Escarabajo #4
Duele aquí… pero también es algo hermoso, cariño… saber que no están solos.
El pájaro murió al Halo siguiente.
Dejando a su madre apenas tocando la comida durante las dos jornadas siguientes, igual que si una parte de ella hubiera sido arrastrada junto con aquella pequeña vida que se apagaba.
Y Cilias nunca logró comprender qué podía haber de hermoso en cargar un dolor ajeno tan hondo… un dolor que no le pertenecía… y que sin embargo, encontraba la manera de instalarse dentro de uno con la obstinación de lo propio.
Abrió los ojos.
—Por eso supo que venían por ellos —dijo, y una gravedad espesa se asentaba detrás de cada palabra—. Sintió morir animales en el bosque, cuando los Felirianos que acompañaban a los Custodios los mataban por diversión. El miedo de esas criaturas le llegaba atravesando la distancia.
—¿Y Albius… —su marido dejó la pregunta suspendida, incapaz de empujarla hasta el final— ¿Sentirá eso?
—No lo sé —Cilias se abrazó a sí misma—.
El Habla se manifiesta distinto en cada uno.
Algunos incluso atraviesan toda la vida sin despertarlo jamás.
Pero otros… —hizo una pausa breve, y los ojos se le perdieron un instante en algún recuerdo que prefería no nombrar— otros hasta pueden pedirles cosas a los animales.
Tragó saliva antes de continuar.
—Y ellos obedecen.
Un silencio expectante cayó entre ambos.
Entonces Bledon sintió que todos los fragmentos encajaban de golpe, dentro de una forma terrible que hasta ese instante se había negado a contemplar de frente.
—Por eso les temen —señaló Bledon, al fin—. No es porque sea extraño… es porque es poder.
—Sí —asintió Cilias despacio, con esa mirada de quien cargó una verdad demasiado tiempo en silencio—. Y el poder asusta a quienes no lo tienen.
Solo el crepitar de la madera al rojo vivo ocupó el espacio durante unos respiros, y Cilias eligió no arrancarle a su marido la poca esperanza que él aún conservaba:
—Pero tal vez nuestro pequeño no despierte el Habla —concluyó, midiendo cada palabra.
Pero ella no podía aferrarse a lo mismo.
No desde que aquella inquietud había empezado a morderle por dentro… desde ese momento en que arropó a Albius, apenas lo acostó… y el niño, con los párpados pesados de sueño, le murmuró:
—Amá… ¿algunos animales sienten mucho miedo como nosotros? Porque hoy… todo el tiempo tuve un miedo acá… —se tocó el pecho con torpeza— como si algo malo viniera. Y tenía razón, amá… porque después se llevaron a Pauro.
Cilias se quedó atrapada en un frío inmóvil, con la mano suspendida sobre la manta.
—Y creo que los perros también lo sintieron —añadió él, con aquella simpleza infantil que desarma—. Porque a la mañana los vi correr todos juntos hacia el bosque.
Luego Albius bostezó profundamente, y Cilias se mordió el interior de la mejilla, antes de inclinarse para besarle la frente con una ternura cuidadosa.
—Son solo coincidencias —respondió buscando desbaratarle sus dudas, y aprovechando que su hijo ya se deslizaba en la calma del sueño.
Pero en lo más profundo, las dudas la quemaban…
Porque… ¿y si no lo eran?
Y sin más, la idea se le abrió paso como una grieta en una pared resquebrajada…
pues si bien su hijo no sospechaba lo que el destino le reservaba, su madre comenzaba a presentirlo con una certeza amarga…
imposible de ignorar… ¡su hijo transitaba el despertar del Habla!
… ella aún no sabía bajo qué forma se manifestaría, ni cuán hondo corría por su sangre…
pero ya no lograba encontrar refugio en la duda.
Por eso Cilias, hizo lo único que sabía hacer con aquello que no lograba sostener…
Lo enterró.
Muy hondo.
Y lo selló en su mente, igual que se sellan las cosas que todavía no deben ser pronunciadas.
El Habla…
Infame palabra que le quemaba la lengua cada vez que la pensaba siquiera, porque sabía con una lucidez que dolía, que más que un don… era una maldición cuidadosamente disfrazada.
Es por esto que sintió que confirmárselo a Bledon ahora, sería quebrar la frágil ilusión que aún le brillaba en los ojos… sería ver cómo esa luz se consumía bajo la misma oscuridad que ya había echado raíces dentro de ella, y no podía hacerle eso… no todavía.
Entonces… se mordió el interior de la mejilla cuando su marido no la miraba.
Pero esta vez no lo hizo para proteger a Albius.
Sino para protegerlo a él.
Aunque protegerlo implicara mentirle… así fuera solo con el silencio.
Porque ya no quedaban caminos suaves.
Solo decisiones que cortaban.
Y Cilias lo comprendió con una claridad brutal, la misma que había comenzado a formarse en el instante en que vio desaparecer al viejo Pauro… y que ahora exigía ser pronunciada en voz alta… casi a los gritos.
Clavó los ojos en Bledon.
