Nurus #2
Y cada uno de esos gritos le llegaba a Albius como un golpe distinto… porque eran voces que reconocía… voces de gente que había visto toda su vida cruzando esa misma calle… y que ahora pedían sangre con la misma naturalidad con que siempre pedían el pan.
Entonces aparecieron aquellos otros aullidos…
«¡Quémenlo junto con los Qutsus!»
«¡Junto con esos Sangre Maldita!»
«¡Quemen a los impuros!»
La turba los llamaba Qutsus
Pero Albius solo podía pensarlos como Nurus.
Y así fue como llegaron las preguntas…
¿Nurus aquí?
¿Aquí, en Gevas?
Se preguntó absorto, al escuchar aquel alarido cargado de desprecio… y el chico no lograba entender cómo algo así podía ser posible.
¿En el pueblo?
La pregunta se le repetía dentro de su cabeza girando sin descanso, y sin lugar a dudas el mundo del hijo de Cilias y Bledon parecía haberse dado vuelta… igual que si alguien hubiera mezclado todas las piezas sin pedirle permiso.
Mientras tanto, los Custodios de la Fe ya tenían al viejo Pauro casi dentro de la celda ambulante…
forcejeando con el barro que se les pegaba pesado a las botas, hasta llegar a maldecir entre dientes cuando trataban de levantarlo…
y las ruedas del Carromato del Juicio se hundieron un poco más en el fango, cuando el nuevo prisionero cayó dentro de la jaula como un saco de papas, arrojado con esa indiferencia de quien descarga un fardo que ya cumplió su parte del viaje.
El cuerpo del viejo golpeó con violencia contra las rejas, y un crujido seco recorrió la estructura de hierro, junto con el grito agudo que Pauro lanzó, cuando sus huesos chocaron contra el piso metálico de la celda…
un sonido desagradable que erizó la piel de Albius, igual que una hoja fría deslizándose por la espalda.
Cilias también lo sintió.
Y madre e hijo se aferraron todavía con más fuerza de las manos, buscando en ese contacto, esa calma extraña que no promete que todo saldrá bien… pero al menos les impedía sentirse solos.
A un lado de ellos, Bledon casi gritó de rabia…
Con el alarido subiendo por su pecho como un animal atrapado, empujando en la garganta con una violencia que le hacía temblar la mandíbula y le tensaba los tendones del cuello.
Pero lo contuvo.
Lo contuvo junto con las lágrimas.
Dentro de la caja enrejada había otros tres prisioneros…
y las sombras que habían ocultado su presencia cuando la jaula venía en camino, se disiparon con la cercanía…
entonces Albius, asomándose apenas por entre los cuerpos de sus padres, los distinguió por primera vez con esa visión parcial que concede una rendija entre dos espaldas…
y el trío de prisioneros se movía con esfuerzo hacia el viejo, con la intención de ayudarlo a recomponerse…
a la vez que le limpiaban el rostro con manos temblorosas, y le secaban con torpeza la sangre en esos ojos casi sellados por la morada hinchazón.
Y Albius no podía apartar los ojos… porque afuera, a unos pasos de distancia, un pueblo entero pedía sangre…
y adentro de esa jaula… unos desconocidos golpeados y sin fuerzas, se las arreglaban igual para tender una mano, en el estrecho espacio entre los hierros…
desplazándose con esa naturalidad inquietante, muy propia de quienes han aprendido a medir cada paso dentro de una jaula…
quizá fruto de demasiadas jornadas respirando ese aire rancio, con un vaho cargado de óxido e inmundicias innombrables.
Por entre la rendija que le dejaban sus padres, el chico los fue descubriendo de a fragmentos…
viendo que los prisioneros vestían harapos asquerosamente sucios, en los que apenas sobrevivía el color bordó de la tela, y estaban rasgados con esa violencia despareja que dejan los tirones bruscos, antes que el simple desgaste…
y lo primero que pensó fue que el Maestro Elonio le había dicho muy poco sobre ellos…
con esas raras veces en que salía el tema, mencionándolos con una cautela que decía más que sus propias palabras…
y ahora… viéndolos así… Albius entendía que quizás había cosas que no se explicaban, sino que simplemente se veían…
porque lo poco que sabía sobre los Nurus, no lo había preparado para encontrarse con esa piel y ese pelo del color de algas secas al sol, cayéndoles sobre el rostro en mechones húmedos que ocultaban moretones oscuros…
ni con sus ojos completamente negros, ¡sin rastro alguno de blanco!
, que lo observaban todo con una quietud extraña…
con una calma que parecía haber cruzado el mismo límite del miedo…
y que por alguna razón que Albius no supo explicarse, resultaba más perturbadora que cualquier otra cosa que hubiera visto en ese Halo.
