Escarabajo #2
El padre del chico se quedó quieto con esa imagen un instante más de lo que hubiera querido…
y luego de permitirse una exhalación larga…
haciendo equilibrio, se sacó las botas encharcadas, que cayeron al suelo con un golpe húmedo que liberó un olor áspero a cuero empapado…
y como pudo se secó los pies pálidos con un trapo que Cilias le dejó junto a la puerta, previendo su regreso…
y se calzó unas gruesas medias de lana que también ella le acomodó sobre la mesa, que todavía se sentían tibias por la cercanía del fuego…
y por último, se puso unos gastados zapatos de cuero que lo aguardaban secos y reconfortantes… a un lado de su silla.
Al terminar, se derribó junto a la mesa con un cansancio que ya no intentó ocultar, y luego de un largo suspiro…
se sirvió una copa de agua tibia de la jarra de madera que Cilias, por supuesto, ya le preparó allí…
y la bebió de un solo trago, para aliviar la aspereza que el crudo esfuerzo le sembró en la garganta…
y volvió a llenarla con manos aún algo torpes, mientras Cilias lo observaba en silencio, al mismo tiempo que removía el guiso de conejo con movimientos lentos y circulares dentro de la olla.
Su marido estaba vivo.
Había llegado exhausto, tan cerca del desmayo que por momentos parecía sostenerse únicamente por terquedad, aunque su orgullo insistiera en disimularlo…
pero al menos estaba a salvo, y ahora lo tenía allí…
sentado en su silla predilecta y respirando frente a ella, con los hombros todavía tensos bajo el peso de lo ocurrido.
Solo entonces Cilias sintió aflojar algo que le oprimía el pecho desde hacía Pulsos, una presión persistente que no la soltó durante toda la ausencia de Bledon…
y se acercó despacio con un plato hondo y humeante, lleno hasta el borde de ese espeso guiso de conejo, en el que una cuchara de hierro descansaba medio hundida entre la salsa oscura y los trozos de carne.
—Toma, come esto caliente —dijo, dejando el plato y un trozo de pan sobre la mesa, y al pasar le apoyó una mano en el hombro.
Bledon levantó la vista y la miró con los ojos ligeramente vidriosos, sin decir palabra… y ella le apretó el hombro con suavidad antes de retirar la mano, como si ese gesto sencillo pudiera expresar todo lo que no hacía falta pronunciar…
Descansa.
Estoy aquí.
Su vestido celeste ya estaba manchado de salsa después de tanto tiempo junto al fuego… también de una suciedad oscura que parecía carbón… y una de las mangas seguía húmeda por el abrazo reciente de Bledon… la verdad era que sus prendas, rara vez permanecían limpias por demasiado tiempo.
Afuera la lluvia seguía cayendo con sus últimas fuerzas, sobre el techo de tejas y los caminos embarrados del pueblo, pero dentro de la cabaña solo se oía el crepitar paciente del fuego en el hogar, y el suave tintineo metálico del Pulsolario marcando persistente e indiferente… el tiempo de Albynia.
Cilias se sentó en la silla de al lado después de acomodar mejor el almohadón gastado, y observó a su esposo hundir la cuchara de hierro en la espesa salsa, para sorber el primer trago humeante a la boca.
Estaba caliente, casi abrasador, pero al cazador no pareció importarle… y tras varias cucharadas tragadas despacio, poco a poco el color comenzó a regresar a su rostro castigado por el frío y ese último chaparrón perdido, que pareció insultarlo en su regreso.
Ella también empezó a recuperarlo… y respiró hondo, al saberse con los dos a salvo dentro de esa cabaña.
Había sido una tarde muy difícil para todos.
—¿Cómo está Albius? —preguntó Bledon, mientras seguía comiendo con hambre, alternando cucharadas del guiso de conejo, con trozos de pan que hundía en la salsa espesa hasta empaparlos por completo.
Cilias dudó.
Dudó si contarle la conversación que tuvo con su hijo.
En realidad… ¡ni siquiera quería recordarla!
Porque aún la perturbaba escuchar la voz ligera de Albius, contándole con aquella naturalidad imposible… ¡que el viejo Pauro hablaba con los animales!
¿Acaso su hijo no comprendía el peligro de repetir algo así?
Si alguien llegaba a enterarse de que decía esas cosas, si alguna lengua indiscreta decidía repetirlas en el lugar equivocado, podrían acusarlo de algo mucho peor que una simple fantasía infantil…
Podrían llamarlo directamente… herejía.
Y mientras aún debatía en silencio si debía contarlo o guardarlo para sí, comenzó a acomodarse el vestido celeste que llevaba puesto…
el que había elegido después de cambiarse…
pues el amarillo de la tragedia descansaba ahora en el baño, sumergido dentro de un balde rebosante de agua y abundante jabón, tal como Albius lo había predicho con aquella seguridad.
Bledon continuaba recuperando fuerzas con el contundente potaje… y entonces ella comenzó a hablarle:
—Albius logró dormirse. Se asustó mucho. Temblaba y lloró por Pauro. Quería saber a dónde lo llevaban.
Al final su mujer, prefirió no mencionar lo otro… y se mordió el labio apenas él volvió los ojos al guiso de conejo.
