Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Nurus
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Custodios de la Fe

Pueblo de Gevas

Y fue entonces cuando el chico vio que el color del guante que golpeó al viejo Pauro… ese que lo dobló sobre sí mismo, como una hoja muerta atrapada por el viento… era inusual entre un océano de guantes blancos.

Pues era negro.

Sin brillo.

Sin ornamento alguno.

Y cuando la mirada de Albius trepó por ese brazo, notó que la ropa y la capa de su dueño eran igual de oscuras…

negras como las fauces abiertas de un oso dientes de sable…

que no necesitaba pedir permiso ni disculpa…

porque simplemente estaba ahí, ocupando el espacio con una presencia que los blancos de los Custodios no conseguían rodear del todo…

y bajo la capucha, el chico alcanzó a distinguir el rostro del hombre, con unos ojos negros que casi no parpadeaban, y con esa cicatriz torcida que descendía desde la sien hasta la mandíbula…

como si alguien hubiera intentado partirle la cara en dos y hubiera fallado por muy poco…

y el chico tuvo la certeza sin saber bien por qué, de que aquella no era la única marca que cargaba su cuerpo.

El hombre advirtió la mirada que Albius le mantenía desde la cabaña, a la par que se limpiaba sus nudillos en la túnica negra…

Una vez.

Dos veces.

Y lo hacía con la parsimonia fría, de quien limpia una pluma después de firmar un documento.

Entonces le sonrió.

Pero no con una sonrisa amplia.

Ni amable.

Fue apenas una leve curva en la comisura de los labios.

Y enseguida Albius bajó la vista, y Cilias se cubrió el rostro con ambas manos cuando Pauro se revolvió de dolor, y Bledon la sujetó por los hombros para contenerla…

Y de repente… la mudez cayó sobre la calle.

Pesada.

Abrupta.

Como una enorme roca desprendida desde lo alto de una muralla…

Incluso callaron aquellos que apenas unos instantes antes, aullaban como bestias desatadas.

Ni siquiera la lluvia parecía atreverse a hacer ruido.

Era como si todos contuvieran el aliento que el anciano intentaba recuperar, y el repiqueteo de las gotas contra los maderos de los techos terminó por adueñarse del mundo, marcando un pulso lento… que metía la tristeza adentro sin pedir permiso.

La mudez de la turba arrastró la mirada del chico hacia la cabaña del anciano, como si el propio silencio le hubiera recordado mirar allí, y al aguzar la vista vio a Ictus desplomarse de rodillas, con su joven espíritu quebrado de golpe…

el chico bajito de pelo oscuro y ojos negros, siempre con la risa lista en la lengua, estaba ahora vencido…

reducido a un bulto tembloroso sobre esos maderos…

y Albius sintió que algo dentro de su pecho se rompía sin hacer ruido.

Ese era Ictus…

Su mejor amigo.

El nieto de Pauro.

El que siempre corría más rápido que él por los senderos del bosque, el de la risa estridente que hacía girar cabezas en toda la calle, el que imitaba a cada vecino hasta que ambos lloraban de risa…

el mismo con quien había pasado tardes enteras, persiguiendo ardillas entre los árboles, dibujando animales torcidos en el barro con palitos, o intentando atrapar luciérnagas cuando caía la noche…

y el único con quien corría hasta quedarse sin aliento hacia el estadio, para no perderse ni un entrenamiento de los Guiadores, gritando hasta quedarse sin voz como si en eso se jugara el mundo entero.

Pero allí, Ictus no parpadeaba, y sus ojos estaban clavados en el suelo… y donde antes tenían algo listo para reírse… ahora solo quedaba un hueco frío.

¡Amigo!… quiso gritarle Albius.

Pero el aire se le atascó en el estómago… y se quedó allí, con la palabra apretada entre los dientes, mirando a ese bulto tembloroso sobre los maderos.

Y entonces recordó…

Recordó el último encuentro que tuvo con Landion, mucho tiempo atrás, cuando este aún vivía con su hermano pequeño en esa misma cabaña… y antes de que el recién nombrado Legionario Imperial partiera hacia la Tierra Muerta:

—Cuídalo, Albius. Prométeme que estarás con Ictus hasta que yo regrese —le había dicho, con una mano sobre su cabeza en un gesto lleno de afecto.

¡Haré lo posible! , se juró entonces el chico, aunque en ese momento no supo bien qué significaba prometer algo así…

si acaso él mismo sabía cómo cuidar a alguien…

y sin embargo asintió, porque cuando Landion te ponía la mano en la cabeza y te miraba así, era imposible decir que no…

y ahora, con esa tristeza espesa que traen los recuerdos cuando regresan sin aviso, le oprimió el corazón recordar que apenas un Halo atrás…

¡tan solo la jornada anterior!… compartió un atardecer dorado en esa cabaña junto con Ictus, y con el viejo Pauro.

