Casas Nobles
Monasterio
Monasterio del Conocimiento
El calor del mediodía se colaba en el salón de paredes oscuras, mezclándose con el olor a madera vieja y con ese enjambre de polvo que flotaba en el aire sin decidirse jamás a caer, mientras el profesor continuaba con la clase, y Denion…
como de costumbre… mantenía la mirada perdida más allá del ventanal, divagando en imágenes sin forma ni nombre…
aunque sin abandonar del todo esa atención vigilante que sostenía siempre al borde de los oídos, por si entre las palabras del discurso, asomaba algún tema aún desconocido para él.
Porque en su interior, la obsesión por aprenderlo todo terminaba imponiéndose incluso a sus propios extravíos, y le devolvía los sentidos, cada vez que estos amenazaban con dispersarse sin un regreso posible.
—Ayer comenzamos a estudiar sobre las cinco Casas de la Nobleza Nordaara.
Hoy vamos a profundizar mucho más en ellas, revisando las regiones que gobiernan y las particularidades que las distinguen —dijo el profesor, y su voz arrastraba esa cadencia de quien ha repetido las mismas lecciones, durante demasiados inicios de estudio.
Y una vez de vuelta en su escritorio, apartó Los Pedreros Heroicos que descansaba encima, y tomó el libro de abajo cuyas tapas gastadas rezaban Las Casas Nobles de Nordaar , colocándolo en un costado de la mesa con ese cuidado delicado que se reserva al conocimiento…
y luego alzó la vista hacia los alumnos, recorriéndolos uno por uno antes de decir:
—¿Quién quiere pasar a escribir en la pizarra?
Por supuesto que el silencio que creció después de la pregunta, resultó tan espeso como el que el profesor recordaba habitando en el Sepulcro Real…
aquel recinto sagrado enterrado bajo las rocas donde hasta las sombras parecían guardar luto, y que había conocido tantísimos Ciclos atrás, durante el último funeral antiguo del reino hasta estos Halos…
con las antorchas ardiendo noches enteras, junto al sarcófago de ese monarca muerto, y los cánticos funerarios escuchándose en un coro interminable de voces agotadas…
y claro que ya casi no quedaba nadie vivo capaz de dar fe de aquello…
pero allí en el salón, igual que en ese sepulcro remoto bajo la montaña, tampoco nada se movía.
Bueno… casi nada.
Porque el brazo alzado de Denion se sacudía con la urgencia vibrante de alguien que ya conoce la respuesta, y siente que permanecer callado un instante más… equivale casi a quedarse sin aire.
Halo tras Halo, el profesor intentaba que algún otro alumno participara…
dejando que su mirada descansara sobre cada pupitre más tiempo del necesario, prolongando los silencios hasta volverlos incómodos, lanzando preguntas que quedaban suspendidas en el aire caliente del salón…
pero hasta esa jornada, todos los intentos terminaban estrellándose contra exactamente la misma apatía conocida…
contra aquella pesada quietud obstinada, que parecía adherirse a los pupitres, a las nucas bajas…
y a las manos inmóviles de los estudiantes.
Así que una vez más, dejó caer la frase que todos sabían de memoria, y que ya resultaba tan inevitable como el amanecer regresando… incluso después de las noches más largas:
—Bien, Denion, pasa a hacerlo.
El alumno se levantó de un brinco, empujando la silla hacia atrás con un chirrido seco, que quebró durante un instante la mudez entre esas paredes, y cruzó el salón con una prisa que no nacía realmente de sus piernas, sino de unas ansiedad interior, que parecía avanzar siempre varios pasos delante de él…
mientras se apartaba el pelo de la frente con ese gesto automático, que ya formaba parte inseparable de su ser.
Y al llegar junto al escritorio, el profesor le tendió el libro sin decir una palabra, con un movimiento casi desprovisto de pensamiento consciente, y en una costumbre repetida tantas veces… que el brazo parecía conocer el recorrido por sí solo.
—Ve a la página trescientos noventa y cuatro —indicó con una lentitud deliberada, dejando que cada número, descendiera en el aire con el peso solemne de una instrucción.
Denion asintió y se plantó frente a la clase con esa urgencia obsesiva que jamás encontraba descanso, como si algo en su interior se le escapara entre los dedos cada vez que se detenía demasiado tiempo… cada vez que el impulso de demostrar cuánto sabía, se veía forzado a contenerse.
