Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) El viejo Pauro #5
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El viejo Pauro #5

Igual que fantasmas blancos deslizándose poco a poco…

y lo más perturbador no era su paso… sino que se movían como si el estruendo de la multitud no existiera…

como si nada de lo que ocurría a su alrededor les perteneciera…

porque ya habían hecho esto demasiadas veces…

aunque salvo uno… el más joven del grupo, que por un instante detuvo los ojos en el viejo Pauro con una expresión que gritaba asco del puro, antes de que el mayor del grupo le clavara una mirada y volviera a moverse…

y todo ese fantasmal movimiento expulsara algo que helaba más que la lluvia…

pues no exudaban solo violencia… sino la certeza de quienes creen con demasiada firmeza en lo que hacen.

Albius escuchó a su padre estallar otra vez, con una cólera que parecía gobernar cada sílaba que salía de su boca:

—Son unos traidores, todos…

—¡BLEDON, POR FAVOR! —Cilias lo cortó con un grito tan cargado de desesperación, que al chico le atravesó el alma, y fulminó a su marido con una mirada… que le suplicaba que no diera ese paso del que quizá ya no se vuelve.

¡Pasar desapercibidos! , se recordó Bledon, y se clavó el puño contra el pecho, no una vez…

sino tres… castigándose por su propia imprudencia…

y después bajó la cabeza… vencido por una culpa que le hundía los hombros, hasta hacerle sentir por un instante, que cargaba sobre ellos el peso del carromato entero.

Se oyó «¡Quémenlo!» por millonésima vez entre la multitud, mezclado con el repiqueteo constante de la lluvia, y en un descuido de su madre…

Albius logró asomarse por detrás de su espalda, y vio por primera vez a aquellos recién llegados…

con el horror deteniéndole algo dentro, antes incluso de entender qué estaba mirando.

Porque los pensamientos del chico se ahogaron de golpe, incapaces de procesar por completo todo aquello que sus ojos registraban…

y ya no lograba abarcar la escena completa…

solo conseguía retenerla por fragmentos…

en restos sueltos… que formaban pedazos inconexos de una realidad que parecía deshacerse delante de él.

En su visión, todo comenzó a flotar dentro de un tiempo espeso, donde la multitud se movía con una lentitud antinatural, igual que figuras atrapadas en algo semejante a miel…

y las gotas caían aún más despacio, suspendidas en el aire como cuentas de cristal…

y los guardias aullaban órdenes que no producían sonido alguno, pareciendo estatuas talladas en piedra con la boca abierta…

y en medio de esa quietud imposible, él empezó a percibir las cosas una por una…

enumerándolas dentro de su cabeza, en una lista que comenzaba a escribirse sola…

Aparecieron seis Custodios de la Fe.

Acercándose casi flotando al prisionero.

El viejo Pauro gritaba, desesperado…

Vestían completamente de blanco en un mundo de grises.

Llevaban gorros triangulares y exageradamente altos… apuntando al cielo de sus dioses.

Encumbraron los brazos hacia ese infinito ahora tapado de nubes, con sus ojos cerrados.

El viejo Pauro gritaba, enloquecido…

Los Custodios de la Fe alzaron al unísono la voz sobre esos gritos.

—¡Juramos un mundo de Sangre Pura!

Y Albius escuchó a la multitud repetirlo a coro… menos unos pocos.

Dos Custodios de la Fe lo sujetaron por los brazos.

Otros dos fueron a colocarse por delante.

El viejo Pauro gritaba, resignado…

Los últimos dos ocuparon su lugar por detrás.

Encerrando en un círculo al Bestial.

Los seis se mantuvieron inmóviles como columnas blancas.

El viejo Pauro dejó de gritar…

Y ahora solo gemía.

Derrotado.

Albius parpadeó.

Y absolutamente todo recuperó su velocidad.

Ya no más figuras atrapadas en la miel, ni cuentas de cristal en el aire, menos aún los guardias convertidos en mudas estatuas de piedra… todo se movía otra vez… y avanzaba con una brutalidad completamente real.

Fue entonces en ese regreso cuando el chico notó a uno más, a un séptimo de esos infames Níveos Custodios, aguardando detrás del carromato, con una calma espiritual llena de convicción, de pie frente a la puerta enrejada y con sus dedos largos descansando sobre el cerrojo…

muy dispuesto a abrirlo de par en par, para que la jaula se trague al nuevo infiel.

¡Al nuevo Arrastrado que debía ser depurado!

A esa altura… lanzar alaridos ya no tenía sentido para el viejo…

así que… bueno… hizo lo único que todavía podía hacer, y empezó a sacudir los brazos y las piernas con una violencia desesperada, salpicando barro en todas direcciones igual que un animal atrapado en una trampa, y sus movimientos eran torpes, casi convulsos…

sin embargo, en medio de ese caos, y con una fuerza que ya no debería tener y que se negaba a rendirse…

sus codos y rodillas encontraron ángulos imposibles, hasta lograr zafarse del agarre de los Custodios de la Fe.

Haciendo que un murmullo recorriera la multitud.

Y Pauro dio un paso…

Luego otro.

Sin saber adónde…

Sin importarle adónde…

Solo mantenía los ojos buscando algo entre la multitud…

Una cara benévola.

Una mano tendida entre tanto odio.

Cualquier cosa que no fuera ese círculo blanco cerrándose detrás de él.

Solo intentaba huir, salir de allí… volver al pasado.

Sus piernas apenas le respondían.

Aun así avanzaba tambaleante, con los brazos abiertos buscando equilibrio como podía… mientras sentía que la tierra entera estaba tomada por un temblor persistente que primero lo hundía, y luego lo rechazaba en cada paso.