Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Escarabajo #3
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Escarabajo #3

Arrastrándola sin piedad, hacia aquellos recuerdos trágicos que le comprimían el pecho hasta robarle el aire… y le hacían flaquear las rodillas.

De pronto, el cazador vio las manos de su mujer tiritar contra su pecho, sobre la tela celeste del vestido, y tuvo que tragarse la impotencia…

porque comprendió que Cilias ya no estaba del todo allí…

y supo también que ella había tenido que morderse los labios frente a Albius…

para que el chico no percibiera la tormenta que rugía dentro de su madre…

ese pánico obstinado que nunca terminaba de marcharse del todo, y que durante este Halo, la había obligado a mirar el mundo desde el otro lado de un vidrio invisible…

pero esta vez con su hijo a su lado… en lugar de su hermano.

Ella nunca dejó de sentir la crueldad en los gritos desesperados de sus padres, desde el instante en que fueron arrancados de su hogar y arrastrados hacia aquel carromato, cuyo nombre todavía se le quedaba atascado en el cuello…

unos alaridos quebrados que rogaban la misma piedad que Pauro…

y que al igual que al alma del viejo… jamás les fue concedida.

Había Halos, en los que Cilias juraba sentir aún en la piel el calor del abrazo de su hermano mellizo Marnus, apretándola contra sí y prometiéndole sin palabras que todo estaría bien…

mientras ambos espiaban por la rendija de aquel escondite precario…

detrás de una falsa pared… sumidos en una oscuridad húmeda que olía a madera podrida…

y donde los insectos le recorrían los brazos, y también el cuello…

arrastrando sus persistentes patas finas sobre la piel, como si aquellas pequeñas criaturas hubieran percibido algo de aquella desgracia, a su manera mínima e incomprensible…

y no les quedara más que ofrecerles ese contacto lleno de una mudez fría, que no lograba aliviar nada… pero aun así lo intentaban.

No eran más que dos niños temblando en la negrura, viendo cómo el mundo les arrancaba a sus padres con una violencia incomprensible… sin entender siquiera por qué aquello estaba ocurriendo ante sus ojos.

Y así nació una pesadilla que nunca la abandonó…

Una herida abierta que volvía a sangrar con cada Carromato del Juicio que cruzaba su camino, con cada grito lejano que rompía el aire en mitad de la noche, y con una punzada todavía más honda… más íntima… cada vez que alguien pronunciaba la palabra «Custodios», y algo se le abría por dentro.

¡Recién tenían siete Ciclos!

¡Siete!

Bledon la abrazó con fuerza y sintió las lágrimas de Cilias empaparle la espalda, y no pudo hacer nada más que sostenerla… mientras el pasado regresaba una vez más sobre ella, clavándole las garras donde nunca había dejado de dolerle.

Pero en medio de ese abrazo, y cuando parecía que el dolor no podía hacérsele más profundo…

ella sintió el recuerdo de otro miedo, abrirse paso igual que una hoja filosa de metal deslizándose entre las entrañas…

y se separó de golpe, empujándolo sin querer, y el aire pareció quebrarse con la urgencia de su voz:

—¡Había un Oso Sable con ellos! ¡Entiendes lo que digo! ¡Estaba un Feliriano con los Custodios de la Fe!

—¿Un Feliriano? ¡Por los Dioses del Cielo!

El temor se enroscó en Bledon con la frialdad de una serpiente que despierta de pronto en lo profundo del pecho, porque todo comenzaba a encajar con una precisión inquietante…

demasiado cercana a lo vivido aquella distante vez…

y sus ojos se deslizaron casi sin darse cuenta, hacia la puerta cerrada de la habitación de Albius, y por un instante esa madera delgada, esa cerradura sencilla…

le parecieron una defensa absurda frente a un mundo, que si decidía conquistar otra vez, no distinguiría entre almas culpables o inocentes, ni dejaría a salvo a los niños que dormían en la calidez de sus camas.

Y Bledon descubrió en ese instante que existía una diferencia gigantesca entre saber que el peligro existe… y verlo acercarse a la puerta de un hijo… una cruel diferencia que no se aprende con palabras ni advertencias… pero que una vez se aprende… ya no hay manera de desaprenderla.

Los ojos de Cilias ardían como dos brasas negras, encendidas por un odio antiguo que no se había apagado, ni siquiera con todo el tiempo que había pasado.

Y Bledon casi podía sentir el calor abrasador de esa furia, que ahora se expandía en el aire que respiraba.

Aunque ella ya estaba más allá del odio… o al menos más allá de ese odio ciego que consume sin dirección… porque en su lugar había tomado forma algo más frío… más preciso.

Un plan.

—Esta vez no me arrebatarán lo que más amo.

¡No! ¡No lo harán! Tenemos que proteger a Albius.

Sé que los perderé a ambos por culpa del maldito tiempo.

Sé demasiado bien esto… —pensó en ese avance implacable de la vejez, en todo cuanto le había arrebatado a lo largo de su existencia —, ¡pero no tan rápido!

¡No tan rápido! —su voz terminó rindiéndose en un sollozo sofocado, y por dentro maldijo una vez más aquello que la hacía distinta.

—Cilias… —intentó Bledon, buscando sostenerla con la voz.