El cielo de esa tarde anterior ardía en tonos naranjas y rojizos sobre los tejados del pueblo, y el mundo entero parecía detenido dentro de esa paz sencilla que uno cree eterna, hasta que deja de serlo…

y el anciano reía con esa risa ronca que parecía sacudirle todo el pecho…

mientras les contaba una historia imposible sobre una pesca gigantesca, que según él, había ocurrido cuando todavía era muy joven…

y hablaba siempre con el infaltable cigarro de celentina entre los dedos…

a la vez que lanzaba humo como una chimenea vieja, y el aroma dulce del tabaco se mezclaba con el del pan recién horneado, que preparaba en el florecer de cada atardecer…

y así la pasaron los tres juntos, riendo entre mordidas aún tibias y bocanadas de humo…

sin saber que esa risa ronca del viejo, que allí tanto alegraba a Albius pareciéndole indestructible, sería la última que escucharía de él.

«¡Es un Bestial!»

«¡Quémenlo!»

Los gritos regresaron inclementes exigiendo un castigo para el impuro, y le arrancaron su efímero protagonismo, a todas aquellas gotas que marcaban el pulso del tiempo.

La lluvia volvió a ser apenas ruido.

La multitud… volvió a ser un monstruo.

Y Cilias empujó a Albius hacia el interior de la cabaña y se plantó erguida bajo el marco de la puerta, con el cuerpo convertido en una especie de barrera…

incluso Bledon llegó un paso detrás, colocándose a su lado sin decir nada, y entre los dos levantaron una muralla de carne que protegía a su hijo de lo que estaba por venir.

—¡Sí, quémenlo, quémenlo vivo! —aulló una mujer con el delantal manchado, con una voz chillona que se elevó con claridad por encima de las otras.

Era la cocinera de la posada… la misma a quien Pauro ayudaba con las verduras durante los inviernos…

y Albius la conocía por supuesto, aunque desde dentro de la cabaña no podía verla, y ni siquiera llegó a escucharla…

Bledon tampoco distinguía ese rostro entre la multitud, porque mantenía la vista fija hacia el otro extremo de la calle…

más precisamente hacia la cabaña del viejo, donde su nieto y su hija se mantenían a duras penas…

en cambio Cilias, sí la tenía a la vista con claridad, y la contempló sin poder apartar los ojos, con un dolor que le penetró hasta las entrañas.

Porque sabía cuánto amaba Pauro el guiso que Liinguia elaboraba, con esa mezcla intensa de verduras frescas y especias intensas, que envolvía el comedor entero cuando salía de la cocina de la posada…

y del que se decía que despertaba los mejores recuerdos de la infancia en cualquiera que lo probara.

Y también sabía algo más…

Sabía que el viejo no dejaba de recomendar ese guiso a cualquiera que se le cruzara en su camino…

y lo hacía con un entusiasmo de niño tan alegre, que levantaba el dedo en el aire señalando hacia la posada una y otra vez…

incluso solía decir que Liinguia cocinaba como si los propios dioses fueran titiriteros que nadie más veía…

y ella una marioneta movida desde los cabellos bajo su gorra de cocinera.

Y ahora…

Ahora esa misma mujer gritaba para verlo arder.

Por eso Cilias sintió cómo la tristeza le apretaba todavía más el corazón al verla allí…

entre la multitud enfurecida… con el cucharón alzado, como si fuera una antorcha improvisada…

y la voz cargada de un odio que no terminaba de parecer propio…

exigiendo sin vacilar que el anciano, aquel mismo hombre que tantas veces la había ayudado… simplemente muriera.

Parecía que el mundo no olvidaba a Pauro de golpe… sino que lo hacía despacio… sin darse cuenta.

Porque en Gevas… como en todos lados… la gratitud seguía viva hasta que el miedo decidía que ya no convenía recordarla.

—¡Madre, basta! —le gritó a Liinguia su hija, abriéndose paso entre los cuerpos hasta plantarse a su lado… con los ojos inundados de lágrimas y las manos buscando los brazos de su madre para detenerla.

Cilias ahora miraba a ambas desde lejos, aunque sin escuchar una sola palabra de lo que ocurría entre ellas…

porque la distancia y el estruendo de la muchedumbre se tragaba lo hablado…

pero ella sabía que esa era la hija a la que Pauro le había llevado la milagrosa hierba, que consiguió salvarla de la fiebre, apenas un mísero invierno atrás…

y por la que el viejo estuvo caminando toda una fría tarde bajo la nieve, buscándola entre los claros del bosque…

cuando todos los demás… habían jurado que ya no había nada más por hacer.

—¡No puedo! —respondió la cocinera, sin dejar de agitar el cucharón en el aire—. ¡Si no grito igual que ellos, dejarán de comprarme! —escupió las palabras con una mezcla amarga de vergüenza y miedo profundo.

Y su hija la miró en silencio.

Sin poder responderle.

Pero llena de esa mirada que no acusa, pero tampoco perdona.

Hasta que la cocinera se dio media vuelta, empujando espaldas con los hombros, y aplastada por un odio furioso que no encontraba dónde descargar… fue abriéndose paso para huir de allí.

Los demás… en cambio… no huían.

Y sus gritos… por supuesto… no callaban.

«¡Bestial!».

«¡Quemen al viejo!»

«¡Que muera ya!»