Y en ese gesto, algo en su rostro se endureció:
—Le escribiré a Marnus —dijo aferrándose a la mesa de madera oscura, siempre volviendo a esa firmeza que parecía nunca ceder bajo sus dedos—. Quiero que mi hermano saque a Albius de este pueblo de traidores. Tiene que sacarlo de aquí. ¡Antes de que sea tarde! No podemos…
—¡Cilias! —la interrumpió Bledon, sobresaltado—. ¡A Marnus lo tapan sus obligaciones! ¡La ceremonia del Príncipe! Además, Albius… —cerró los ojos con fuerza, pues incluso pensar en ello le resultaba insoportable— Albius es solo un niño. No sabrá cómo…
—¡Marnus hará lo imposible por protegerlo! —lo cortó ella, y su voz cayó entre ambos sin dejar espacio para réplica—. Cuando estábamos escondidos. Yo quise gritar. Quise salir corriendo. Quise defender a mis padres.
Bajó los párpados.
Y cuando volvió a hablar, su voz ya no tenía filo… sino pesar:
—Y Marnus me tapó la boca con tanta fuerza… que no pude hacer más que quedarme quieta… y dejar de luchar.
Hizo una pausa.
Muy breve.
Pero bien cargada hasta el borde.
—Me salvó.
Entonces alzó la mirada, y en sus ojos no había gratitud.
—Llenándome de odio.
Las manos de Cilias ascendieron lentamente por sus mejillas, guiadas por una memoria que no necesitaba convocarla, hasta detenerse justo allí donde Marnus había hundido sus dedos…
siendo apenas un niño tan asustado como ella…
y aunque ya no quedaba marca alguna en la piel, ella todavía podía sentir el calor de aquellas manos temblorosas contra su rostro, aplastándole los gritos antes de que nacieran.
Y las había sentido así…
Noche tras noche.
Durante Ciclos completos.
Bledon bajó los ojos hacia la mesa… con esa expresión de quien acaba de descubrir una habitación que no sabía que existía, en la casa que creía conocer de memoria.
—Nunca me habías contado esto sobre tu hermano.
—Porque nunca pude perdonarlo — Cilias entrelazó las manos con una tensión contenida—.
Pero en el fondo sé que él hizo lo correcto.
Por eso lo odié durante tanto tiempo —Bajó la mirada por un parpadeo—.
Y ahora… —tragó con dificultad— ahora debo pedirle que vuelva a hacerlo con Albius…
que lo salve… aunque sé lo que eso puede significar.
Se puso de pie de golpe antes de continuar, y el movimiento brusco arrancó un chirrido áspero de la silla al rozar el suelo, sobresaltando a su marido.
—Pero es un niño. Solo un niño. Solo… un niño —repitió Cilias, con la esperanza de que el mundo la desmintiera—.
Y nada de lo que ha aprendido lo ha preparado para esto…
para esta crueldad… ¡Para estas bestias que vuelven a cazarnos!
—la voz se le quebró, y el llanto terminó de disolver las palabras en sollozos entrecortados.
Bledon extendió una mano hacia ella, pero sus dedos se detuvieron a mitad del trayecto… suspendidos en un aire que ya no se sentía cálido… porque ni siquiera él poseía algo para ofrecerle que no sonara vacío.
—¿Por qué…? —murmuró Cilias con la voz rota, sin apartar los ojos del fuego—. ¿Por qué ocurre otra vez?
Pero las llamas danzaban indiferentes frente a ella…
consumiendo la leña con su crepitar inmutable y sin intención alguna de entregar respuestas…
entonces vencida, se dejó caer en la silla, ya sin fuerzas para sostenerse, y buscó a su marido con la mirada…
igual que quien busca un faro cuando todo su alrededor se ha vuelto agua.
Sin embargo, Bledon también se encontraba navegando a oscuras, y sin decir nada, tomó torpemente la jarra y derramó unas gotas al llenar la copa de su mujer, y otras más al acercársela para que bebiera…
después se pasó lentamente una mano por el rostro, quizá esperando borrar con este gesto una parte del peso que llevaba encima.
O al menos… ganar un instante antes de que Cilias le leyera la cara.
—Todo saldrá bien. Albius estará bien —dijo él, tomándole la mano a su mujer con una ternura firme, obligándose a sacar aquellas palabras que se resistían a abandonar su garganta…
porque si él dejaba de creerlas, Cilias se hundiría sin remedio—.
Ha aprendido más de lo que crees, no solo en el colegio.
El Maestro Elonio… —Bledon hizo una pausa, buscando dentro de sí una serenidad que apenas lograba sostener— Amor, ya sabes lo inteligente que es Albius —Los ojos se humedecieron, y parpadeó deprisa para contener aquello que amenazaba con desbordarse—.
Y será solo por un corto tiempo. Hasta que todo esto se calme.
«Y será solo por un corto tiempo»…
La frase quedó suspendida en el aire.
Y en los oídos de Cilias, en lugar de consuelo, abrió otra grieta.
Una más profunda.
Una más oscura…
—Es que no sabe lo que hay allá afuera —susurró, y al decirlo, algo dentro de ella terminó de ceder, y se aferró a Bledon con una desesperación desnuda—.
Ayer me pidió las sobras para el desayuno —la voz se le quebró alrededor de aquel recuerdo tan pequeño, demasiado cotidiano—. ¿Pero y si nunca vuelve a pedírmelas?
El llanto la tomó por completo.
Sin reservas.
Sin defensa alguna.