Dentro de la prisión, el viejo Pauro los reconoció de inmediato…
y por un instante que no tenía derecho a existir en ese momento, se le cruzó el recuerdo del Dominio de Dadhir, junto a aquellas épocas lejanas y de esos asuntos que muy pocos conocían, y supo quiénes eran antes de que sus ojos terminaran de enfocarlos…
aunque nunca los había visto así… con esa palidez enfermiza, que el clima húmedo parecía arrancarles a la fuerza…
porque más allá de los golpes, de los huesos magullados y de ese odio perenne, que parecía seguirlos incluso dentro de la jaula…
era como si la falta del calor seco de su tierra natal, terminara de quebrarlos lentamente…
igual que unas plantas del desierto, obligadas a vivir bajo una lluvia interminable.
Pero para el chico de Gevas, y por supuesto también para muchos de los presentes, tener a un Nuru a la vista…
como Albius y ellos mismos se nombraban…
en plena Provincia Lareon, ¡en las calles de su pueblo!
… o un Qutsu… según ese insulto gutural que les escupió la leyenda en su propia lengua, y que los reducía a una mera «Sangre Maldita»…
un término que buscaba imponerles la idea de que su sangre no era sangre…
sino algo que manchaba… y que la turba repetía con evidente placer…
fue una revelación que le dio vuelta el mundo…
porque los Nurus pertenecían a sigilosos relatos del Maestro, a advertencias entre silencios y a mapas de tierras lejanas…
y no a una jaula embarrada detenida frente a su casa…
y las preguntas empezaron a llegarle punzantes una tras otra…
igual que picaduras de avispas furiosas.
¡No hay que olvidar que Albius tenía solo nueve Llamas!
Además, esos ojos llenos de una oscuridad absoluta, y vacíos de cualquier reflejo, que parecían pozos sin fondo tragándose la luz… ¡realmente helaban la sangre de cualquiera con solo mirarlos!
Los Bueyes de Fuego se agitaban inquietos, resoplando vapor caliente por los hocicos, y aturdidos tanto por los truenos que retumbaban sobre los techos, como por el griterío creciente que los rodeaba… y sus pezuñas removían el barro con golpes nerviosos que hacían vibrar las varas del carromato.
Al mismo tiempo, los Guardias de Lareon comenzaron a sentirse desbordados…
por los cuerpos que empujaban hasta cayéndoles encima como una ola turbia, y por esa marea de voces que les taladraba los oídos exigiendo una matanza inmediata…
y de entre ese círculo de Salmones, un guardia regordete empujaba con su escudo igual que los demás, aunque jadeando en demasía bajo el peso de la armadura…
aunque sus golpes caían siempre sin peso sobre hombros y algunos pechos…
lo que dejaba en evidencia que tanto queso parinio y chorizo grasoso, claramente no lo habían ayudado a conservarse en forma…
aunque quizás… quizás no era solo eso… porque sus golpes esquivaban los rostros con una consistencia demasiado deliberada, para ser torpeza…
entonces… tal vez… ¿simplemente no quería causar un daño mayor?
«¡Es un Bestial!»
«¡Quémenlo!»
Rugía desesperada la muchedumbre enfurecida, pareciendo no conocer otras palabras…
«¡Quemen a los Qutsus también! »
«¡Quemen a las bestias! »
Las voces se quebraban ásperas de tanto gritar, y estaban cargadas de un frenesí tan desbordado, que ya no pedía justicia… sino únicamente fuego.
La tensión parecía acumularse en el aire, mezclándose con la electricidad de los rayos en la lejanía, y con la energía brutal que exudaban los presentes…
hasta volver el ambiente difícil de respirar…
y haciendo que todo pareciera sostenerse apenas un instante más antes de romperse, como un barril de pólvora hinchado hasta el límite, esperando que cualquier chispa miserable hiciera el resto.
Albius seguía aferrado a la mano de su madre, con los dedos hundidos entre los de ella, y ni siquiera advirtió que sus padres habían hablado en voz baja apenas un parpadeo atrás…
porque esas pocas palabras, se perdieron entre el rugido constante de la multitud, y el repiqueteo incansable de la lluvia sobre los techos…
pero lo próximo que vio, fue a su padre cruzar la barrosa calle procurando no pasar demasiado cerca de los guardias.
No era sencillo para Bledon lograrlo, y se movía con cautela entre los cuerpos apretados, inclinando el hombro aquí, deslizando el pie allá, como un cazador que conoce demasiado bien el peligro de atraer miradas indeseadas.
La multitud se había vuelto un bloque compacto de hombros encogidos y espaldas tensas, que empujaba y respiraba al mismo tiempo… con el olor agrio del miedo y de la rabia, mezclándose en cada aliento.
Aun así, Bledon siguió abriéndose paso.
Sabiendo que necesitaba llegar con prontitud a la cabaña del viejo Pauro… llegar hasta Ictus y Maenia, que habían quedado completamente desamparados frente a una pesadilla que parecía no tener fin.
Maenia y su hijo estaban en esa galería celeste que tantos tiernos recuerdos guardaba… y desde allí habían presenciado todo… absolutamente todo lo que el odio colectivo había descargado sobre el indefenso cuerpo de su padre y abuelo.
Sin poder hacer nada más que mirar.
Que sufrir.
¡Y sobre todo llorar!