El viejo Pauro #6
Por eso solo consiguió estirar unas pocas zancadas, hasta que el agotamiento terminó por vencerlo…
y cayó de panza sobre el lodazal con un chasquido húmedo, que le hundió el rostro en el barro, hasta meterle fango incluso dentro de los ojos…
y rápido giró la cabeza con torpeza, escupiendo lodo entre arcadas, ya indistinguible del suelo que lo tragaba…
entonces allí supo que no podría levantarse por sus propios medios…
pero no porque su cuerpo no pudiera hacerlo…
sino porque ya no quedaba nada con qué ordenarle que lo hiciera.
Los Guardias de Lareon no hicieron nada.
Ni un paso.
Ni un mínimo gesto.
Permanecían inmutables formando ese amplio círculo de escudos… y mientras algunos mantenían los ojos fijos al frente, con esa rigidez de quien prefiere no ver lo que tiene delante… otros dejaban escapar una sonrisa más que satisfecha.
Porque Pauro ya no era asunto de los Salmones.
El Bestial ya pertenecía en exclusiva a los Níveos Custodios de la Fe…
Y estos Níveos Custodios se acercaron al viejo para levantarlo del barro, agarrándolo por los brazos y los hombros con esa misma firmeza inexorable de antes, y ya no quedaba rastro de blancura en las sotanas de esos fanáticos…
pues el barro les había manchado los faldones y la lluvia oscurecido las telas.
Pero había una pureza que no cedía, y seguía brillando en sus medallones de mármol blanco que colgaban pesados sobre sus pechos, suspendidos de gruesas cadenas de oro rojo que tintineaban suavemente al moverse…
y Albius no pudo apartar la mirada de aquello que recién entonces descubrió en ellos, porque reflejaban la luz gris del cielo y giraban de un lado a otro alrededor del abuelo de su amigo, formando una constelación enloquecida que parecía cerrarse sobre él…
y en cada medallón resplandecía el sagrado sol carmesí de siete rayos, remachado en el centro…
clamando esa promesa grabada a fuego en la carne, hacia los Dioses del Cielo.
Y Albius reconoció de inmediato los medallones, porque los había visto grabados con tinta en los libros del Maestro Elonio, siempre rodeados de advertencias solemnes…
pero verlos ahora, oscilando vivos sobre el pecho de esos hombres de blanco, mientras cerraban el círculo alrededor del viejo Pauro…
era una cosa completamente distinta a cualquier página…
porque en las páginas no giraban… no tintineaban…
no atrapaban la luz gris del cielo, para devolverla convertida en algo que se parecía demasiado a una sentencia…
y Albius comprendió al fin lo que estaba presenciando.
¡Era el temido Sol Carmesí de los Siete!
Y un escalofrío le recorrió la espalda, con esa certeza brutal que ya no necesita confirmación… y supo sin necesidad de más pruebas, que al abuelo de su amigo lo aguardaba un destino del que nadie regresaba.
Las botas de los Custodios de la Fe se hundían pesadamente en el lodo, y los pies del anciano iban arando la tierra al ser arrastrados…
y Pauro intentaba plantarlos, clavando los talones con lo poco que le quedaba de vigor…
pero el barro no le ofrecía nada a lo que aferrarse, y los surcos que abría su cuerpo al pasar, la lluvia no tardaba en volver a cerrarlos.
«Arrastrados».
Así bautizaban a estos pecadores por una razón tan literal como cruel…
porque simplemente, eso es lo que eran… cuerpos llevados sin paso propio, rozando el suelo como fardos que un pueblo entero juzgaba indignos de cualquier otra cosa…
pues jamás en toda la historia conocida de Nordaar, se supo de un prisionero de los Custodios de la Fe que subiera por voluntad propia al Carromato del Juicio…
porque, claro… nadie caminaría consciente hacia ese infierno del puro.
Y siendo evidente que Pauro no sería el primero en hacerlo, para entrar así en los libros de historia…
los de blanco, aunque el barro ya les había quitado el derecho a ese nombre, afirmaban sus manos en los brazos del prisionero con renovada brutalidad, y arrastraban al anciano clavándole los dedos hasta dejarle marcas rojizas…
unas marcas que esta vez la lluvia no alcanzaba a borrar.
Pero cuando llegaron ante las puertas del carromato y se dispusieron a alzarlo… la vitalidad del viejo regresó a su cuerpo igual a una llamarada tardía, y un rugido ronco escapó de su garganta gastada, aferrada a una última esperanza salvaje.
¡El viejo Pauro no se rendía!
Y desesperado como nunca, comenzó a forcejear…
a patalear sin orden ni control… a manotear con torpeza contra las manos que lo sujetaban…
a escupir sangre contra el destino que se cerraba sobre él…
a maldecir con palabras que jamás había pronunciado…
ni siquiera en los rincones más oscuros de su pensamiento.
¡Incluso lloró!
Lloró con un llanto agudo, desgarrado desde el alma, igual que el chillido de un niño al que le arrancan el mundo de golpe… sin explicación ni consuelo.
Pero entonces un puño se hundió con saña en sus costillas.
Con un golpe seco.
Brutal.
Y le arrancó el aliento de golpe… junto con aquello que todavía lo había mantenido de pie hasta ese momento, y que ahora se escapaba sin que Pauro pudiera hacer nada para retenerlo.
El destino acababa de cerrarle el camino…