Casas Nobles #3
Los alumnos habían lanzado vítores, cada vez que Denion trazaba el nombre de la Casa a la que pertenecían, pero los rugidos no sonaron iguales…
claro que no… porque los de las Casas Mayores, sacudieron el recinto con una violencia dominante que azotaba el aire igual que un látigo…
mientras que los de las Casas Menores, elevaban sus voces desde un orgullo más contenido, jamás desprovisto de firmeza…
por supuesto… pero sin esa fortaleza, capaz de hacer vibrar las paredes con la misma autoridad aplastante.
Y ahora seguían murmurando entre ellos, inclinados unos hacia otros…
cruzando comentarios sobre blasones y provincias, corrigiéndose mutuamente con pequeñas certezas aprendidas desde la infancia, midiendo palabras y gestos con esa pedantería tribal que nunca parecía agotarse…
porque encontraba siempre una nueva excusa para desplegarse, y marcar territorio incluso en lo insignificante…
incluso en aquello que aparenta ser inofensivo.
Denion los observaba, sintiendo algo denso que no terminaba de ordenar del todo… sin saber que aquello que apenas intuía, ya tenía nombre desde hacía incontables generaciones, a pesar de que casi nadie se atreviera a reconocerlo.
La rivalidad entre las Casas era el alma misma del Monasterio del Conocimiento, como una verdad tan antigua que jamás necesitaba discutirse…
pues afloraba por sí sola en cada lección, en cada gesto, en cada silencio cargado de intención, y todo indicaba que seguiría existiendo por la eternidad…
pero no únicamente porque el Monasterio fuese la institución de aprendizaje de mayor prestigio de Albynia…
sino porque sus puertas de piedra tallada, se alzaron desde el inicio con la forma de un umbral excluyente, reservado solo para los estudiantes Numians nordaaros…
era como si el conocimiento no hubiese nacido para expandirse hacia todos los pueblos, y sobre todo, hacia todas las razas…
sino que estaba reservado para ser custodiado por un linaje, que lo reclamaba igual que un derecho ancestral imposible de cuestionar.
Y lo más retorcido de todo… aquello que a muchos se les clavaba por dentro, igual que una astilla imposible de arrancar…
era que esos mismos estudiantes de ojos ámbar, que proclamaban la pureza de su sangre con un fervor casi litúrgico, descendían en realidad de antiguos cruces Nenders que el tiempo, la selección natural, y sobre todo el relato, habían ido diluyendo con una perseverancia feroz, hasta volver aquella mezcla primero aceptable…
luego respetable, hasta convertirla en linaje…
y al final… volverla finalmente invisible.
El Monasterio no custodiaba una estirpe divina.
Sino un cruce blanqueado.
Una mentira tan antigua… tan cuidadosamente sostenida a través de generaciones enteras… que ya casi nadie parecía dispuesto a mirarla de frente… y mucho menos, a siquiera mencionarla.
Denion apretó el carbón blanco entre los dedos, sintiendo cómo el material cedía apenas bajo la presión, mientras miraba los nombres recién escritos sobre la pizarra…
y allí se leían las cinco Casas… con sus cinco blasones, acompañados de cinco estallidos distintos de orgullo…
que parecían haber quedado adheridos, a cada una de las paredes del Monasterio del Conocimiento.
En cuyos salones presuntuosos, se investigaba astronomía bajo cúpulas abiertas al firmamento…
se destilaba alquimia entre vapores densos y olores metálicos…
se abrían cuerpos en nombre de la anatomía con una precisión protocolar…
y se cultivaban todas las demás ciencias conocidas, con una devoción cercana a lo sagrado…
unos salones presuntuosos donde el conocimiento se acumulaba… ¡crecía!… y se refinaba sin descanso.
Un tesoro de información celosamente custodiado, por esa raza Numian que afirmaba portar la sangre más pura de los Dioses en las venas…
una «verdad» que ellos mismos se encargaban de imponer hasta volverla inseparable del aire mismo que respiraban, sosteniéndola con un orgullo tan hermético y calcificado durante generaciones enteras, que no dejaba una sola grieta por donde pudiera filtrarse la duda, y precisamente por esa ausencia absoluta de fisuras…
resultaba tan peligrosa… tan difícil de quebrar.
Y mientras el murmullo continuaba extendiéndose por el salón, Denion pensó en los que quedaban afuera…
en aquellos que jamás cruzarían esas puertas de piedra…
en los que jamás llegarían a sentarse en esos bancos, ni a rozar siquiera ese conocimiento, que otros defendían igual que una herencia sagrada.
