Escarabajo
Custodios de la Fe
Pueblo de Gevas
La madre de Albius escuchó el triple golpe en la puerta…
dos suaves y uno fuerte, a modo de clave, y reconoció aquella señal que solo unos pocos sabían usar, sintiendo que el propio pulso le devolvía el golpe…
mientras rogaba en silencio que el llamado no hubiera despertado a Albius, quien se removía entre sueños en su habitación.
Habían pasado unos turbios cuatro Pulsos desde que el Carromato del Juicio desapareció tras las callejuelas, y aun así las súplicas roncas del viejo Pauro seguían resonando en los oídos de Cilias, como si el tiempo mismo mantuviera ese horror suspendido en un presente interminable…
al final de un atardecer que se encontraba transformándose en noche.
Aunque ahora, con la oscuridad cayendo sobre los tejados y las callejuelas encharcadas, la lluvia empezaba a rendirse poco a poco, y las gotas golpeaban las tejas con intervalos cada vez más largos, más cansados…
como si hasta el cielo estuviera exhausto de todo lo acontecido…
y pronto no sería más que una llovizna tenue, y para el amanecer, no quedarían más que nubes arrastrándose secas sobre los campos.
Entonces Cilias se acercó a abrir, y apenas su mano tocó el pestillo gastado, su mirada se deslizó por instinto sobre ese refugio que tanto amaba, permitiendo que la retuviera un instante más…
La cabaña de madera no era grande.
Nunca lo fue.
Pero Cilias conocía igual que se conoce el propio cuerpo…
cada tabla que crujía bajo cierto paso y callaba bajo otro, cada desnivel que sus pies encontraban incluso en la oscuridad absoluta, cada rincón donde la luz de la tarde se detenía un poco más antes de rendirse a la penumbra, cada sombra que el fuego del hogar proyectaba sobre las paredes, dibujando figuras distintas según la hora…
y todo esto era tan suyo, tan profundamente de ella y de los suyos, que en ese momento, con la mano todavía detenida en el pestillo, sintió la urgencia repentina de recorrer la cabaña otra vez con los ojos…
de fijarlo en la memoria con la misma obstinación con que uno intenta retener el rostro de alguien amado, cuando presiente, sin llegar todavía a comprender del todo… que está a punto de perderlo.
Como si algo dentro le susurrara que debía guardarlo todo.
Por si acaso…
La cabaña tenía apenas un comedor pequeño, donde siempre flotaba el olor persistente de las especias mezcladas, del pan recién horneado que ya no estaba sobre la mesa, y también de aquella memoria invisible de mil cenas compartidas…
de risas cansadas al final de los días largos, y de conversaciones que se apagaban lentamente, mientras el fuego se convertía en brasas.
Había también un baño estrecho, donde reposaba una bañera de hierro manchada por los Ciclos, que aún sabía relajar el alma, cuando el vapor trepaba por las paredes entibiando el ambiente…
y al final quedaban las dos habitaciones pequeñas, con puertas que crujían al abrirse a modo de saludo…
y que arropaban con esa ternura acogedora, que solo poseen los espacios donde uno ha dormido seguro durante tanto tiempo…
hasta que el recuerdo mismo del miedo termina por borrarse.
No era mucho.
Pero era suyo.
Y la sentía profundamente cálida, no solo por el calor paciente que el fuego dejaba cuando llevaba Pulsos respirando en el hogar…
sino por esas presencias invisibles que nadie sabe nombrar del todo…
aunque cualquiera las reconoce, en cuanto cruza un umbral así, y se encuentra con esas huellas silenciosas que convierten cuatro paredes y un techo…
En un hogar.
Por supuesto que a un lado de la puerta, estaba aquella ventana, que separó a madre e hijo del infierno desatado en aquel exterior, y cuyo vidrio, de una apariencia frágil y por demás de modesta…
había resistido con una dignidad casi obstinada…
sosteniéndose firme, en el único momento en que realmente necesitaban que lo fuera…
y todavía podía recordar a Albius aferrado a su cintura mientras la lluvia golpeaba el vidrio, y cómo ambos observaban aquellas sombras moverse al otro lado.
Ni bien se entraba, uno se encontraba de inmediato con el comedor, donde una mesa de bordes redondeados ocupaba el centro de la habitación…
esa misma que tenía una hendidura torcida en una de las patas de madera oscura, una cicatriz que Albius abrió de niño intentando tallar su nombre, aunque jamás consiguió parecerse siquiera a una letra…
y rodeada por cuatro sillas de madera, una llevando tantos Ciclos cojeando que ya nadie habría sabido imaginarla de otra manera…
con almohadones gastados, que conservaban la forma de quienes se habían sentado sobre ellos durante Ciclos enteros…
y cerca de allí, el hogar crepitaba bajo una olla de hierro en la que hervía un espeso guiso de conejo, que dejaba escapar un vapor con aroma a laurel y verduras, mientras el suave borboteo de la olla ahogaba el rumor de la lluvia contra el tejado…
a la vez que el fuego lanzaba sombras inquietas que trepaban por las paredes, hasta alcanzar la pequeña repisa colgada en el muro opuesto.
