Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Escarabajo #5
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Escarabajo #5

Y Bledon agradeció en silencio que la puerta de la habitación de su hijo estuviera bien cerrada… y la abrazó… y en ese abrazo, la apretó aún con más fuerza… y le acarició el cabello, con esa misma mano con la que tantas veces despeinaba a Albius, en un gesto casi involuntario.

Y la sostuvo dejándola llorar.

Mientras el mundo, al menos por ese momento, se reducía a ese abrazo… y al suave tintineo metálico del Pulsolario, marcando un tiempo que parecía ajeno a todo cuanto dolía dentro de aquella cabaña.

—Tranquila, amor… —dijo al fin, cuando sintió que podía escucharlo entre los sollozos, y le acarició el rostro con cuidado—.

Le escribiré al Maestro Elonio pidiéndole que le enseñe todo lo necesario.

Todo lo que le haga falta para sobrevivir —tomó una bocanada de aire—.

Y tú avísale a Marnus que Albius estará listo en siete Halos.

—¡Siete Halos! ¡No! —Cilias se apartó apenas, llevándose las manos a la boca para sofocar el resto de su grito—. Solo dos Halos… dos, por favor.

Y sus ojos desorbitados volaron hacia la puerta cerrada de la habitación de su hijo… mientras el temor de haberlo despertado, le atravesaba el pecho con la violencia silenciosa de una tormenta de nieve.

«Lo que haga falta para sobrevivir», resonó en lo hondo de Cilias, golpeando como un martillo obstinado… y algo en su mirada se endureció.

Para sobrevivir …

Se repitió esas palabras en silencio, y sus ojos se deslizaron hacia el cuchillo junto al pan, siguiendo el filo frío de la hoja… porque la niña que había temblado detrás de aquella falsa pared… hacía mucho tiempo que había dejado de existir.

Y en su lugar, ahora estaba la madre…

La que pelearía.

Si vienen por Albius antes de que Marnus llegue… esta vez pelearé.

Apretó los dientes.

Pero comprendió que Bledon no necesitaba saberlo.

No hacía falta pronunciarlo para que fuera real.

Porque ya había tomado una decisión más honda que cualquier juramento… de esas que no se comparten… de esas que dejan de pertenecer a las palabras y pasan directo a la carne.

Estaba dispuesta a sacrificar cualquier resto de su largo futuro… con tal de resguardar a su hijo.

—¡Dos Halos, lo que digas! —cedió Bledon sin dudarlo, y quebrado al verla atrapada en una desesperación que no encontraba salida—.

Le diré al Maestro que tiene dos Halos para instruirlo en lo necesario, y volveremos a ver a nuestro hijo antes de lo que imaginas.

¡Ya lo verás! —asentía con la cabeza, una y otra vez—.

¡Volverá a casa enseguida! —añadió, aferrándose a esa promesa con la fuerza ciega de quien se hunde, y abraza cualquier cosa que parezca flotar.

Bledon nunca perdía el optimismo.

Ni siquiera cuando el mundo parecía resquebrajarse bajo los pies.

Y era precisamente esa terquedad casi irracional, lo que Cilias encontraba fascinante en él… una cualidad que la desconcertaba, y que en ciertos momentos, sin que pudiera evitarlo… terminaba por abrir una rendija por donde aún lograba entrar la luz en ella.

—Solo pido que quienes ya sabes, lo protejan… por favor… es todo lo que les pido —murmuró ella en un hilo de voz, sosteniéndose en la fe de su marido cuando la propia ya no le alcanzaba.

Pero el padre de Albius no respondió… y tomó la cuchara de hierro y comenzó a moverla en círculos dentro del plato, haciendo girar en sentido contrario la loza con la otra mano, mientras sus pies golpeaban el suelo sin ritmo, en una cadencia desordenada, rebosante de una ansiedad imparable.

No puedo pensar si no hago algo…

Ya sabemos que Bledon siempre decía.

Y ahí estaba.

Haciendo cualquier cosa.

Lo que fuera… con tal de no quedarse quieto.

Cilias nunca nombraba en voz alta a esos que eligieron quedarse…

a esos que se hacían llamar Remanentes… y mucho menos a los otros, a aquellos que no eligieron quedarse…

a aquellos que se apodaban a sí mismos Varados…

un nombre que le repugnaba, que le quemaba la lengua como veneno, cada vez que siquiera rozaba su pensamiento.

Y para Bledon qué decir… pues incluso después de tantos Ciclos compartidos con esa mujer asombrosa, todo aquello seguía sonándole a superstición…

a relatos deformados por la sidra de pera y sobre todo el miedo, que fueron repetidos tantas veces en las bocas de aldeanos reunidos en torno al fuego…

que terminaban creciendo más allá de sus propios huesos.

Pero de pronto, cada músculo de su cuerpo se detuvo… y soltó la cuchara, que se hundió en el guiso de conejo con un chapoteo sordo… luego retiró la mano del plato, y la loza comenzó a dejar de girar, hasta rendirse por completo en aquel colorido mantel cuadriculado.

Allí miró hacia la puerta cerrada de la habitación de Albius… y una desazón repentina lo invadió, apagando su optimismo con la violencia del agua helada derramada sobre brasas vivas.

Entonces se puso de pie con lentitud, y caminó hasta la repisa que había construido en un otoño lejano, en una de esas épocas que ahora parecían pertenecer a otra vida…

y allí se detuvo a contemplar la estatua de madera del Dios del Destino Alaeno…

con un color desgastado desde hacía tanto, que ya no recordaba cómo había sido nueva.

Abrió las palmas.

Cerró los ojos.

Y ofreció una oración sin palabras… intensa hasta el punto de contenerle el aire en el pecho… un rezo casi desesperado… pronunciado hacia un destinatario que ni siquiera sabía si existía… pero sostenido por la certeza íntima de que necesitaba hacerlo de todos modos.

Los Dioses del Cielo no existen …

Se lo confesó Cilias una noche de hacía muchísimo tiempo, y aquella frase jamás lo abandonó, clavándosele en algún rincón profundo de su interior, con la persistencia de una astilla imposible de extraer…

igual que una de esas heridas que nunca terminan de doler del todo… pero que tampoco dejan de sentirse.

Y aun así, él había elegido creerle.

Porque confiaba en la palabra de su mujer como en la tierra firme bajo sus pies… y además su mujer no lograba disimular cuando mentía.