Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Oso Sable #3
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Oso Sable #3

El chico no alcanzó a oír esas palabras desde el interior de su cabaña… por supuesto.

Pero vio al herrero marcharse de esa violencia con la cabeza gacha, y avanzando con pasos pesados entre el barro…

consumido por una impotencia rabiosa que parecía quemarle la piel, como si estuviera ardiendo dentro de una de sus propias fraguas…

mientras el desánimo, le iba hundiendo los pies cada vez más en el suelo empapado.

—Amá, allá se va Grouto. —dijo Albius, tironeándole del vestido amarillo y señalando al herrero errante, que hasta ese momento había permanecido firme, igual que una viga de hierro clavada en un rincón de la calle… presenciándolo todo sin intervenir.

—Lo sé —respondió Cilias, tan cabizbaja como aquel Nender que se alejaba.

El chico sentía que le faltaba el aire al pensar en el destino del viejo Pauro, porque la ansiedad le estrujaba los pulmones sin que pudiera hacer nada contra eso.

—¿A dónde se llevan a Pauro, amá? —preguntó al fin, con los ojos brillantes de lágrimas contenidas.

—No lo sé, hijo —susurró Cilias, cerrando los ojos mientras mentía… una… vez… más… y se mordió el interior de la mejilla hasta sentir el sabor metálico de la sangre, y los ojos se le fueron solos hacia la ventana… porque no conseguía sostener la mirada de su hijo mientras mentía.

Pero necesitaba protegerlo de la verdad.

Y al menos por ahora… y tal vez por siempre… era mejor que el chico no la conociera.

Los alaridos la golpeaban como puños.

«¡Son Sangre Maldita!»

«¡Quemen al Bestial y a los Sangre Maldita!»

La turba estaba hinchada de rabia y parecía a punto de desbordarse, y si no ardían antorchas para cumplir con ese incendiario deseo… era solo porque el cielo descargaba agua con una obstinación implacable, apagando una y otra vez cada intento de encender fuego entre los cuerpos apretados.

El sonido de las piedras contra el metal del carromato hacía vibrar los barrotes sin pausa, y sacudía la madera del armazón, marcando casi el ritmo de aquella exaltación que se alimentaba de sí misma… y que crecía con cada nuevo resonar del metal.

«¡Quemenlooooo!»

—¿Quieren prender fuego al abuelo de Ictus? ¡Pero no quiero que lo quemen, amá! ¡No quiero! —exclamó Albius, con la voz temblándole en la garganta.

—La gente se asusta de aquello que no entiende, Albius —respondió su madre, con una suavidad tensa que le costaba en cada palabra.

—Amá, es verdad —el chico vaciló, mirándola con la boca apenas entreabierta—.

Es verdad que Pauro puede hablar con los animales —se detuvo un parpadeo, asustado incluso de oír sus propias palabras—.

¿Eso es malo? —preguntó al final, llevándose una mano al pecho, donde la duda le picaba por dentro—. ¿Por eso quieren quemarlo?

Cilias se quedó rígida luego de escuchar esta terrible blasfemia… con los ojos abiertos enormes y mirándolo… a la vez que la invadía un espanto tan súbito… que le cortó la respiración en seco, y retrocedió medio paso sin querer.

—¿De dónde sacaste esa barbaridad? —dijo, exaltada—. ¡No vuelvas a repetirlo!

—Lo siento, amá —respondió su hijo de inmediato—. Me lo dijo Ictus. También me contó que no solo los… —tragó saliva antes de continuar— los Demonios del Cielo lo hacían. Sino que también los Dioses…

«¡Quémenlos!», volvió a estallar afuera, cortando todo lo que tocaba como un latigazo… incluso la lógica de Cilias.

—Pero nadie recuerda eso, Albius —empezó a decir su madre hundida en la distracción de esa calle que seguía rugiendo, y las palabras comenzaron a salirle antes de que pudiera detenerlas, olvidando que quien la escuchaba era su hijo de nueve Ciclos y no Bledon, en una de esas noches largas, cuando esa impotencia que tanto la hirió y esa nostalgia que tanto le dolía, le arrancaban confesiones de la boca—.

Esos que llaman dioses, abandonaron Albynia hace miles de Ciclos, y lo único que quedó fueron supersticiones, y el fanatismo de algunos…

Entonces se oyó a sí misma.

Y se quedó congelada… con un horror espantoso dibujándose en su rostro, al darse cuenta de lo que acababa de pronunciar, y se lanzó hacia su hijo:

—Escucha, Albius —le dijo, aferrándolo de los hombros y acercando su rostro al de él hasta casi tocarlo—.

¡Olvida todo lo que dije! Y no vuelvas a hablar de esto con nadie.

¿Me oyes? —lo sacudió con fuerza, y la cabeza del chico se le bamboleó—.

Ya hablaré con la madre de Ictus para que lo reprenda —continuó, con la voz quebrándose—.

Pero tú… tú jamás debes mencionar lo que acabas de decir sobre Pauro —sus dedos se hundieron un poco más en los hombros del niño—. ¡Con nadie! ¿Entiendes?

—Sí —respondió su hijo de forma automática, aunque sus ojos seguían clavados en la ventana, con la mente todavía atrapada en la figura de Pauro… y Cilias lo notó al instante.

—¿Es que no entiendes la gravedad de esto? —preguntó, sacudiéndolo otra vez.