Pero ella lo interrumpió, sacudiendo la cabeza con una violencia que desordenó sus cabellos negros, que ahora parecían haber perdido parte de ese intenso negro que tenían apenas unos Pulsos atrás… y se lo veía más… ¿claro?

—¡Debemos ocultarlo, aunque nos cueste todo! ¡Tienes que prometerlo! —le rogó a su marido, clavándole los dedos en la tela de la camisa.

—Claro, amor. Lo prometo —respondió Bledon, tomándole las manos con firmeza—. Pero tal vez Albius no tenga…

—¿El Habla? —Cilias lo miró como si acabara de recordar un fantasma—. ¡No podemos arriesgarnos, Bledon! ¡No jugaré con su vida!

—¡Baja la voz, por favor! —susurró Bledon con urgencia, lanzando una mirada nerviosa hacia la habitación de Albius—. Vas a despertarlo.

El silencio cayó entonces con una pesadez tan compacta… que hasta el crepitar del fuego pareció replegarse hacia las profundas piedras del hogar.

Cilias respiraba entrecortadamente, aferrada al borde de la mesa con ambas manos, como si la madera pudiera transmitirle una fortaleza que ya no encontraba en sí misma.

Bledon se levantó de inmediato, implorando en silencio que Albius no hubiera escuchado nada, y se acercó despacio a la puerta de su habitación pegando el oído a la madera…

para quedarse así, con sus piernas inmóviles…

y con la mano apoyada en el frío picaporte, durante varios respiros…

escuchando únicamente la respiración tranquila de su primogénito al otro lado, marcada por un ritmo suave y constante…

casi una melodía ajena a todo cuanto sucedía fuera de ese cuarto, y una calma frágil que le concedió una paz irreal…

aunque también al escucharla, al imaginarlo durmiendo ajeno a todos aquellos temores, no pudo evitar pensar con una inquietud punzante que su hijo seguía siendo apenas un crío…

Entonces apretó los ojos con fuerza.

Porque este pensamiento tan simple y sobre todo devastador… traía consigo una presión que no se cansaba de querer aplastarle todo su coraje.

Mientras tanto, Cilias pasó los dedos por el mantel cuadriculado que ella misma había bordado muchos Ciclos atrás, cuando aún creía que la crueldad había abandonado su mundo…

y luego miró la mesa salpicada de migajas de pan entre todos esos colores, imaginando que al amanecer Albius le pedirá las sobras del guiso de conejo para el desayuno.

Porque su hijo siempre prefería lo salado.

Pero ella tendrá que decirle que no… que por las mañanas debía comer algo dulce.

Y él pondrá esa expresión contrariada, esa tristeza leve que se le dibujaba en el rostro con una facilidad que dolía, y que era tan parecida a la de su padre.

Se llevó la mano a la boca… ahogando ese futuro que acababa de imaginar.

Porque en unos Halos, pensó con un frío repentino que le recorrió la sangre, tal vez su hijo ya no esté allí para pedirle las sobras en cada amanecer.

—Ya debería estar tomando el tónico —marcó Cilias con firmeza, y sus ojos se deslizaron hacia el arcón donde la botella con el jarabe de fresas reposaba en la oscuridad, guardada como un secreto demasiado valioso para quedar a la vista.

Bledon frunció el ceño y tensó la mandíbula.

—Pero Albius tiene nueve Llamas. Se da a los diez —expuso, escogiendo cada palabra—. No debería tomarlo si no sabemos si tiene…

—¡El maldito Habla! Lo sé, y no me importa —lo interrumpió ella, y sus manos comenzaron a temblar sin disimulo—. Debí dárselo antes —señaló con culpa pesándole en la voz.

—Pero puede que no despierte nada —insistió su marido, y su tono se volvió más cauteloso—. Tenemos que confiar en eso, por favor —pidió con una súplica más fuerte que la convicción.

—Sí… tal vez Albius no despierte el Habla —admitió Cilias, aferrándose a un resquicio ínfimo de esperanza—. Pero si se le despierta… —apretó fuerte los ojos— puede que no sea solo hablar con los animales.

Bledon volvió a su asiento y tragó saliva dos veces, intentando deshacer el nudo que le cerraba la garganta… pero la sequedad persistía, y a pesar de que las palabras se resistían a salir de esa aspereza… consiguió hablar:

—¿A qué te refieres? —preguntó, con el ceño tan fruncido que casi le dolía sostenerlo.

—Mi madre… —su esposa buscó aire antes de poder continuar—. Mi madre era distinta. Ella sentía cuando un animal moría, aunque estuviera lejos.

Cerró los ojos.

Y el recuerdo regresó con una claridad que dolía.

Viendo a su madre arrodillada en el jardín, con las manos temblorosas sosteniendo apenas a un gorrión moribundo entre los dedos…

como si temiera romperlo con el más leve movimiento…

Cilias tenía apenas cinco Ciclos, y no entendía por qué su madre lloraba por un pájaro…

entonces hizo lo único que saben hacer los niños cuando algo los supera…

se acercó con pasos cautelosos y preguntó…

¿Duele, madre?

Y su madre, sin mirarla del todo, respondió llevándose la mano al pecho: