Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Oso Sable #2
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Oso Sable #2

Y al mismo tiempo comenzaron a volar piedras hacia el carromato, estrellándose contra los barrotes con golpes metálicos que hacían vibrar la jaula entera…

y algunas alcanzaban a los prisioneros indefensos, que se apretaban unos contra otros, buscando desaparecer si acaso esto era posible…

pero la mayoría encontraba de lleno el cuerpo malogrado del anciano, que recibía cada impacto sin cubrirse ni gritar, porque ya no le quedaban manos libres para hacerlo, aprisionado como estaba contra los otros…

ni tampoco parecía quedarle esperanza suficiente, para regalarle al dolor un simple alarido…

y así las rocas seguían cumpliendo su propósito con una crueldad tan desnuda…

que ya había dejado de fingir ser otra cosa.

Los Guardias Salmones se pusieron frenéticos ante tamaño alboroto, y Albius notó cómo levantaban las lanzas por encima de la multitud, aferrándolas con manos tensas, preparados para imponer orden…

e incluso para hundir el acero, si el desbande amenazaba la frágil tranquilidad de ese pueblo de pescadores…

y sobre todo, la vital misión que se estaba llevando a cabo frente a todos.

La ley los obligaba a garantizar que el acto llegara hasta el final, y si fallaban no solo los esperaba la deshonra…

también existía un castigo del que Albius no conocía…

pues solo se hablaba de este entre adultos, siempre procurando que los niños no escucharan, y quizá por eso mismo terminaba pareciendo algo todavía más terrible…

y era… bueno… digamos que una decapitación rápida y limpia, ejecutada con ese filo meticuloso que suele distinguir a las buenas legiones…

y en cuanto al desgraciado que terminaba bajo el filo…

en fin… al menos tendría la ventaja de librarse del papeleo adicional, que la burocracia acostumbraba a exigir en estos casos…

con sus sellos y sus firmas repetidas, para dejar asentado por qué una cabeza había terminado donde terminó.

Pero por ahora la fortuna seguía acompañándolos y ninguna espada había salido todavía de la vaina… y todas las cabezas permanecían donde debían estar, firmemente asentadas sobre sus cuellos.

Porque lo que avanzaba con una solemnidad que aplastaba el aire, era ni más ni menos que una Ceremonia Sagrada de Purificación, y solo los Custodios de la Fe… investidos con toda la autoridad que les concedía la Sociedad de los Sagrados… estaban autorizados a ejecutarla.

Albius observó cómo esos individuos ya no tan blancos, sino ahora más bien pardos… oscurecidos por la lluvia y la mugre… y quizá dejando ver algo que siempre había vivido debajo de aquel blanco impoluto, comenzaron a ultimar los detalles para la partida.

Pero el Custodio más joven de esos siete, dudó antes de cerrar el candado…

y sus manos temblaban, aunque no en un temblor escandaloso…

sino uno pequeño y persistente… de esos que se vuelven más evidentes cuanto más intenta uno ocultarlos, y Albius pensó que era el temblor de alguien, que todavía no había aprendido a endurecerse lo suficiente para aquel trabajo…

y entonces el mayor del grupo lo apartó con un empujón brusco…

casi despreciativo… igual que quien retira del medio a un aprendiz torpe, que estorba más de lo que ayuda…

y el joven bajó los ojos hacia sus propias manos, como si buscara entender qué había hecho mal.

—Yo puedo… —murmuró el más joven, apenas audible bajo la lluvia.

—Cállate —cortó el mayor, sin siquiera mirarlo… y cerró la jaula él mismo, con un golpe seco que hizo resonar todo el Carromato del Juicio.

El Custodio más joven apretó la mandíbula, tragándose cualquier respuesta…

y durante unos largos respiros solo se oyó el metal chocando contra metal, mientras las cadenas eran tensadas y vueltas a asegurar, y los candados iban sellando destinos con chasquidos cortos, que sonaban a pequeñas sentencias pronunciadas por la boca del hierro.

La multitud entretanto, parecía contener el aire hasta el dolor.

Y algunos se inclinaban hacia adelante con los ojos brillantes, empujándose levemente unos a otros sin darse cuenta…

otros incluso sonreían con malicia, esperando el final del último acto de una obra que ya conocían de memoria…

pero varios en cambio, permanecían rígidos bajo la lluvia, con los labios tensos y las manos apretadas contra el cuerpo, como si necesitaran sujetarse a sí mismos, o mirando hacia cualquier parte que no fuera el carromato, como si apartar los ojos fuera lo único que todavía podían ofrecerle al viejo Pauro…

mientras cada golpe de cadena y cada cierre de candado, les retorcía algo dentro del pecho.

Pues según quién lo presenciara, aquel instante era motivo de celebración… o de un desconsuelo capaz de estrujar cada músculo del cuerpo.

Allí no había lugar alguno para el punto medio.

Ante algo así… la indiferencia era imposible.

Simplemente imposible.

