Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Oso Sable
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Oso Sable

Custodios de la Fe

Pueblo de Gevas

El puñete al mentón apagó a Centrios, echándole la cabeza hacia atrás de golpe, como si le hubieran cortado los hilos invisibles que sostenían su mole de carne y hueso…

haciendo que el leñador se desplomara sin conciencia, con los ojos vueltos hacia arriba, y doblándose primero sobre las rodillas, en un impacto húmedo que el resto del cuerpo ya no pudo sostener, antes de rebotar de cara contra el barro espeso de la calle…

salpicando gotas oscuras hacia los costados.

Solo las gotas de lluvia golpeando los techos y las columnas de madera hinchadas por la humedad interrumpían el silencio, porque salvo una mano apretando el hombro de alguien con tensión, nadie se atrevía siquiera a moverse…

y menos aún a decir palabra… de hecho, después algunos juraron que la mudez fue tan profunda, que se pudo escuchar la respiración entrecortada de Centrios perdiéndose contra el barro.

Aquel misterioso individuo de túnica negra, había noqueado al corpulento Centrios con un único golpe seco, y un escalofrío les recorrió la nuca a todos al mismo tiempo… como una sola corriente helada.

El hombre de la cicatriz volvió a limpiarse los nudillos en la tela oscura de su túnica…

una vez… dos veces… tres, esta vez, ya dejando un manchón húmedo en la tela…

y después una cuarta pasada lenta y por demás meticulosa, con los ojos clavados en sus propios nudillos, como si el resto de la calle hubiera dejado de existir…

cumpliendo así con ese rito obstinado, empeñado en calmar una incomodidad feroz, que seguía agitándose bajo la piel sin terminar nunca de quedar satisfecha.

Y no cabía duda de que su sola presencia imponía un terror de esos que entumecen los músculos… de los que obligan a medir con ansiedad cada esquina cercana, cada puerta entreabierta, y cada posible salida por la que huir… si llegaba a abrirse la mínima rendija de oportunidad.

Los ojos del viejo Pauro, asomados entre los barrotes del carromato enrejado, parecían incapaces de aceptar lo que contemplaban, y entonces su garganta estalló con la voz quebrada, por una impotencia amarga subiéndole igual que fuego desde el pecho:

—¡Déjenlo, malditos! ¡Miserables todos ustedes! ¡Basuras de mier…!

Uno de los Custodios de la Fe, había tomado uno de los pesados garrotes que colgaban con cadenas a cada lado del Carromato del Juicio, y lo descargó contra el rostro del anciano, con una sequedad tan brutal que pareció abrir un hueco en el estrépito de la lluvia…

y de inmediato la nariz de Pauro comenzó a derramar sangre oscura a borbotones, y el viejo se tambaleó a punto de perder el sentido…

de no ser por los Nurus que lo acompañaban en la prisión rodante, y que se arrastraban con esos grilletes, que ya les habían desollado los tobillos hasta dejarlos en carne viva…

mientras intentaban lo imposible por sostener a ese pobre anciano castigado por su propia gente, con una saña que ninguno de aquellos seres, de piel del color de algas secas al sol, parecía alcanzar a comprender…

porque ante sus ojos solo había un hombre viejo al que seguían golpeando, cuando ya no quedaba nada que vencer.

—¡Cilias, mete a Albius adentro! —bramó Bledon con toda la fuerza de sus pulmones, desde el otro lado de la calle.

Pero no había modo de que Cilias escuchara las palabras de su marido, por más que lo intentara…

porque el caos del ruido se las devoraba enteras…

con el estruendo continuo de la lluvia repiqueteando sobre las tejas martillando los oídos, sumado a los bramidos de los animales retumbando como truenos cercanos, y las resonancias huecas de los escudos golpeando cuerpos y huesos ya doloridos…

todo mezclado en un mismo clamor brutal que aturdía la mente, deshaciendo cualquier intento de entender una voz.

Aun así, los brazos de su marido agitándose al otro lado de la calle, girando como molinos desquiciados delante de esas tablas celestes, resultaban clarísimos…

¡Métanse adentro! … gritaban mudos aquellos movimientos frenéticos, traduciendo la voz que no lograba atravesar el estrépito.

Albius, de un instante a otro, se encontró tropezando con sus propios pies dentro de la cabaña, después de que su madre lo arrojara de un manotazo hacia esas cuatro paredes, que ahora parecían el único refugio ante una calle que parecía negárselo…

y el chico sintió un golpe estallarle en el codo, al chocarse contra el marco al entrar…

justo en el mismo momento en que el portazo retumbó contra la madera con un crujido seco.

Pero no se quedó quieto.

Y se lanzó hacia la ventana con un impulso instintivo y apartó las cortinas con manos temblorosas… abriendo apenas un hueco lo suficientemente ancho para clavar los ojos en la calle… porque le desesperaba ver qué estaba ocurriendo con Pauro.

