Casas Nobles #5
Podía costarle su lugar.
Su nombre.
Su pertenencia.
Tal vez incluso la expulsión de su propia Casa.
Y así ya nadie lo escucharía.
Y si nadie lo escuchaba a él… tampoco escucharían a su madre.
Y eso era lo único que no podía permitirse.
Y por eso nunca lo dijo.
Nunca.
Y lo guardó siempre bien hondo, en ese rincón oscuro donde terminan enterradas las ideas capaces de romperlo todo…
Ni siquiera se lo confesó a su padre antes de perderlo.
Y mucho menos a sus abuelos.
A esos dos rostros envejecidos que ahora sostenían su vida.
Que lo criaban.
Que lo miraban con ese orgullo firme y sin grietas… un orgullo que jamás pedía explicaciones… pero que tampoco parecía dispuesto a soportarlas.
No.
Menos aún con ellos.
Porque eran todo lo que le quedaba.
Y había verdades… capaces de arrebatarle incluso eso.
Pero la idea siempre regresaba.
Le volvía una y otra vez, carcomiéndole algo por dentro sin darle tregua, y lo hacía todavía con más fuerza, cuando veía a sus compañeros rugir exaltados…
hablando de los Nurus con los rostros encendidos, como si fueran cazadores, describiendo presas a las que despedazar…
y no personas de carne tibia y huesos de algún color, sosteniendo vidas tan verdaderas como las suyas.
Fue entonces, cuando el profesor volvió a reparar en aquel alumno de pie frente a la pizarra.
Y algo no le encajó.
Pues estaba callado…
Sí… callado.
Pero no hundido en ese silencio tenso que lo inmovilizaba, cada vez que dudaba de una respuesta…
sino atrapado en otro distinto, mucho más profundo…
un silencio demasiado inmóvil para ser Denion, inquietantemente inanimado para pertenecerle del todo…
y en ese instante, el profesor confirmó una vez más cuánto se apartaba aquel chico del resto, como si escuchara una música lejana… que los demás jamás alcanzarían a oír.
—He terminado —dijo Denion al fin, con un hilo de voz apenas capaz de sostener la frase, y sus miradas se cruzaron durante un instante breve.
Y el educador asintió.
No hizo falta más.
Y Denion dejó el carbón blanco sobre el escritorio con un cuidado casi excesivo, antes de regresar a su asiento con pasos lentos…
aún atrapado dentro de aquel nudo interno que intentaba comprender, por qué las palabras se le habían quedado atoradas en la garganta… precisamente cuando más las necesitaba.
Entonces apenas se sentó, sintió un toque leve en el hombro izquierdo.
Y giró sin pensarlo…
Era la chica que todo lo escribía.
—Gracias —dijo él, apenas sus miradas se encontraron, y en ese cruce fugaz, pareció deslizarse algo mucho más profundo de lo que las palabras alcanzaban a sostener.
Ella sostuvo sus ojos un latido más de lo necesario, con una mirada que parecía hallarse al borde de atravesar un umbral invisible… pero que por un instante… dudara en hacerlo.
—Aeena —dijo al fin decidida, con esa voz que lo alcanzaba todo sin necesitar fuerza—. Me llamo Aeena.
El nombre se le clavó a Denion en algún lugar profundo, aunque no con la sensación de algo nuevo…
sino como algo antiguo… algo incluso familiar…
y lo llenó de esa sensación de haberlo llevado consigo desde siempre…
oculto en algún rincón que no había sabido encontrar, y aguardando el momento exacto para revelarse.
Se apartó el pelo de la frente con torpeza, intentando recuperar el aire, y sus ojos descendieron casi por inercia hacia el lápiz dorado que ella sostenía entre los dedos… donde una «V» invertida, había sido tallada con una paciencia casi devocional.
Y lo entendió…
No era una «V».
Sino que parecía una «A».
¿O tal vez se trataba simplemente de un símbolo que todavía no tenía nombre?
—¡Silencio, por favor! —gritó el profesor, cercenando el hilo de sus pensamientos con un tajo limpio.
Allí Denion cerró la mano sin darse cuenta, como si quisiera acariciar ese nombre recién descubierto, antes de que pudiera desvanecerse.
Desde el fondo del salón, el alumno de lentes observaba la escena sin decir nada, y cuando Denion miró hacia atrás durante un instante… el otro chico sentado a su lado asintió apenas.
Fue un gesto tan leve que casi pareció no existir.
Pero existió.
Más hacia un costado, el estudiante de espalda ancha también los miraba, pues al parecer Denion y Aeena comenzaban a atraer la atención del salón por razones distintas, y una incomodidad empezó a crecerle por dentro.
Envidia… ¿tal vez?
Porque ese flacucho brillante poseía algo que él no.
Alguien que acudía a rescatarlo justo en el momento preciso, usando exactamente las palabras correctas.
Y él en cambio, solo cargaba con el peso áspero de su anillo escarlata y añil… y con el recuerdo persistente de tres hermanos, que siempre habían sido mejores.
¡Hasta ahora! , se dijo, y el pensamiento le brotó con brusquedad, mientras descargaba la mano contra el cuaderno.
Entonces giró el anillo una vez más, atrapado en una rabia contenida que todavía no encontraba salida, y continuó escribiendo los nombres de las Casas en su cuaderno.
Despacio.
Con letra torpe…
Hasta copiarlos a todos.