Es que eran testigos de cómo un simple ciudadano del pueblo, era seleccionado para ser borrado de la faz del mundo…

pero no porque la naturaleza hubiera extendido su mano para reclamarlo, con esa paciencia oscura, con la que tarde o temprano termina llevándose toda vida sin distinción…

sino porque quienes empuñan el poder, rara vez…

o mejor dicho… nunca… soportan la existencia de aquello que no consiguen someter, y cuando no logran doblarlo entonces lo apartan, lo encierran, o directamente lo arrancan del mundo, hasta dejar detrás apenas el hueco que ocupaba.

Y una vez que el viejo Pauro y los demás prisioneros quedaron asegurados dentro, los Custodios de la Fe se apiñaron en un círculo cerrado alrededor del Carromato, formando un anillo de túnicas ya no blancas y de rostros impenetrables, dispuestos a escoltarlo en la vigilia que devoraría Pulsos enteros, hasta alcanzar su destino final…

en ese denigrante Asilo Blanco de paredes que olían a piedra húmeda y proclamaban pureza…

mientras el castigo se escondía detrás de la virtud, y toda crueldad se vestía de sagrada, para no necesitar explicaciones.

El charco en el cual originalmente yacía el viejo Pauro se había vuelto un pequeño lago rojizo, extendiéndose entre los surcos dejados por el Carromato del Juicio, pero ya nadie miraba hacia ese hueco que había dejado… pues al parecer el mundo ya practicaba olvidarlo.

Y la lluvia seguía cayendo sin tregua.

Pero no lograba lavar el odio que flotaba en esa atmósfera opresiva, ni ese rencor espeso que parecía crecer con cada gota que golpeaba los rostros… desbordándose en gritos constantes, que ya no obedecían lógica alguna.

Porque la multitud ya no contenía la respiración.

Ahora aullaba desaforada.

Aullaba martillando las mismas palabras una y otra vez hasta hacerlas trepar por el cielo gris…

y alguien desde lejos, mientras rozaba con los dedos un pequeño cuaderno guardado en su bolsillo, pensó que si algún dragón, hubiese cruzado en ese instante por las alturas inalcanzables del firmamento…

quizá habría inclinado la cabeza con curiosidad, preguntándose qué significado podía tener aquel clamor enloquecido, que brotaba de las criaturas diminutas que habitaban abajo.

«¡Es un Bestial!»

«¡Quémenlo junto con esos animales Qutsus!»

Estallaban las voces mezcladas con las gotas.

Y Albius percibió el quiebre en la voz de su madre, cuando comenzó a reconocer rostros conocidos entre quienes gritaban…

—Allí veo al panadero… —señaló Cilias con un hilo tembloroso de voz—, por allá el zapatero —movió apenas la mano y dejó caer la cabeza al decirlo.

Porque cada reconocimiento le pesaba más que el anterior…

y por eso no alcanzó a ver a la vendedora de gallinas, a quien Pauro había ayudado a levantar su puesto, cuando una tormenta la dejó sin techo aquel crudo invierno, y que en medio de la muchedumbre blandía un cuchillo de hoja ancha, cortando el aire con el mismo filo con el que solía arrancar plumas y segar cuellos en el corral…

y también estaban el tonelero, aquel con quien ¡la columna ambulante!

Perdeo, solía discutir, mientras cargaba cuatro barriles sobre los hombros…

que junto con su inseparable hermano, el lechero de los rechonchos golans, agitaban palos como si fueran garrotes…

clamando por la muerte de Pauro con las caras enrojecidas por la furia…

y Perdeo se encontraba con toda su corpulencia justamente a un lado de ellos, mirándolos con una pena que le pesaba distinto a la rabia, y con los puños cerrados dentro de los bolsillos, sintiendo dolor por el abandono de un pueblo que apenas un Halo atrás…

todavía le sonreía al abuelo de su amigo desde cada una de las galerías.

Pues todos conocían al viejo de una vida entera…

incluso muchos habían sido alzados de bebés, por esas manos de pescador que olían siempre a redes mojadas, igual que si cada niño del pueblo hubiese sido también un poquito suyo…

esas mismas manos pacientes y cariñosas, a pesar de su aspereza… y que ahora condenaban.

Injustamente, según Cilias…

Pero, ¿cuál era la verdad entre tantas verdades gritadas?

¿O acaso existía alguna capaz de sostenerse en pie en medio de tanto odio desatado?

Y dijo con una voz quebrada, mientras los ojos se le humedecían:

—¿Cómo pueden decir eso? ¡Es Pauro! ¡Lo conocen de siempre!

Albius por su parte, reconoció entre la multitud al robusto herrero alejándose…

era un gran amigo de sus padres, y quien sin demora había enviado a su hijo en busca de Centrios, porque también era muy cercano a la familia del viejo Pauro…

y lo vio detenerse de pronto, cuando alguien lo interpeló entre el tumulto de cuerpos, de voces desaforadas, y de lluvia que seguía cayendo sobre todos…

—¿A dónde vas, Grouto? —le preguntó uno de la multitud, ni bien comenzó a apartarse.

—Lejos de esto —respondió sin voltear—. Me voy antes de que me obliguen a aplaudir.