No era el momento de hacerlo.
No cuando Bledon apenas empezaba a recomponerse, y el cansancio aún se le adivinaba en la forma vacilante con que sostenía la cuchara.
¡Y le dolía profundamente ocultárselo!
Porque sentía algo oscuro abriéndosele paso entre sus costillas, mientras mantenía aquella parte de la historia encerrada detrás de los dientes.
Pero tampoco quería cargar a su marido con un peso mayor, cuando apenas conseguía mantenerse entero.
—¿Qué le has dicho? —preguntó él, intrigado.
—Le dije que no sabía. ¡Mentí! —confesó—. Odio hacerlo. Es un acto sombrío. ¡Mentir es propio de los Demonios!
Cilias cerró los ojos con fuerza, como si el apretar los párpados, pudiera arrancarle esa mancha que sentía adherida a la conciencia.
—Tranquila —Bledon le tomó la mano comenzando a acariciarla con los dedos, con esa paciencia callada que siempre encontraba para ella, incluso en los Halos más difíciles, y le habló con ternura—.
Tú nunca serás un Demonio. Llevas demasiado amor por dentro para convertirte en algo así —la miró con cariño— Albius tiene tanto de ti —añadió convencido—.
Siempre se preocupa por todos. Seguro pensó en Ictus.
El marido de Cilias guardó silencio después de su reflexión, y la amargura comenzó a marcarle surcos profundos en el rostro… mientras el apetito se le desvanecía poco a poco, hasta que terminó empujando el plato de guiso de conejo para alejarlo de sí.
La loza raspó la madera con un chirrido seco que quebró la quietud de la habitación… y luego cruzó los brazos, con sus manos quedando inmóviles sobre los antebrazos, encerradas en una quietud que parecía más una jaula invisible… que una postura de descanso.
No puedo pensar si no hago algo , solía decir siempre, y a Cilias esta costumbre le resultaba tranquilizadora… tan constante y familiar, como el latido de un corazón sano que nunca conoce el tropiezo.
Pero cuando Bledon dejaba de mover las manos…
Eso significaba que su marido sentía que algo andaba muy mal.
—¿Cómo está Ictus? ¿Y Maenia? ¡Qué terrible para ella! —se apresuró a preguntar Cilias, con el pecho encogido al pensar en su amiga de la infancia, con quien había compartido juegos y oscuros juramentos, mucho antes de que el mundo comenzara a endurecerse con crueldad alrededor de todos ellos.
—Lloraba sin consuelo —dijo Bledon, y bajó la cabeza… negándose a abrir la puerta a los detalles.
Pero Cilias conocía esa mirada, aquella manera de apartar los ojos y dejar que el silencio hablara por él, y comprendió que su marido había visto cosas peores de lo que estaba dispuesto a admitir…
entonces imaginó a su amiga Maenia con los brazos apretados alrededor de Ictus, vaciándose de aire entre sollozos…
y con la garganta en carne viva, de tanto llamar a un padre que ya no podía responderle.
—Siento mucha pena por ella. Su hijo mayor se fue con las Legiones, ¡con esa locura de explorar la Tierra Muerta!, y ahora le pasa esto con su padre ¡Pobre alma la suya! ¡Pobre… —a Cilias se le quebraron las palabras, y el llanto ocupó su lugar—.
Bledon se levantó despacio, moviendo la silla con un cuidado casi ritual para no perturbar el sueño de su hijo, y la envolvió con sus brazos.
Pero el abrazo no logró calmarla.
O tal vez sí.
No lo sabía reconocer realmente, porque a la madre de Albius le costaba distinguir qué sentía, y enseguida algo le atravesó el pecho con un dolor agudo, clavándose entre las costillas, y las palabras brotaron ya sin contención:
—¿Cómo lo supieron los Custodios de la Fe? —apenas lograba articular las palabras, mientras el recuerdo se imponía con una fuerza que no pedía permiso—. Así empezó aquella vez. Capturando a Nurus… y luego a los nuestros… ¡Igual que ahora!
Las lágrimas le ardían en las mejillas y caían persistentes.
—Escucha —dijo Bledon, aferrándose a la firmeza de su propia voz como si también él necesitara sostenerse en ella—. Sabes muy bien que eso no puede volver a repetirse. ¡El príncipe no lo permitiría!
El cazador lo dijo con convicción… porque no podía permitir que su mujer se quebrase… y mucho menos romperse al mismo tiempo que ella.
Pero Cilias sabía que la lógica de su marido no bastaba para sostener nada… no frente a lo que acecha… y el terror le mordía las entrañas con unos dientes afilados que no daban tregua.
—¡Pero aún no es el Rey! ¡Y además cómo poder confiar en ese linaje!
—apretó los puños hasta tensarse la piel—.
Fue el tatarabuelo de Vitelius y la Casa Felirius quienes desataron la primera Purga de la Fe —la voz se le quebró apenas, pero se obligó a terminar la frase—. ¡En la que asesinaron a mis padres!
Bledon no supo qué decir… y reconoció en el acto esa mirada perdida en Cilias, esa en la que sus ojos dejaban de posarse en lo inmediato y eran arrastrados hacia otro lugar, hacia otro tiempo que no obedecía al presente… sino al pasado.