—¡Albius, apártate de ahí! —exclamó Cilias, tirando de él hacia atrás, con una brusquedad nacida más del miedo que de la fuerza.

El chico forcejeó con los pies primero, arrastrando a su madre medio paso hacia la ventana, antes de que ella recuperara el equilibrio.

—¡Es que lo están lastimando! —exclamó, con las mejillas ya empapadas— ¡Amá, tenemos que hacer algo por Pauro!

—Claro, mi vida. Claro —le susurró ella, apretándolo contra su pecho y alejándolo un poco más de la ventana—. Pero no podemos asomarnos. Es mejor mantenernos así. Si te ven…

Cilias no llegó a terminar la frase, y Albius sintió el cuerpo de ella temblando contra el suyo, y dejó de forcejear… porque en ese estremecimiento había algo que comprendía sin necesidad de palabras… algo frágil y precioso que debía permanecer a salvo.

Adentro hacía frío.

Las brasas en el hogar seguían encendidas, pero aun así parecía que la humedad gélida que el horror de afuera escupía sobre la calle, se hubiera colado entre las tablas mal encajadas de la cabaña.

Pero la madre de Albius tampoco lograba contenerse.

—¡Esto no está bien! —estalló de pronto.

Y con el pulso retumbándole en los oídos… esta vez fue ella hacia la ventana… separando apenas las cortinas con dos dedos tensos, para poder espiar sin ofrecer su silueta a los ojos de la calle.

Albius permaneció detrás del cuerpo de su madre, protegido por esa figura capaz de interponerse entre él y un completo mundo exterior…

y mientras se asomaba cauteloso por un costado de su madre, con un ojo hacia la ventana…

llevó su mano dentro de la alforja que colgaba de su hombro, buscando la pequeña estatua del halconio que Ictus le había regalado…

y pasó con lentitud el pulgar sintiendo el borde fino de cada pluma de esas alas talladas…

para aferrarse a esa calma tenue, que las hendiduras suaves de la madera pulida siempre sabían devolverle.

Aunque no sintió alivio alguno.

Así que lo intentó nuevamente… apretando con el pulgar un poco más fuerte… como si la calma pudiera forzarse.

Pero esta vez no funcionaba.

Y no porque el halconio hubiera cambiado…

sino porque ese vidrio delgado apenas sostenía una ilusión de barrera frente al espanto que se agitaba afuera…

y también porque a través de él, el chico alcanzó a ver cómo su padre corrió a los tropezones junto con Maenia y su amigo Ictus, hacia el malherido Centrios, para con esfuerzo comenzar a levantar entre los tres, esa mole que parecía hecha más de barro que de piel misma.

El leñador apenas respondía…

Entonces más cargándolo que guiándolo, comenzaron a arrastrarlo con torpeza hacia el resguardo de la cabaña…

de la galería celeste, sí… esa que tantos tiernos recuerdos guardaba…

esa misma que fue nombrada varias veces antes…

y que ahora vuelve no por insistencia del relato, sino porque alguien la nombró por última vez apenas dos Halos atrás, sin que nadie en el pueblo pudiera saberlo todavía…

sin que nadie alcanzara a imaginar… que aquella galería celeste de maderas gastadas, estuvo en el recuerdo de un moribundo en la mismísima Tierra Muerta…

y le otorgó una cálida despedida, bajo el resplandor dorado de un amor familiar que todavía no sabía rendirse.

Albius los siguió con los ojos hasta que desaparecieron bajo la puerta de la cabaña… mientras Cilias buscaba con una desesperación contenida, algún gesto de humanidad entre los vecinos agolpados bajo la lluvia.

Pero no lo encontró.

Porque nadie más se dignó a ayudar… ni siquiera aquellos que habían compartido con Pauro tantas salidas de pesca bajo lluvias peores que esta, ni los que habían reído con él en las tabernas con las jarras en alto…

ni siquiera Dervo, que había vomitado por el pánico en la proa del bote, y el viejo nunca se lo había mencionado a nadie, ni aquel que todavía usaba el remo que Pauro le había tallado, cuando el suyo se partió en mitad de la tormenta…

ni tampoco aquellos con quienes había enfrentado mares que se alzaban negros, y con toda la furia de las profundidades, haciendo que los botes crujieran bajo el peso brutal de las olas…

para después ya en tierra firme, celebrar juntos el simple pero enorme milagro de haber vuelto con vida.

Tal vez no se movían por el miedo…

O tal vez permanecían quietos… por ese odio espeso que nace de aquella ignorancia que necesita siempre encontrar un culpable.

Ya que los gritos reaparecieron, y esta vez clamaban con las gargantas deshilachadas por la furia y la lluvia gélida, pidiendo que descuartizaran al viejo Pauro… o mejor aún, que lo prendieran fuego como al Bestial que decían que era, mientras todavía respiraba…