Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Casas Nobles #2
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Casas Nobles #2

Otros escuchaban inclinados hacia adelante, atraídos por la pregunta con un entusiasmo expectante, que empezaba a recorrer el salón igual que un murmullo contenido.

El mejor alumno sintió las miradas del salón entero clavándose otra vez sobre él, y apretó el carbón blanco entre los dedos hasta que le dolió… necesitando esa pequeña molestia para recordarse que seguía allí… de pie frente a todos.

Y abrió la boca…

Y sintió cómo el silencio entero se tensaba… aguardando con precisión ese instante, en que su seguridad terminara por resquebrajarse.

Y cerró la boca.

La respuesta estaba allí, perfectamente ordenada en su mente, pero las palabras se le amontonaban torpes en la garganta, negándose a salir… porque el pánico a equivocarse le pesaba más que el conocimiento mismo.

—Es una pregunta válida —intervino el profesor desde su escritorio, con voz pausada—. Denion, ¿por qué deberíamos conocer las Casas si todas responden al Rey?

El educador no lo rescataba.

Lo empujaba hacia adelante.

Y Denion tragó saliva…

Los dedos se le aflojaron apenas sobre el carbón blanco, y cuando habló… su voz salió más frágil de lo que esperaba:

—Porque… —vaciló, y la palabra se le quebró contra su propia duda— porque el Rey no gobierna solo. Las Casas son las que…

—Las que ya perdieron —lo interrumpió el estudiante de espalda ancha, sosteniendo una sonrisa cargada de burla—. Si otra Casa mandaba antes, ya no manda ahora.

Hizo una pausa medida, dejando que el silencio se acomodara a su alrededor como un manto hecho para él, y luego su tono se volvió todavía más filoso:

—Mi bisabuelo sirvió en las Legiones cuando otra Casa mandaba y murió defendiendo un reino que ya no existe —sus dedos se cerraron sobre el anillo escarlata y añil, girándolo con una lentitud casi litúrgica—. Pero ahora gobierna la Casa más poderosa. ¿Para qué conocer a los perdedores?

Los que estaban a su alrededor rieron…

Primero uno, luego otro, y enseguida un murmullo de carcajadas contenidas empezó a extenderse entre los pupitres…

Aunque otros apartaron la mirada…

Primero uno, luego otro, refugiándose incómodos en las vetas gastadas de la madera, fingiendo interés en cualquier cosa que no fuera la tensión creciendo en mitad del salón.

Denion apretó los labios, y dejó caer la mirada sobre la pizarra cubierta de palabras, que hasta hacía un instante le parecían sostenidas por una lógica que no admitía fisuras.

Pero de pronto todo le resultó hueco.

Y comenzó a sentir que ni todo el saber reunido, tendría la fuerza suficiente para mantenerse en pie frente a unas pocas risas mal contenidas… era como si el conocimiento mismo pudiera apagarse con una facilidad absurda, apenas alguien decidiera burlarse de él.

La frustración le subió caliente al pecho, y se apartó el pelo de la frente con un movimiento involuntario.

No podía fallar…

No, claro que no…

No cuando había prometido llegar tan lejos como su madre…

No cuando cada paso que daba, parecía medirse contra esa promesa que lo empujaba incluso ahora, bajo esa vergüenza que comenzaba a cerrársele alrededor.

Así que intentó hablar otra vez… pero entonces desde atrás, una voz suave atravesó el murmullo del salón, y se abrió paso con una claridad que no necesitaba elevarse:

—Todo es del Rey ahora —era la chica que todo lo escribía, hablando sin siquiera levantar la vista de su cuaderno—. Pero tu bisabuelo vivió cuando otra Casa mandaba sobre todas. Las cinco Casas siempre están. Lo único que cambia es cuál gobierna a todas. Por eso hay que conocerlas.

El salón tardó un instante en procesar que había hablado esa chica que nunca hablaba… y luego otro instante, en recordar que esa chica contradijo ni más ni menos que al estudiante de espalda ancha.

Denion la miró atónito… con una sorpresa incapaz de ocultar…

y algo en él que no supo nombrar, quiso agradecérselo, aunque no terminaba de comprender cómo ella había dicho, sin ningún tipo de tropiezo ni una mínima vacilación, exactamente aquello que a él se le había enredado de modo tan miserable en la garganta.

El estudiante de espalda ancha frunció el ceño y abrió la boca para responder, pero las palabras se le quedaron atascadas en algún punto entre el orgullo y la duda…

porque incluso sin querer admitirlo, algo de lo que ella había dicho encajaba con una precisión demasiado exacta para ignorarla…

y el recuerdo de su padre repitiéndole que solo los estúpidos ignoran la historia, le atravesó la mente con una claridad incómoda…

igual a una advertencia llegándole demasiado tarde.

Y apretó el anillo escarlata y añil hasta que la presión comenzó a dolerle, y terminó apartando la mirada… aunque no solo por los demás, sino también por ese pensamiento obstinado sobre ser un estúpido… que seguía repitiéndosele por dentro.

