Nurus #3
Con la impotencia clavándose en el pecho como un puñado de agujas, que no dejaba de herirlos.
Bledon y Cilias, sabían que el marido de Maenia no estaba con su familia en estos Pulsos del Halo…
era un hombre honrado hasta la médula, y en ese momento seguía partiendo troncos en lo alto de la colina, a pesar de la incansable lluvia, y ajeno por completo al espanto que se desataba abajo en el llano.
Es mejor así , se dijo la madre de Albius, y suplicó en silencio, que no se enterara de nada hasta que todo hubiera terminado… porque si el forzudo leñador hubiera estado ahí… ya habría cruzado ese perímetro de escudos sin pensarlo dos veces.
—Un hombre de honor jamás se queda quieto cuando la familia lo necesita —repetía él, una y otra vez, sobre todo después de ocho o nueve copones de sidra de pera.
Porque no decía esto como una frase bonita.
Lo decía como quien enuncia una ley.
Por eso a ambos la imagen de Maenia y su hijo allí solos, atrapados en esa desgracia que parecía cerrar lentamente una mano sobre sus gargantas…
se les clavó en el ánimo igual a una astilla imposible de arrancar…
y sin dudarlo un respiro más, decidieron que al menos uno de los dos debía ir a acompañarlos.
Era evidente que no podían detener la furia de la multitud.
Pero al menos, podían impedir que ese dolor quedara completamente solo.
Entonces apenas el padre de Albius logró abrirse paso entre la muchedumbre y alcanzó la cabaña… en cuanto puso un pie en aquel lugar que… sí, como ya todos conocemos, tantos tiernos recuerdos guardaba… la escena que encontró lo dejó clavado en el umbral…
A la vista estaban Maenia y su hijo Ictus.
Y ella se hallaba de rodillas junto a la baranda de la galería, con el cuerpo inclinado hacia adelante como si algo dentro de ella se hubiera quebrado para siempre…
y sus manos temblaban sobre la madera húmeda, mientras se aferraba a esa frágil estructura, sintiendo que era lo único que aún la sostenía sobre el mundo.
Y el chico…
Ictus seguía de rodillas… con una mano sujetando un barrote de madera de la baranda…
apretándolo con una fuerza que no parecía posible en un cuerpo tan pequeño, y sus dedos se hundían en la pintura celeste hasta arrancarle pequeñas astillas…
pero no dejaba de soltar el agarre… mientras con la otra mano acariciaba la pequeña estatua de madera de Aneara que llevaba colgada al cuello…
y que su padre siempre le decía que lo protegería.
El amigo de su hijo no lloraba.
Ni siquiera parpadeaba.
Y Bledon reconoció de inmediato esa mirada.
Era esa mirada en la que uno reconoce el principio de un alma apagándose… y Bledon no esperaba encontrarla en un chico de solo nueve Llamas.
Maenia también descubrió a su hijo así…
Y durante un instante que pareció suspendido fuera del propio tiempo, sus ojos recorrieron la galería celeste sabiendo que sería casi la última vez…
pero no rezó como lo harían todos… como lo haría su marido y sus queridos hijos, sobre todo Landion…
porque sabía que los Dioses no se dignarían a hacer nada con lo que venía…
y solo se quedó observando los maderos que Pauro había pintado con ese color cálido y sereno, porque resultaba ser el favorito de Ictus cuando tenía solo tres Llamas.
—Píntala como el cielo cuando no llueve, abuelo… —le había dicho el niño entonces, señalando hacia arriba con los dedos manchados de caramelo.
Y Pauro sin decir palabra, había ido al pueblo y había comprado la pintura más cara que encontró…
aunque esa semana apenas le alcanzara para comer…
y no dijo nada de eso tampoco… solo apareció con el balde y el pincel, y se puso a trabajar cantando bajito…
como si pintar una galería entera para que su nieto tuviera el cielo a la mano… fuera la cosa más natural del mundo.
Maenia rozó la madera celeste con los dedos temblorosos…
los mismos dedos que tantas veces habían remendado redes junto a su padre, sentados frente al mar mientras cantaban viejas canciones de pescadores, de esas que hablaban de tormentas, de peces enormes y de barcos que nunca regresaban…
y las mismas canciones que Landion e Ictus escuchaban fascinados, acurrucados cerca del plácido fuego.
Luego se acercó a su hijo, para rodearlo con los brazos, con una fuerza que buscaba sostener algo más que ese pequeño cuerpo… intentando impedir que el mundo terminara de quebrarse alrededor de ellos.
Ictus sintió los latidos de su madre contra el pecho.
