Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Escarabajo #6
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Escarabajo #6

¿O tal vez sí?

Bueno… no importaba.

Pero por si existían… por si algo escuchaba desde aquella nada oscura que Cilias juraba absoluta…

le imploró igualmente al Dios del Destino que iluminara el camino de su hijo…

haciéndolo con sus manos abiertas frente a la estatua, y esta vez sin bajarlas de inmediato, como siempre hacía por costumbre.

Sino que las sostuvo un instante más.

Por apenas un latido.

Por si acaso…

Porque la esperanza no necesita tener sentido… y la desesperación… mucho menos.

Y en esta noche que lo cambiará todo… una de esas noches que parten la vida en dos mitades… el anhelo los envolvía a ambos con la tibieza frágil de un abrazo, en medio del más crudo invierno que cualquiera recordara.

Entonces Cilias se levantó de la silla también, con la intención de acercarse al arcón… pero algo diminuto interrumpió el paso de sus pensamientos.

Cuando vio a un pequeño escarabajo veridio trepando con torpeza por la chimenea… con su caparazón verde cobrizo reluciendo bajo la luz temblorosa del fuego, y completamente ajeno al mundo al que había llegado.

Calor. Comodidad. Luz.

La madre de Albius parpadeó.

Porque algo acababa de llegarle desde un lugar que no era su cabeza…

y sin dudarlo fue hasta el insecto, y con un delicado movimiento, lo atrapó entre sus manos ahuecadas, cuidando de no ejercer presión…

y el escarabajo reaccionó de inmediato, agitándose con una energía frenética, y raspándole la piel con sus patas finas en un intento inútil de escapar…

mientras ella lo llevaba hacia la puerta.

Atrapado. Confusión. Prisión.

Cilias tomó el picaporte con la mano libre y abrió apenas lo necesario, procurando que el frío aguacero no invadiera el interior… pero aun así una ráfaga húmeda llegó a golpearle el rostro, trayendo consigo el olor crudo de la intemperie.

Era ese mundo real que tanto daño le había causado.

Ese afuera que seguía esperando.

Pero igualmente abrió la mano para dejarlo ir.

Sin embargo, durante un instante suspendido… casi irreal… las diminutas patas del escarabajo, permanecieron aferradas a uno de sus dedos antes de soltarse.

Como si dudara.

Como si tuviera miedo.

Y en ese contacto fugaz… Cilias sintió algo que no supo nombrar.

Tal vez esa criatura logró transmitirle su miedo.

O peor aún…

Tal vez era ella quien intentaba desprenderse del suyo.

Luego de al fin caer de esa piel… el escarabajo aterrizó en la piedra escarchada del umbral y permaneció inmóvil… desconcertado por un viaje demasiado brusco para comprenderlo, y con sus antenas tanteaba el aire con cautela.

Frío. Lluvia. Oscuridad.

Cilias sacudió la cabeza, como quien intenta apartar un pensamiento obstinado… ¿o había sido una voz?

Su propia expresión no lo decía… y sin más cerró la puerta.

Y durante un instante, uno tan breve como el anterior… ya no vio al escarabajo en sus dedos…

Sino a Albius.

Aferrándose a su piel.

Sin comprender por qué lo obligaba a marcharse.

Y ella cerró los ojos con fuerza.

Mejor el frío…

La lluvia…

La oscuridad.

Que las fauces del Carromato.

Esa madre acongojada, se limpió las manos en el vestido celeste, dejando en la tela un rastro tenue de aquel verdoso polvo cobrizo que el escarabajo llevaba adherido al cuerpo…

una mancha más que contar entre tantísimas otras…

y rápido se dirigió al arcón para comenzar a abrirlo con cuidado…

incluso conteniendo la respiración, buscando que el chirrido de las bisagras oxidadas no se propagara más de lo necesario, y cuando volvió a inhalar, el olor a madera envejecida le llenó la nariz…

arrastrando consigo una hilera de recuerdos que tuvo que alejar…

salvo aquel de cuando Albius era pequeño y se escondía ahí dentro…

y sin demora sacó dos plumas de escritura junto a un tintero, un trozo de hilo rojo y una tira de papel para mensajes, del tamaño adecuado para enrollarse y atarse a las patas de pequeñas aves mensajeras…

esas criaturas discretas, que casi pasaban invisibles entre las corrientes de aire del cielo…

y después tomó otro trozo de papel aunque de un tamaño más grande.

Entonces le entregó a su marido, quien permanecía a un lado suyo aun con la mirada fija en la estatua de Alaeno…

una de las plumas junto con el papel mayor, pues él debía escribirle una nota completa al Maestro Elonio…

y luego de tomar la lámpara de aceite de la repisa, la llevó hasta la mesa de bordes redondeados, donde ambos volvieron a sentarse.

La luz amarillenta se instaló entre ellos, y mirando a Bledon sin pestañear… habló con una resolución que no admitía ninguna duda:

—Marnus tiene que sacar a Albius de este pozo lleno de traidores. Debe llevarlo a Dalassia. Solo allí pasará desapercibido. ¡Solo allí estará a salvo!

Acercó la lámpara un poco más.

Y bajo esa luz vacilante, tomó la pluma.

La hundió en la tinta.

Y dejó que esta corriera, cargada de una ilusión feroz… mientras trazaba sin que le temblara un solo dedo, el nombre de su hermano.