—¡Sí, amá! ¡Sí! —respondió Albius, con el rostro contraído de dolor, a la vez que se frotaba los hombros adoloridos… entonces apartó la mirada de la ventana, y con ese mismo movimiento, se obligó también a dejar de pensar en el viejo.

—No voy a decir nada, amá. Te lo prometo —repitió, esta vez con una firmeza inesperada, mientras se secaba las lágrimas con el dorso de la mano—. Pero Pauro no es malo —añadió, mirándola directamente a los ojos—. Yo lo sé. Y nunca voy a olvidarlo.

Cilias tragó saliva y antes de que siquiera pudiera procesar lo que sentía… su hijo la abrazó con fuerza, hundiendo el rostro en su pecho… y ella no supo si ese abrazo era para consolarla a ella… o para que alguien lo consolara a él.

Y de pronto… ¡el cuerno!… ¡el cuerno bramó de nuevo!

… y este será el último Halo en que Albius lo llegue a escuchar con esos oídos de niño, aunque el cuerno seguiría sonando en ese lugar…

claro que sí… porque para este pueblo fundado por pescadores, el destino todavía le guardaba demasiadas melodías de cuerno y sangre.

El sol, sol, mi, do, do, que el Custodio de la Fe vomitó a través de su instrumento, cayó como una sentencia… y cada uno lo sintió clavarse de un modo distinto en el alma.

Para Cilias y Albius… fue como una mano cerrándose sobre la garganta.

Bledon… lo sufrió como su propia flecha atravesándole las tripas.

Para Centrios… de haber estado consciente… lo hubiera sentido como un árbol desplomándose sobre su cráneo.

Ictus y Maenia, sintieron garras hundiéndose en sus pechos, arrancándoles la luz del corazón.

Y para el viejo Pauro… ya estaba todo dicho sobre el dolor de este pobre anciano.

Pero para la turba, en cambio… para aquella multitud hambrienta de un castigo que exigía sin realmente comprenderlo… y que ya llevaba un buen rato con los cuerpos tensos y las bocas abiertas… fue igual que el primer acorde de una banda de laúdes anunciando una danza de feria.

Y muchos comenzaron a saltar…

A girar…

A bailar como marionetas poseídas…

A abrazarse entre conocidos… y desconocidos…

Algunos lloraban incluso…

¡Convulsionaban de júbilo!

Parecía que la nota final del cuerno, los hubiera liberado de algo que cargaban desde hace mucho.

Entonces desde la calle se oyeron los gruñidos finales de los Custodios de la Fe, y Albius…

aún pegado a la ventana… vio cómo el pesado carromato comenzaba por fin a desprenderse con lentitud del fango, tras unos latigazos que hicieron mugir a los Bueyes de Fuego, y la carreta arrancó con ese crujido de ruedas que hacía rechinar los dientes.

Y así… con los pelos del cuello erizados… madre e hijo observaron detrás del vidrio cómo se llevaban al viejo, hacia un destino cuyo nombre el chico no descubriría hasta unos Halos después.

Empujado por esa fascinación irreprimible…

Albius pensó instintivamente, en sacar su cuaderno de la alforja para dibujar a los Bueyes de Fuego, antes de que las vueltas de la calle, le borraran la imagen de esos animales formidables alejándose resoplando entre las sombras del pueblo…

pero cuando dejó de mirar aquellas patas enormes, alcanzó a ver por última vez los barrotes del carromato, y detrás de ellos… la silueta encogida de Pauro.

Y sus manos comenzaron a temblarle demasiado, porque esos fascinantes animales ya no eran simples criaturas… sino una parte más de la jaula que se llevaba al abuelo de Ictus.

En la calle, a unos pasos de aquellos barrotes en movimiento…

el Custodio más joven, cargando la vergüenza y la bronca que se le habían ido acumulando durante toda la ceremonia, descargó su furia contra el pueblo pateando una de las tantas rocas que yacían medio hundidas en el barro…

y la piedra salió silbando por el aire salpicando lodo oscuro en su vuelo, y pasó a nada de estrellarse contra uno de los Guardias Salmones que aún formaban la muralla de escudos…

y nadie sabrá jamás qué habría ocurrido de acertar…

ni qué poder habría prevalecido entonces.

Si el de las armas…

O el de la fe.

Pero por suerte la piedra esquivó toda piel… y fue a perderse lejos entre los charcos de la calle.

Y el Oso Sable observó la trayectoria de la piedra sin moverse, con la quietud resignada de quien ha presenciado lo mismo demasiadas veces…

y luego se acercó al Custodio más joven con pasos casi amables, y le habló en voz baja, aunque lo bastante clara para que los otros Custodios de la Fe también pudieran oírlo:

—La próxima vez que dudes al cerrar un candado, yo mismo te enseñaré cómo se siente estar ahí dentro —Sonrió, y la cicatriz en su rostro pareció abrirse un poco más—. ¿Entendido?

El Custodio más joven asintió con la cabeza gacha, y el Oso Sable le dio una palmada en el hombro.

Casi paternal…

Casi.

Y así el Custodio más joven siguió su marcha, comenzando a dejar atrás a ese asqueroso pueblo de montaña, donde la ignorancia aullaba más fuerte que cualquier lealtad.

Las manos aún le temblaban.

Esas mismas que habían dudado al cerrar el candado.

Pero no le temblarán para siempre… y tal vez allí comience el verdadero problema.