Buscó la página trescientos noventa y cuatro, con la soltura de quien ha pasado más Pulsos entre páginas que entre personas, mientras aspiraba al mismo tiempo el aroma profundo de las hojas gastadas…
y ya frente a la pizarra negra comenzó a trazar cada letra con el carbón blanco, dejando que el sonido áspero del trazo acompañara su concentración, y pronunciaba en voz baja lo que escribía…
obedeciendo aquella costumbre involuntaria, que lo dominaba siempre que algo conseguía atraparlo por completo:
CASAS MAYORES DEL REINO DE NORDAAR
La Casa Desarius, está gobernada por el actual monarca del Reino de Nordaar, el Regente Apolonion Desarius, Señor de los Colosos…
Un silbido profundo brotó desde el fondo del salón, y enseguida el estudiante de espalda ancha lo quebró con un aullido orgulloso, al oír el nombre de su Casa…
arrastrando tras de sí a otros tantos que respondieron con bramidos de apoyo, cada vez más firmes y seguros…
como si esta Alta Casa no solo estuviera acostumbrada a ser obedecida, sino también a despertar en quienes la nombraban una lealtad casi instintiva, que reclamaba una necesidad feroz de hacerse notar, incluso dentro de aquellas paredes destinadas al estudio…
y por un instante, el estudiante de espalda ancha sintió cómo algo en su pecho finalmente encontraba reposo, una tensión que se aflojaba al abrigo de ese nombre…
porque allí sí destacaba… allí su apellido se imponía con una autoridad que no necesitaba explicación alguna, aplastando sin esfuerzo cualquier respuesta brillante que el flacucho Denion pudiera ofrecer…
y entonces giró el anillo escarlata y añil en su dedo, dejando que el labrado frío del metal le recordara quién era…
de dónde venía… y el lugar que algún Halo le correspondería ocupar.
Pero Denion continuaba sin inmutarse, ajeno a aquella marea de orgullo que había sacudido el salón, y el carbón blanco seguía deslizándose sobre la pizarra negra con un chirrido metódico:
…y controla la Provincia Desarius, una vasta extensión al oeste del Reino, donde las tierras abiertas se extienden hasta donde la vista cede, sosteniendo cultivos abundantes y rebaños innumerables que se dispersan hasta el horizonte, y su blasón es un dragón Draconian de franjas horizontales escarlata y añil, con las alas desplegadas sobre un fondo azabache.
Proclamando el dominio absoluto y la autoridad incuestionable.
Al terminar la primera Casa, el chico mantuvo la mirada fija en el libro durante unos pocos respiros, y continuó sin alzar la voz… sostenido por esa concentración obsesiva, que parecía aislarlo de cuanto ocurría alrededor:
La Casa Felirius está gobernada por el Regente Prancus Felirius, Señor Guardián del Este, y controla la Provincia Felirius, unas tierras áridas que se prolongan hacia el distante amanecer del Reino, duras y secas a la vista, pero su riqueza en vetas de Cristales de Energía, en especial del imprescindible Cristal Escarlata, resulta un tesoro inconmensurable…
Un coro abrupto de rugidos estalló desde la izquierda del salón, y alguien golpeó el pupitre con tanta fuerza, que el estruendo de la madera se impuso al chirrido del carbón blanco, y cubrió el murmullo de Denion por un instante… mientras varios comenzaban a corear:
—¡Fe… li… rius!
Con unas voces tan graves que parecían surgir desde lo más hondo de los huesos antes que desde las gargantas, rebotando contra las paredes oscuras y regresando amplificadas…
colmadas de un orgullo desafiante que exigía espacio y reconocimiento…
y Denion aguardó apenas un latido, lo justo para que aquel oleaje de ruido encontrara el agotamiento…
además ese nombre también era el suyo, aunque pocos en el salón lo supieran, ya que él jamás se sentaba junto a los otros alumnos de su misma Casa, como solía hacer el resto, agrupados con un orgullo que a él, en cambio, se le atragantaba cada vez que intentaba sentirlo…
y una vez que el silencio mermó, el carbón blanco volvió a deslizarse sobre la pizarra negra, retomando su ritmo metódico:
…Su blasón es un oso sable rubí erguido en una actitud de ataque, recortado sobre un campo de oro resplandeciente. Proclamando el acecho silencioso que aguarda paciente el momento de lanzarse sobre su presa .
—Ahora pasaremos a las Casas Menores —dijo Denion, al mismo tiempo que trazaba una línea de punta a punta sobre la madera, la que le salió recta y bien firme, aunque desprovista de aquella solemnidad casi ceremonial, con la que había dibujado una durante la clase dedicada al Calendario.
—¿Y para qué sirve saber todo esto? —la voz del estudiante de espalda ancha cortó el aire igual que un hachazo—. Al final todo es del Rey.
Había algo afilado en esa pregunta… porque no sonó realmente a duda…
sino a una emboscada cuidadosamente dejada en mitad del camino…
y Denion se detuvo en seco, con el carbón blanco suspendido sobre la superficie negra, y giró despacio sintiendo cómo el pulso se le desordenaba bajo las costillas…
ya sabiendo a quién se encontraría del otro lado.
El estudiante de espalda ancha lo observaba con los brazos cruzados, recostado sobre la silla con esa seguridad cómoda, de quien ha sido escuchado con atención demasiadas veces, para llegar siquiera a cuestionarse su lugar…
y de quien nunca necesitó alzar demasiado la voz para imponerse, porque su sola presencia bastaba para inclinar la balanza, antes incluso… de pronunciar palabra alguna.
Algunos compañeros asintieron rápidos, casi por puro reflejo.