Nurus #4
Oscuros también eran los troncos que Centrios llevaba partiendo desde que despuntó el amanecer…
allá arriba en la colina, con la lluvia cayéndole encima sin tregua y trabajando con la obstinación de los hombres que no conocen otra forma de vivir…
era de esos que consideran el descanso una debilidad que no pueden permitirse…
además no podía darse el lujo de dejar de comerciar madera, porque…
bueno, básicamente su familia necesitaba comer…
y por eso seguía cortando leña como lo hacía en cada Halo, sin preguntarse si valía la pena…
sin preguntarse si el cuerpo aguantaba… porque para Centrios esas preguntas directamente no existían…
y por eso nunca dejaba de golpear troncos con esa precisión casi ritual, que dirigía cada hachazo directo al corazón de la madera, mientras sus brazos gruesos y sus hombros anchos, absorbían el peso del trabajo con una fuerza curtida por Ciclos de oficio…
y quizás porque allá arriba las cosas obedecían reglas simples…
el árbol caía o no caía… el hacha entraba o no entraba…
Centrios siempre encontraba una paz silenciosa en el bosque.
Las astillas saltaban empapadas hacia todos lados…
algunas incluso quedándose atrapadas en su pelo negro mojado y pesado por la lluvia…
y el ruido del hacha contra la madera reverberaba entre los árboles multiplicándose en ecos largos y cavernosos…
sin engaños… porque allí sí existían los ecos…
allí ningún Evento los había barrido del mundo hasta volverlos mentirosos…
como ocurría en esa otra tierra que Centrios nunca había pisado, y de la que prefería no saber demasiado.
Varios troncos yacían cerca, apilados de a dos bajo el aguacero incansable, como trofeos silenciosos de una mañana de trabajo duro…
y de pronto apareció el hijo del herrero trepando la colina a toda velocidad, como si el mundo por completo hubiera empezado a incendiarse más abajo…
y cuando llegó al fin hasta Centrios… ya con las piernas desarmándosele a cada paso…
se dobló sobre sí mismo con las manos clavadas en las rodillas, buscando aire con una desesperación animal, igual que si hubiera corrido más rápido que su propio cuerpo.
El leñador apenas había terminado de alzar el hacha para otro golpe, cuando el muchacho levantó la cabeza…
y tras dos largas bocanadas cargadas del olor espeso a musgo y barro removido del bosque, logró que le regresara algo de voz…
y entre jadeos, consiguió escupir la pesadilla viva que estaba devorando el pueblo.
El padre de Ictus, ni siquiera esperó que el muchacho terminara de contarle, y dejó caer el hacha grande sobre uno de los troncos apilados, haciendo retumbar la madera por el bosque entero…
y sin regalar un instante más, tomó la pequeña hacha de corte y descendió de su puesto de leñador…
con toda la velocidad que sus pesadas botas, podían arrancarle a la tierra empapada.
Y apenas puso un pie en las calles del poblado, comenzó a tropezar con el barro que se le pegaba a las suelas…
y así cruzó tambaleándose casi un cuarto de Gevas, empujado por la carrera salvaje de quien corre a proteger lo único que importa…
hasta irrumpir en esa infame calle colmada de gritos y detenerse.
Allí los recuerdos se le vinieron encima a Centrios pareciendo cachetazos, mientras sus botas se hundían hasta los tobillos en el lodo…
y recordó a Pauro enseñándoles a Landion y a Ictus a sostener una caña cuando apenas podían levantarla…
enseñándoles también a leer el oleaje para escapar de los remolinos traicioneros…
y riéndose con ellos sin pausa, en esos momentos en que el bote se llenaba de agua bajo la lluvia, y no quedaba más remedio que vaciarlo con las manos…
y seguir remando… y recordó la voz tranquila del viejo diciéndole a Ictus que el mar no se conquista…
se aprende… y recordó a su hijo mirando a su abuelo con esos ojos enormes abiertos de par en par…
con esa manera de escuchar que tenía cuando algo le importaba de verdad…
y Centrios supo en ese instante que Pauro le había dado a su hijo algo que él no había sabido darle…
la paciencia de quien enseña sin apuro… y ese pensamiento le dolió casi tanto como lo que estaba viendo.
Y el pecho se le apretó hasta dolerle.
No se lo llevarán.
No.
Y así… con la fuerza ciega de quien ya había dejado atrás cualquier cálculo…
se estrelló contra la muchedumbre y comenzó a abrirse paso a patadas salvajes, clavando codazos en vientres y cada costilla posible, repartiendo golpes bajos con una violencia de quien ya no mide las consecuencias…
y enloquecido forcejeó con los Guardias Salmones apenas sus capas liláceas estuvieron al alcance de sus puños.
Entonces en medio de ese torbellino de cuerpos y con la desesperación empujándolo desde algún lugar más profundo que la razón…
apenas logró abrir un hueco entre los hombros cerrados de los Salmones…
y cuando por fin tuvo a uno de esos bastardos de blanco a la vista limpia…
lanzó el hacha con toda la fuerza que todavía le quedaba en el cuerpo.
La que fue girando en el aire, cortando la lluvia en una espiral oscura que hacía destellar por momentos el filo del metal, y por momentos el cuerpo húmedo de la madera…
directa hacia esa cabeza coronada con aquel gorro triangular exageradamente alto, apuntando al cielo de los dioses…
pero el Custodio de la Fe alcanzó a echarse hacia atrás…
y el filo le pasó tan cerca… que por un instante pareció que iba a partirle media cara…
pero apenas alcanzó a rozarle el cachete, dejando una marca delgada que enseguida comenzó a diluirse bajo la lluvia.
Los Salmones lo superaban ampliamente en número, y cayeron sobre Centrios al instante para sujetarlo entre varios…
pero el leñador seguía empujando igual, buscando acercarse hasta el viejo Pauro…
con esa fuerza desordenada presa de lo terrible, que aparece cuando un hombre deja de protegerse a sí mismo…
y el forcejeo se volvió algo salvaje… y cada vez que uno lograba sujetarle un brazo, otros dos tenían que sostenerle el resto del cuerpo…
mientras las botas resbalaban en el barro, los escudos chocaban unos contra otros, alguien perdió el casco, otro cayó de rodillas…
y entre amenazas escupidas entre dientes y gritos hasta reventar la garganta, que ya no eran coherentes… Centrios seguía avanzando.
Hasta que de pronto…
Cruzó un puño de negro, con la violencia súbita de un relámpago.
Y fue fulminante.
Cayendo otra vez la mudez sobre la calle… aunque esta vez no descendió despacio… sino que estalló de golpe… igual que cuando algo demasiado grande acaba de romperse.
Mientras Maenia, que había visto el puño cruzar el aire antes de que su marido pudiera reaccionar… cubrió los ojos de Ictus con manos temblorosas.
Y el chico no intentó quitárselas…