Porque si bien el Reino de Nordaar era uno de los gobiernos que más esfuerzo destinaba a la educación, cada raza ocupaba con precisión el lugar que el poder le había asignado…
dentro de una distribución que no era una simple decisión…
sino una ley petrificada por el tiempo que nadie osaba cuestionar.
Los Numians dominaban las ciencias superiores en el Monasterio, mientras que los Nenders…
apartados inevitablemente de los de ojos ámbar con una naturalidad que ya ni necesitaba justificarse…
aprendían entre los suyos en academias dispuestas en las ciudades, o en pequeños colegios dispersos por pueblos distantes…
en unos espacios más estrechos… más austeros…
donde el saber no se expandía realmente… sino que se dosificaba con cuidado.
En aquellos salones modestos… donde rectángulos de pintura negra hacían las veces de pizarras, en lugar de las tablas de madera pulida que colgaban en el Monasterio…
se les enseñaba a sumar costos de materiales con la precisión suficiente para no ser engañados, a leer contratos de compraventa con la atención de quien sabe que un error puede costarle más que unas monedas, y a redactar recibos sin fallas que pudieran volverse en su contra…
apenas lo necesario para mantener a raya el espectro siempre latente del analfabetismo…
pero jamás permitiendo que el conocimiento creciera más allá de los márgenes considerados útiles.
Y junto a esto también, se impartían oficios cuidadosamente delimitados…
como forjar sin arruinar el metal, coser sin que las costuras cedieran con el primer tirón, construir sin que las paredes se resquebrajaran al primer invierno…
todas habilidades necesarias, sí… pero cuidadosamente mantenidas dentro de límites estrechos, que no invitaban a avanzar más allá…
que no abrían nuevas puertas… sino que aseguraban que cada uno permaneciera exactamente donde debía.
Claro que también se enseñaba algo de historia…
Pero una historia recortada.
Filtrada.
Y servida desde un ángulo conveniente, donde ciertos nombres resplandecían, mientras otros desaparecían sin dejar rastro… donde hasta el color de la piel podía alterarse según la necesidad del relato… y donde el pasado entero… terminaba ordenándose para sostener un presente sin fracturas visibles.
La educación Nender era funcional y hecha a medida… pensada para formar artesanos competentes, junto con comerciantes obedientes, y trabajadores eficientes… generando manos capaces de mantener el Reino funcionando… pero sin detenerse jamás a cuestionar el engranaje del que formaban parte.
Denion miró la costosa pizarra de madera pulida que tenía delante…
contemplando su perfecta superficie oscura, y luego bajó la vista hacia el pequeño carbón blanco que sostenía entre los dedos…
tan frágil en comparación… y algo en su mente volvió a trabarse, igual que siempre le ocurría, cuando los pensamientos comenzaban a avanzar más rápido de lo que podía ordenarlos.
Pues qué decir de los Nurus.
Bueno, para ellos… nada…
Porque no existían colegios destinados a esa raza, al menos no dentro del Reino de Nordaar.
De hecho, los Nurus apenas pisaban las cinco Provincias Nordaaras…
salvo aquellos arrancados de sus lejanas arenas, y trasladados a la fuerza, para servir como cuerpos reemplazables en las minas y en los campos de cultivo de la Provincia Felirius, donde resultaba más barato sustituir carne agotada, que mejorar las condiciones de trabajo…
y cuando esos cuerpos ya sin espíritu, terminaban quebrándose bajo el peso interminable del esfuerzo, los alquimistas del Monasterio los reclamaban en silencio, para experimentos que no dejaban ni la mínima huella en ningún libro…
porque los Qutsus, ni siquiera poseían derechos que obligaran a proteger sus restos.
Denion sabía que los Nurus no tenían lugar.
Y el saberlo se le instalaba por dentro, impidiéndole respirar del todo… aún seguía allí… de pie frente a esa pizarra tan perfecta, con el carbón blanco inmóvil en la mano, y presenciando cómo los murmullos se extendían por el salón… como una marea inquieta incapaz de encontrar orilla.
—¡Compórtense, por favor! —pidió el profesor ante el caos que se desbordaba, y poco a poco los murmullos comenzaron a replegarse, entre el crujir incómodo de los bancos.
—¿Los Qutsus tienen sangre animal, profesor? —preguntó de pronto un alumno, girando la cabeza hacia sus compañeros… en busca de ese respaldo cómplice, que suele anteceder a las afirmaciones más fáciles.
—Se llaman… —el profesor intentó corregir, con un cansancio apenas disimulado en la voz, pero no lo dejaron terminar.
—¡Sí, son animales! —aulló otro estudiante, y el odio quedó flotando en el aire con una violencia palpable.
El estudiante de espalda ancha abrió la boca para rugir también, igual que hacía siempre… igual que se esperaba de alguien como él… pero se contuvo…