Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Casas Nobles #4
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Casas Nobles #4

Se detuvo porque algo le atravesó el impulso, con la forma incómoda de un recuerdo que irrumpió sin haber sido convocado, unas palabras escuchadas una vez por accidente, mientras pasaba frente a una puerta apenas entornada…

unas palabras pronunciadas en voz baja… nacidas para permanecer encerradas dentro de aquella habitación…

y que aun así habían quedado marcadas a fuego en algún rincón de su memoria.

Eran palabras sobre el Capitán Coole…

Palabras que no encajaban con la imagen épica congelada en la estatua de mármol que ocupaba el ancho escritorio de su habitación…

donde el legionario alzaba el rostro con una nobleza impecable, y donde el cabello…

¡ja!… el cabello aparecía pintado de un dorado intenso que brillaba con una exageración casi ofensiva hacia lo que había oído…

y era tan perfectamente luminoso, que parecía negar cualquier sombra, cualquier grieta… y cualquier posibilidad de duda.

Aunque la realidad…

Entonces sacudió la cabeza con brusquedad, expulsando el recuerdo, igual que quien intenta apartar una idea peligrosa antes de que eche raíces…

y giró el anillo escarlata y añil en su dedo, sintiendo la congoja de esa memoria hundírsele en la piel, mientras los demás rugían alrededor…

unidos en una jauría que acababa de oler sangre.

Y solo golpeó su pupitre una vez.

Sin gritar.

Y Denion, desde el frente del salón, notó ese silencio.

Como también notó a un compañero con lentes en el último banco, con los dedos aferrados al borde de la mesa, y con una tensión tan rígida en las manos, que parecía querer hundirse dentro de la madera…

para desaparecer allí mismo… y junto a él, otro estudiante apartaba la mirada hacia el ventanal, con el rostro endurecido y atrapado en la misma incomodidad contenida…

y no era la primera vez que Denion los veía así de callados…

pues apenas unos respiros atrás, cuando el nombre de la Casa a la que pertenecían había retumbado por el salón, los había alcanzado a notar, con un vistazo fugaz mientras escribía en la pizarra, guardando también un silencio incómodo…

aunque esta vez era por distintas razones.

—¡Silencio, por favor! —reclamó el profesor, ya hastiado de esa escena maldita que terminaba repitiéndose una y otra vez, cada vez que la lección rozaba este tema.

Porque lo que despertaba la clase sobre las Casas de la Nobleza resultaba tan inevitable como el propio cambio de las estaciones, y bastaba apenas con nombrarlas, para que algo se liberara dentro de los alumnos…

si bien esto no nacía realmente en este salón, ni en ningún otro…

sino que ya llegaba con ellos desde mucho antes…

alimentado durante Ciclos enteros en la intimidad de sus hogares, en cada cena familiar compartida, en cada historia susurrada antes de dormir…

y en cada advertencia repetida con la insistencia suficiente, para transformarse primero en costumbre… y después en verdad.

Era todo lo que habían escuchado siempre.

De sus padres.

De su entorno Numian.

¡De su propia gente!

Aunque… ¿de todos realmente?

Pero lo que no dejaba dudas… era que allí…

dentro de aquel recinto de bancos gastados y miradas jóvenes…

ese murmullo heredado terminaba adquiriendo cuerpo propio, hasta encenderse con una necesidad casi febril de pertenecer…

de afirmarse dentro de una raza que se erguía por encima de las demás con una certeza absoluta…

y que les otorgaba una superioridad tan naturalizada…

tan profundamente arraigada… que muchos ni siquiera concebían la posibilidad, de que otras razas tuviesen el derecho de sostenerles la mirada.

—¿Los Qutsus tienen sangre animal, profesor? —insistió el mismo alumno, aferrándose a la pregunta con una insistencia punzante, al no haber recibido todavía la respuesta que esperaba.

El profesor sintió entonces el peso de decenas de miradas, clavándose expectantes sobre él… pero aquellas miradas no aguardaban realmente una respuesta… sino la ratificación de algo que ya habían decidido creer, mucho antes de entrar en ese salón.

Y en ese instante, comprendió que cualquier palabra que eligiera no enseñaría nada.

Solo alimentaría algo que ya existía dentro de ellos.

Entonces…

—Sí —respondió al final, de modo seco, de modo automático… como si la palabra no le perteneciera del todo.

Porque había aprendido que ciertas batallas no se ganan dentro de un salón… y cerró los ojos un momento demasiado largo para ser solo un parpadeo, como quien necesita la oscuridad de los propios párpados para tragarse algo que no puede vomitar en público.

Denion vio cómo los dedos del profesor se afirmaban sobre el broche triangular, apretándolo con una tensión apenas perceptible, que parecía delatar algo más profundo que la simple incomodidad…

como si ese Numian vestido con un sobretodo negro, lamentara en un plano silencioso lo que acababa de conceder en voz alta.

El mejor alumno de la clase, ese que siempre alzaba el brazo cuando nadie más se atrevía… sintió que él también lo habría lamentado sentado detrás de aquel escritorio… aunque no lograba comprender del todo por qué.

Y esa imprecisión terminaba inquietándolo, más que la culpa misma.

Era un Numian.

Por supuesto…

Eso resultaba evidente… y no existía nada que pudiera hacer para cambiarlo.

Mucho menos cuando todos a su alrededor, repetían las mismas ideas desde que tenía memoria, sosteniéndolas con la firmeza pétrea de una verdad heredada… y con el peso de una ley antigua, que no necesitaba justificar una sola palabra para seguir existiendo.

Y aun así… algo dentro de su mente, se trababa cada vez que intentaba aceptarlo sin resistencia.

Porque…

¿Por qué serían superiores?

¿Solo por portar algo distinto en la sangre?

¿Por una herencia que nadie había elegido, y que sin embargo terminaba dictando los destinos de muchos… trazando límites… y asignando lugares… antes incluso, de que una vida comenzara realmente a desplegarse?

Quería decirlo.

Decir… ¡que aquello no tenía sentido!

Que la sangre no define a las personas.

Que el color de la sangre no puede convertir a unos en dueños… ni condenar a otros a vivir esclavizados a la obediencia… o peor todavía… a sucumbir bajo el poder de quienes jamás los mirarían como iguales.

Pero las palabras, otra vez, no salieron.

Y el silencio… permaneció.

Porque Denion sabía demasiado bien que permitir que ese pensamiento asomara en voz alta, podía costarle el Monasterio… y quizá algo todavía peor.