Oso Sable #5
Pero sin dudas era una bolsa llena del precio prometido, y Albius vio claramente cómo el mostacho del alcalde se alzaba junto con una sonrisa enorme, apenas sus rechonchos dedos se cerraron sobre aquella pesada bolsa.
El chico no sabía nada de esto, claro… su madre tampoco…
su padre… bueno, en realidad casi nadie en el pueblo conocía qué ocurría en las sombras…
y Albius y Cilias solo siguieron allí… pegados al vidrio que se empañaba y se limpiaba y volvía a empañarse, en un ciclo sin fin…
mirando una calle que ya no tenía nada nuevo que mostrarles…
pero de la que ninguno de los dos conseguía apartar los ojos.
Pero no era la primera vez que la autoridad de Gevas cerraba un trato de este tipo.
Pues ya había entregado otros antes de Pauro.
Y la primera fue la viuda del pueblo… y nadie la extrañó demasiado, porque era fácil olvidar a quienes ya estaban solos.
El segundo fue el músico ciego, que ya no tocaba desde que perdió los dedos durante un invierno, y que tampoco importó demasiado cuando desapareció.
El tercero que entregó fue el maestro que enseñaba a leer a los niños pobres… y ese nombre le dolió en los huesos al leerlo en la lista.
Y ahora Pauro…
Un puñal ardiente que no dejaba clavársele.
Allí de pie en medio de ese chiquero, que no solo contenía esa hediondez propia del barro…
la lluvia le entraba en los ojos y le corría por el mostacho…
entonces la autoridad del pueblo cerró los párpados por un instante, y en la forma en que apretó la mandíbula mientras el agua le descendía por el rostro, parecía cargar sobre los hombros el peso de varios nombres que aún aguardaban en la lista del Oso Sable.
Por Gevas , se dijo, apretando la bolsa hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Entregar pocas vidas para salvar al resto.
Era matemática simple.
Pero las matemáticas no explicaban por qué ya no podía dormir sin dos botellas de licor de miel… por cada noche… ni por qué su esposa había dejado de esperarlo despierta, cuando regresaba a casa con los pasos pesados y el aliento agrio.
Entonces volvió a abrir los ojos.
Y se forzó una sonrisa de oreja a oreja.
Esa misma que sabía que el de túnica negra esperaba ver.
Esa que venía acompañada de la mueca codiciosa que tan natural le salía.
Que de tan natural que ahora le salía… ya no recordaba si la fingía… o si simplemente, había terminado al fin por convertirse en ella.
Por Gevas , se repetía por dentro una y mil veces, como siempre lo hacía… lo hago por Gevas… y apretó la bolsa una vez más… como si el peso de su contenido, pudiera convencerlo de algo que las palabras ya no conseguían.
De pronto una ráfaga de viento helado abrió con violencia las hojas de la ventana por la que madre e hijo espiaban, con un estruendo que sin exagerar, rebotó contra las montañas…
y el Alcalde de mostacho negro y el hombre de túnica negra, giraron la vista hacia la cabaña como si hubieran sentido un tirón invisible, y todas las miradas se clavaron en la ventana… atravesando el vidrio empañado.
Durante un instante todos los rostros quedaron incómodamente prendidos unos de otros.
Hasta que el Alcalde de mostacho negro los saludó con un simple gesto de la mano que tenía libre… por supuesto, que aquella que no estaba abrazando a la pesada bolsa.
Cilias le devolvió el saludo mecánicamente…
Pero su cabeza ya corría por otros caminos.
Pues… ¿qué había dentro de esa bolsa que el de exagerada barriga, acariciaba con dedos nerviosos?
¿Dacrinos? … pensó, con la sospecha mordiéndole por dentro… y sin duda Selitáres … concluyó enseguida, con la mente puesta en aquellas codiciadas monedas de mayor denominación.
La intriga le punzaba el vientre.
¿O directamente le había entregado Cristales?
Abrió los ojos con inquietud.
¿Pero cuáles?
Y al pensarlo, sintió algo frío carcomerle las entrañas…
¿Los Azabaches?
—Es un cerdo traidor, un asqueroso cerdo. ¡Nos está vendiendo uno por uno! —dijo Cilias por lo bajo—. ¿Pero cómo puede saberlo? —murmuró enseguida, con un temblor que no logró contener.
El viento aún no había terminado de jugar con aquella capa, y esta vez, junto con la fortuna…
les guiñó un ojo a Albius y a su madre, cuando abrió el cuello de la prenda oscura del individuo misterioso…
dejando al descubierto un colgante rojizo con forma de cabeza de oso, con las fauces abiertas y los colmillos enormes detenidos en un gruñido eterno.
Una figura que asombró a Albius…
Pero una imagen que le arrancó un jadeo ahogado a su madre, arrastrándola lejos de la ventana con un movimiento brusco.
Cilias quedó de espaldas contra la pared, mirando el techo de la cabaña.
Allí arriba, las vigas de madera dibujaban sombras largas y torcidas, y sus manos palpitaban sin encontrar reposo.
Y entonces se dejó caer un poco.
Solo un poco.
Despacio.
Como si de pronto pesara mil veces más.
Estaba aturdida…
—¿Qué hace un Oso Sable en Gevas? —exclamó, nerviosa.
Afuera, el Oso Sable recogió el hacha del barro de Bledon y se la entregó a uno de los Salmones.
—Devuélvesela al leñador —dijo con voz tranquila—. La necesitará para trabajar… y para pagar la multa.