Y su calor…
Ese pulso vivo que creía haber perdido para siempre en medio de ese griterío… de ese odio… de ese Halo, que se había vuelto demasiado gigante para él.
—Tu hermano y tu abuelo regresarán… —murmuró Maenia junto a su oído, con una firmeza construida solo a fuerza de puro deseo—. Y tú y yo seguiremos de pie. ¿Entiendes?
Ictus asintió lentamente.
—Los de esta familia no se rompen —susurró ella, apretándolo más contra su pecho.
Pero su voz temblaba.
Sabiendo tanto que ya estaban rotos…
Como que las palabras no alcanzaban para arreglarlo… pero al menos podían sostenerlo un poco más.
Aunque conocía demasiado bien a su marido… y sabía que cumpliría el juramento… entonces ya no quedaría nada que sostener.
Porque Centrios siempre cumplía lo que decía.
Incluso sus oraciones… que nunca se salteaba, por más que se encontrara a la intemperie en el peor de los temporales…
y también cuando se trataba de juramentos absurdos…
como aquella ridícula vez, después de una discusión muy seria sobre la crianza de peces…
en la cual decidió construir una pecera al aire libre en pleno invierno.
Y la construyó…
Con paciencia de artesano y orgullo de ingeniero.
Pero a la mañana siguiente… el hielo había convertido el pequeño estanque en un bloque transparente, donde los peces quedaron suspendidos como figuras de cristal…
e Ictus lloró tanto aquella vez… que su abuelo Pauro, terminó contándole por unos cuantos Pulsos enteros, historias de mares tropicales cubiertos por un calor tan intenso, que derretiría ese hielo y devolvería a los peces a sus aguas…
relatándolas con una convicción tan absoluta, que el niño terminó creyéndolas, sonriendo con los ojos bien abiertos, hasta quedarse dormido con esa sonrisa todavía puesta…
mientras el viejo seguía hablando en voz baja para nadie…
aunque quizás, quería acompañarlo un poco más dentro del sueño.
Y apenas Bledon puso ese pie en el umbral…
—¡Centrios… —susurró Maenia, con su negro pelo corto desordenado y los pómulos firmes marcándoseles profundos bajo la piel, cuando el nombre se le astilló como vidrio en la garganta.
Porque quien había llegado no era su marido… sino Bledon.
Pero justo en ese mismo instante, los ojos enrojecidos de Maenia encontraron aquello que llevaba esperando con un terror que ya rozaba la locura, y señaló hacia la otra punta de la calle con una mano temblorosa…
que tenía sangre bajo algunas uñas, de tanto arañarse los brazos sin darse cuenta…
y Bledon miró un instante esas uñas… un instante ínfimo justo antes de mirar hacia donde ella señalaba…
porque entendió de golpe, cuánto tiempo llevaba Maenia sola con todo aquello…
y cuando al fin miró dónde apuntaba el temblor, comprendió la magnitud del caos que estaba a punto de desatarse.
Porque la fortuna… esa vieja jugadora empedernida…
después de aburrirse de arrojar los dados…
ahora parecía entretenerse moviendo vidas enteras, igual que pequeñas figuras sobre un tablero invisible…
mientras las empujaba de aquí para allá con un sadismo tan metódico…
que no solo daba la impresión de haber sabido desde el principio dónde iba a doler más…
sino que estuvo esperando ese momento con una paciencia obscena…
y ahora la última pieza acababa de entrar en juego…
exactamente donde más dolía, y justo cuándo más importaba.
Entonces el cazador gritó…
Y gritó de verdad:
—¡CENTRIOS, NO!
Imaginen lo que fue ese rugido… uno que sale desde aquel lugar donde el miedo y la desesperación, dejan de ser dos cosas distintas…
que Albius lo escuchó incluso desde la distancia…
por entre la multitud… y a través del martilleo constante de la lluvia sobre los techos…
aunque el chico todavía no terminaba de comprender del todo qué estaba ocurriendo…
pero cuando el fornido padre de su amigo Ictus, irrumpió desde la esquina corriendo como un animal rabioso con un hacha empuñada…
el sentido entero del grito de su padre, se le reveló con una claridad brutal.
Y preso de los nervios, se aferró a la espalda de su madre, esperando que su delgada figura pudiera protegerlo del mundo entero… y Cilias lo sintió temblar contra ella… pensando:
Aquí viene Centrios a cumplir su juramento.
Y justo en ese suspiro resonó un trueno con violencia… un mal augurio, sin dudas… y la madre de Albius bajó la mirada hacia los tablones oscuros del piso del pórtico, ya comprendiendo el inevitable final.