío al que no recordaba su rostro, pero que aun así se había tomado el trabajo de enviárselo como regalo…

y aunque los dos zancudos eran casi idénticos, Albius siempre distinguía cuál era cuál con solo mirarlos, y atesoraba al segundo con el mismo cariño que al primero, a pesar de no guardar ningún recuerdo verdadero detrás de aquel tío.

Todos sabían que la fascinación que el chico sentía por los animales, era una inquietud persistente que le ardía sin manera de extinguirse…

y por eso atesoraba cada estatua, como si dentro de esas formas inmóviles hubiera quedado atrapado un fragmento diminuto de vida, aguardando estoicamente que alguien aprendiera a mirarlas de la manera correcta…

y cuando escuchó el nuevo llamado de su madre para que fuera a desayunar, seguido de un impaciente…

«¡de una buena vez!», pasó los dedos sobre cada figura, con ese gesto casi ceremonial de quien se despide de viejos amigos antes de partir, hasta detenerse en el ciervo de cornamenta doblada, que era el único de los quince que no miraba al frente sino hacia abajo…

y en ese mismo parpadeo la eligió para este Halo.

Y lo sostuvo un momento entre las manos, acariciándole las astas talladas con el pulgar, antes de guardarlo en su alforja de cuero gastado marrón que colgaba junto a la puerta…

esa misma que llevaba consigo a todas partes…

y cerró la solapa con firmeza, asegurándola con el broche de metal circular que su madre le había regalado.

Cada Halo elegía un animal distinto, en lo que ya se había convertido en un ritual, que le confería un sosiego que parecía pertenecerle solo a él…

y todavía no lo sabía… pero pronto sería un ritual que dejaría de realizar allí…

en esa habitación cargada de recuerdos… y en esa misma cabaña que olía a madera antigua pero sobre todo a familia.

—Siéntate y come, hijo —le ordenó su madre apenas apareció en el comedor, con la voz atravesada por una preocupación contenida.

—Buen día —lo saludó su padre desde la mesa, y ni bien su hijo se sentó a su lado, le revolvió el cabello negro con esas manos ásperas, que todavía conservaban el olor dulzón de la resina del arco.

—¡Guiso de conejo! —exclamó Albius apenas el aroma denso del plato lo alcanzó—. ¡Gracias, amá! —dijo, y se lanzó a devorar la sobra recalentada y generosa de la noche anterior, soplando apenas antes de llevarse cada bocado a la boca.

Por suerte su madre ya no cocinaba más pescado, y el chico nunca entendió del todo cómo era posible que en un pueblo de pescadores… él fuera el único al que el sabor del mar le cerraba la garganta con un nudo amargo.

Cilias contenía la respiración, y observaba a su hijo devorar el guiso de conejo, con esa alegría ruidosa que llenaba cada rincón del comedor…

sin poder decidir si permitir que una sonrisa se le escapara o dejar que el llanto la venciera…

pues sentía la culpa robándole el aire… porque Albius se irá en solo dos Halos, y ella ya no encontraba ningún sentido en negarle algo.

Por eso, en el breve tiempo que aún le quedaba junto a él, tenía decidido concederle todos los gustos…

uno tras otro, sin restar ninguno… para cubrirlo con un escudo de gestos mínimos, que quizá…

apenas quizá… lograran amortiguar un poco el dolor por aquello que estaban a punto de arrebatarle…

y se aferraba a esa frágil idea con una fe casi infantil, de creer que unos cuantos mimos bastarían, para permitirles atravesar la despedida que se acercaba… sin quebrarles el alma.

Aunque en lo más hondo de su amor, sabía que eso no alcanzaría… sabía que nada de cuanto hiciera alcanzaría jamás… pero aun así, no podían permanecer de brazos cruzados… y tras un esfuerzo que les tensaba el cuerpo, sus padres se miraron, y las palabras finalmente hallaron su camino:

—Albius, irás con el Maestro Elonio ni bien termines el desayuno. Ni hoy ni mañana tendrás que ir al colegio. Pasarás estos Halos aprendiendo con él —indicó Cilias, midiendo cada sílaba que ya no podría deshacerse.

Su hijo dejó de masticar y alzó la vista, con los ojos abiertos en un desconcierto que no conseguía tomar forma, pero luego tragó con decisión…

porque ningún pensamiento lograría arrebatarle aquel manjar…

aunque la sorpresa le permaneció adherida al paladar, mezclándose con el sabor espeso del guiso de conejo.

Algo en la mirada de su madre, y en el silencio demasiado atento de su padre, no terminaba de encajarle… y esa incomodidad empezó a tomar forma, igual que una pieza torcida ajustándose lentamente en un mecanismo que rechina.

Primero… lo recibieron con las sobras para el desayuno sin necesidad de discutirlo… ¡cuando siempre debía rogar hasta el cansancio para conseguirlas!

Segundo… se salteará varias clases para ir a lo del Maestro… ¡cuando ni siquiera le tocaba en esa jornada!

Y tercero… sus padres lo observaban con una atención fija… como si intentaran memorizar no solo cada rasgo de su joven rostro… ¡sino también todo aquello que llevaba guardado detrás de los ojos!

Tres cosas, que le dejaron una punzada latiéndole bajo la piel.

Además, lo habitual era tener lecciones con el Maestro Elonio en los Halos impares, y este era un catorce… un número par que no dejaba de repetírsele, dejando en evidencia que algo no estaba en su sitio.

¡Nada le cuadraba!