El profesor observaba la escena desde su lugar, con el dedo índice bordeando el broche triangular de su cuello en un gesto casi ausente… y carraspeó una sola vez, antes de hablar con una voz que se desplegó lenta por el salón:

—Exacto. Las Casas no son solo nombres que hay que memorizar.

Son la estructura que sostiene el Reino, y es necesario conocerlas para entender cómo funciona el poder —hizo una pausa breve, clavando los ojos en el estudiante de espalda ancha—.

Y quien no entiende cómo funciona el poder, termina siendo aplastado por él.

Sus dedos rozaron el broche triangular una vez más, con una insistencia leve, casi imperceptible para cualquiera que no estuviera verdaderamente atento…

Como yo , pensó el profesor.

Pero ahora ya comprendía demasiado bien los mecanismos del poder… y precisamente por eso había aprendido a odiarlos, con una claridad que no dejaba espacio para el consuelo.

El estudiante de espalda ancha dejó de sonreír.

Y apretó los dientes, sintiendo cómo las palabras del profesor no solo lo señalaban delante de todos… sino que además le dejaban encima un peso incómodo, difícil de apartar.

Entonces volvió a mirar a ese chico insoportable plantado frente a la pizarra, y su expresión abandonó el desprecio para transformarse en algo mucho más difícil de sostener…

una incomodidad cercana a la envidia… porque ese idiota que se trababa al hablar, ya entendía cosas que a él le habían costado Ciclos enteros siquiera rozar.

Denion respiró hondo, dejando que el aire le llenara los pulmones hasta el fondo, por primera vez en varios latidos.

—¿Continúo con las Casas Menores, profesor? —preguntó, y aunque la voz le tembló apenas, logró sostenerla lo suficiente para que no se apagara.

Desde su asiento, el profesor asintió con un movimiento mínimo, mientras la chica que todo lo escribía apretaba levemente su lápiz dorado entre los dedos, sin apartar la vista de su cuaderno… y así… el mejor alumno… volvió a girarse hacia la pizarra, con las manos firmes otra vez…

CASAS MENORES DEL REINO DE NORDAAR

La Casa Lareon, está gobernada por el Regente Baneon Lareon, Señor de las Aguas, y controla la Provincia Lareon, una modesta extensión de frías tierras ubicada al norte del Reino, cuyo principal comercio es la pesca de las vastas y esquivas Balees…

Un par de voces vitorearon desde el fondo, elevándose con un orgullo contenido, y gritaron «¡La…reon!» con una fuerza que no buscaba imponerse por sobre los demás… sino afirmar pertenencia.

…Su blasón es un salmón dorado, tensado en el instante exacto del salto contra un oleaje liláceo. Proclamando la vitalidad de la esperanza.

Desde su escritorio, el profesor alzó apenas la vista cuando Denion mencionó el blasón de Lareon, y sus dedos rozaron distraídamente el broche triangular una vez más.

Vitalidad de la esperanza , recordó sin ganas.

Hacía demasiados Ciclos que no visitaba la región de los salmones, y algo en su mirada se suavizó apenas, antes de desviarse hacia los ventanales…

para viajar más allá del vidrio y más allá del calor del mediodía, hacia un recuerdo que no terminaba de tomar forma completa… pero que siempre persistía.

La Casa Galeris, está gobernada por el Regente Bastar Galeris, Señor de la Madera, y controla la Provincia Galeris, unas tierras colmadas de bosques fértiles que se extienden hacia el noreste del Reino…

Varios estudiantes aplaudieron con fuerza, y uno golpeó el pupitre, arrancando un sonido hueco que se mezcló con un grito entusiasta que mencionó los árboles y la abundancia de troncos, antes de perderse entre el ruido creciente…

y entre todo ese alboroto, la chica que todo lo escribía dejó de mover el lápiz dorado sobre el cuaderno, apenas un instante, para alzar la vista hacia la pizarra…

sintiendo algo parecido al orgullo asomándole al rostro, por estas tierras a las que pertenecía, que eran capaces de dar sus bosques para convertirlos en lápices  que luego se transformarían en palabras… y al final en conocimiento.

…Su blasón es un círculo esmeralda de hojas, cerrado sobre sí mismo y recortado sobre un campo castaño. Proclamando la fertilidad inagotable de la vida.

Solo queda una Casa… pensó Denion, y algo en su interior resistió apenas… igual que quien alcanza las últimas páginas de un libro que no desea terminar… aunque el carbón blanco nunca dejó de moverse:

La Casa Dameris, está gobernada por el Regente Ustian Dameris, Señor de los Humedales, y controla la Provincia Dameris, una amplia región de ciénagas y pantanos situada en el centro del Reino, conocida por su abundancia de Drunas…

Un rugido denso y profundo estalló en una parte del centro del salón, acompañado de patadas rítmicas contra el piso, que golpe tras golpe, terminaron llenando el aula de un estruendo sordo y vibrante…

pero dos voces en los últimos bancos de ese sector, se quedaron completamente calladas, y ninguno de los dos estudiantes se sumó a ese estruendo eufórico que celebraba lo que se suponía… también les pertenecía.

…Su blasón es un volcán humeante, oscuro como el azabache, elevándose bajo un cielo grisáceo. Proclamando la presencia de un gigante dormido que continúa respirando bajo la superficie.