Oso Sable #4
El corazón de Albius le golpeaba las costillas hasta aturdirlo, latiendo con esa certeza amarga que siempre llega sin palabras, sabiendo que jamás volvería a ver a ese anciano pescador, al que apreciaba como ese abuelo que nunca tuvo…
y entonces sintió lo mismo que aquella vez en que creyó que su perro solo dormía bajo la mesa, y lo llamó entusiasmado dándole palmadas en el lomo…
y luego volvió a llamarlo… hasta que su madre se agachó en silencio y le puso una mano en el hombro, sin decirle nada, porque no había nada por hacer.
En la calle los Guardias de Lareon abrían el paso empujando a los aldeanos a golpes, mientras la multitud intentaba seguir aquella prisión móvil…
y las piedras comenzaron a volar primero, y luego también las manzanas podridas que cruzaban el aire en arcos torpes, acompañadas de insultos ásperos y voces quebradas, que junto con todo lo que volaba, se estrellaban contra los barrotes de la jaula que se alejaba lentamente, abriendo profundos surcos en el barro blando del camino.
Y cuando esas zanjas doblaron la esquina y desaparecieron de la vista, un «¡Quémenlos!
» llegó tardío desde el fondo de la calle, y quedó colgado en el aire como un eco extraviado en el tiempo…
cuando un rezagado llegó jadeando con el pecho subiendo y bajando hasta casi explotarle, a un camino sin espectáculo alguno que ofrecerle.
Albius se volvió entonces hacia su madre y reparó en las lágrimas que rodaban por sus mejillas, haciéndola parecer más frágil y al mismo tiempo más oscura… como si algo muy antiguo dormido mucho tiempo, hubiera abierto los ojos detrás de los suyos.
Al cabo de un rato, el Carromato del Juicio desapareció tragado por las callejuelas del pueblo, y el grueso de la muchedumbre se marchó tras él como si se tratara de un cortejo carnavalero…
empujándose y gritándose unos a otros, mientras seguían aquella jaula que avanzaba demasiado lejos para sus piernas ya cansadas, y aun así estaban dispuestos a perseguirla hasta donde les alcanzara el aliento.
Ya sin muchedumbre a la cual pertenecer, el rezagado pateó un charco una y otra vez, salpicando barro espeso y agua sucia con rabia, mascullando toda clase de maldiciones entre dientes, y furioso consigo mismo, por haber llegado tarde a una calle que ya estaba casi desierta…
aunque todavía cubierta, por el barro revuelto que la turba había dejado atrás…
justo él… que había echado a correr apenas oyó el primer cuerno…
hasta que las malditas cabras se espantaron por quién sabe qué sombra o qué trueno, obligándolo a perseguirlas una por una por toda la colina, mientras el espectáculo comenzaba sin él…
y finalmente se limpió las manos en el pantalón mojado, escupió al suelo, y se marchó solo…
sin nadie con quien compartir la indignación.
Desde detrás de la ventana, Albius devolvió la mirada a esa calle que comenzaba a recuperar una normalidad engañosa, y dentro de esa calma falsa distinguió a un reducido grupo de personas y Salmones, que aún permanecía sobre aquel barrial justo frente a su cabaña, y cuando se lo señaló a su madre…
notó que ella ya los vigilaba desde hacía rato…
con una atención tensa que no parecía haber abandonado nunca la escena.
Los truenos resonaban monótonos en la distancia, y ambos siguieron pegados al vidrio con la respiración empañándolo, mientras escudriñaban con atención a ese extraño grupo plantado en la mugre…
que permanecía impávido bajo la lluvia que les empapaba la ropa sin pudor, sin buscar siquiera el refugio de algún alero…
y entonces Albius distinguió entre ellos al Alcalde de Gevas, cuando reconoció ese espeso mostacho negro y esa exagerada barriga, que le obligaba a caminar con pasos cortos, y a quien no había visto entre la turba hasta ese momento.
Cilias ya lo fulminaba con la mirada… con esa expresión que Albius le había visto una sola vez antes, y que entonces tampoco entendió del todo.
Aunque la sorpresa vino después, cuando descubrieron que el político conversaba sonriente, gesticulando con los brazos mojados bajo la lluvia, con ese individuo de estatura mediana y túnica negra, que había llegado junto a los Custodios de la Fe…
y cuya sola presencia parecía ocupar más espacio del que su cuerpo requería, pues a su alrededor se desplegaba una autoridad espesa, que obligaba a los demás a guardar distancia.
Y fue entonces cuando el chico vio cómo aquel hombre le entregaba a la autoridad del poblado, una abultada bolsa de cuero del tamaño de un durazno grande, sosteniéndola con unas manos pequeñas y pálidas que parecían más propias de un escriba… que de un verdugo.
Albius no terminaba de descifrar lo ocurrido… solo sabía que algo en esa bolsa pesaba demasiado para ser un regalo… y el Alcalde de mostacho negro la tomó con dedos temblorosos, y apenas la sopesó en la palma, sus ojos resplandecieron con una codicia difícil de ocultar.
¿O resplandecían por una gran actuación?