La repisa era lo bastante sólida para sostener un pequeño Pulsolario, cuyos anillos finamente labrados giraban con regularidad al ritmo del tiempo de Albynia, acompañando ese movimiento con un suave tintineo metálico que a veces pasaba desapercibido…
y otras parecía aturdir en toda la casa…
y junto a él descansaba un extraño disco plateado del tamaño de un plato, cubierto de grabados y escudos que apenas se distinguían bajo una capa de polvo acumulado…
y también, justo a su lado… reposaba la botella de vidrio celeste que guardaba el tónico con el que Cilias cuidaba su cabello…
que de tan cotidiana y humilde que era, parecía fuera de lugar entre aquellos otros objetos, que sin pronunciar palabra alguna, insinuaban historias mucho más profundas…
aunque no siempre el objeto más humilde… resulta ser el menos significativo.
Por último, como en cada cabaña de Nordaar, como en cada mansión del Reino, también allí había una estatua dedicada a alguno de los dioses…
y la figura tallada en una madera noble representaba a Alaeno, el Dios del Destino, pintado con ese blanco ritual tan característico que los Ciclos habían ido descolorando con paciencia, y que ahora recibía la luz vacilante de una lámpara de aceite dispuesta a un costado…
mientras sus sombras se entrelazaban con las del hogar…
en un baile irregular que ninguno de los dos parecía dirigir.
Debajo de la repisa, sobre un suelo más pulcro que limpio, reposaba un viejo arcón de madera oscura con herrajes de hierro ennegrecidos por el tiempo, y el cofre exhalaba un aroma persistente a cedro… pero no a pino.
Bledon había tardado más de lo esperado.
Es que después de ayudar a Maenia a llevar a Centrios hasta el interior de su cabaña, se quedó aguardando lleno de una inquietud apenas contenida, hasta que el leñador recuperase el sentido… y solo cuando vio sus párpados moverse y su respiración afianzarse, se permitió dejarlo y regresar.
—¿Cómo está Centrios? —preguntó Cilias a su esposo que entraba tiritando y con el agua chorreando desde los bordes de su capa lilácea… atrapado por un último chaparrón perdido, que lanzó su furia apenas salió de la cabaña de sus vecinos, y se detuvo ni bien entró a la suya.
—Se pondrá bien. Quien me preocupa es Pauro —respondió, rodeándola con los brazos mientras aún traía el frío de la lluvia adherido a la ropa, y a ella sin importarle en lo más mínimo—. Lo hemos perdido —concluyó y la apretó con delicadeza.
El intenso abrazo se prolongó durante varios respiros profundos, tal vez tres, tal vez siete, quizás llegaron a ocho…
porque ambos necesitaban sentir el latido del otro contra su pecho…
necesitaban recordar que todavía existía la terquedad del amor, en medio de aquella devastación indecente…
en medio de ese presagio de muerte que parecía descender lentamente sobre todos, sin terminar aún de tocar tierra.
Se separaron con un beso suave en los labios, y su marido se quitó la capa empapada, que ahora pesaba casi el doble bajo toda el agua que había absorbido, y la colgó de uno de los ganchos clavados en la pared cerca de la chimenea…
sí… faltó mencionar que había varios ganchos repartidos por las paredes de la cabaña, algunos aguardando una utilidad futura que tal vez nunca llegaría, y otros cargando prendas diversas, capas gastadas por el uso, un cinturón que Bledon ni siquiera recordaba que todavía existía, y hasta un sombrero de copa ancha, que parecía haber encontrado allí su lugar definitivo…
y esa capa lilácea recién colgada, después de un rato frente al calor paciente del hogar, no tardará en secarse poco a poco, dejando escapar un vapor tenue con olor a lluvia derrotada.
—¿Albius? —preguntó él.
—Duerme —respondió ella.
Entonces el olor del guiso de conejo alcanzó los sentidos de Bledon, llegando hasta su nariz cargado de especias cálidas y de ese aroma reconfortante, que solo poseen las ollas que han hervido durante largo rato, y que siempre traen consigo la placentera promesa de una comida reparadora…
de una mesa compartida… de esa mentira piadosa que los hogares se empeñan en repetir cuando todo alrededor parece derrumbarse…
asegurando que todo estará bien, aunque sea solo por un momento.
Era el preferido de Albius…
Y este simple recuerdo le robó una sonrisa inesperada al cazador, cuando evocó la primera vez que su hijo lo vio cocinarlo…
y como aún era demasiado pequeño para pronunciar correctamente la palabra «patatas»…
aquella noche terminó convertida en un coro interminable de carcajadas y amor familiar, con los tres inclinados sobre la mesa repitiendo una y otra vez, entre risas imposibles de contener… pa… ta… tas…