Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) El viejo Pauro #4
38%

El viejo Pauro #4

Ni bien la multitud estalló en ovaciones salvajes, al prenderse esa chispa sombría que llevaba demasiado tiempo conteniendo…

y entre la multitud, una mujer lloraba de emoción, con las manos apretadas contra el pecho como si estuviera rezando…

un poco más allá, un hombre mayor levantaba a un niño pequeño sobre los hombros, para que pudiera ver mejor…

también desde varios puntos de la calle, muchos aplaudían con los ojos brillantes, con esa expresión de satisfacción que solo tiene la gente que cree estar del lado correcto…

hasta se llegó a oír una voz entre la multitud gritando algo al cielo que sonó a gratitud, como si el pueblo entero acabara de ser salvado de algo infernal…

y entre los cuerpos apretados, una mano alzaba una enorme estatua metálica del poderoso Lameno, el Dios de la Guerra, hacia el cielo…

sosteniéndola con una devoción convencida de que lo que acababa de ocurrir, era exactamente lo que los dioses habían querido…

incluso algunos Guardias Salmones, se unieron al tétrico festejo golpeando el asta de sus lanzas contra los escudos…

con un estrépito metálico, que marcaba el ritmo de esta infame celebración.

¡Clang!

¡Clang!

¡Clang!

Y mientras el eco retumbaba bajo la tormenta, todos parecían deleitarse con la visión del viejo expulsando barro y sangre por la boca, e intentando ponerse de pie, solo para volver a caer una…

y otra… y otra vez, mientras sus rodillas debilitadas se doblaban bajo el peso miserable de seguir sosteniéndolo.

Los truenos azotaban el cielo al mismo compás que los insultos.

Y entre los relámpagos y la lluvia que no cedía, las carcajadas crueles de la multitud no dejaban de estallar con cada nuevo tropiezo de Pauro.

Albius intentó asomarse nuevamente por debajo del brazo de su madre, buscando un hueco por donde colarse para ver lo que ocurría afuera… pero esta vez Cilias no le dio espacio alguno… y se mantuvo rígida… del mismo modo en que lo había hecho aquella otra vez, frente a la serpiente del granero.

Así que el chico no podía ver el exterior.

Pero bien que podía oír los gritos de su padre… que le llegaban cargados de una furia áspera, hecha de palabras que jamás le había escuchado pronunciar.

Algunos desde la calle gritaban… «Bestial».

Entonces su padre respondía con insultos que Albius no alcanzaba a comprender del todo.

Otros desde la calle aullaban… «quémenlo».

Y Bledon no lograba entender cómo esa gente, vecinos de Pauro de toda la vida…

hombres y mujeres con quienes el viejo había compartido cosechas enteras, jornadas de trabajo bajo el sol, festivales alegres donde el pescado asado junto al vino corría libre, y las risas no necesitaban pretexto…

podían ahora entregarse a una crueldad tan desnuda, contra ese anciano que tantas veces los había ayudado sin pedir nada a cambio.

Y aun así le gritaban…

¡Y seguían gritándole sin descanso!

El cazador sentía la impotencia arderle dentro del estómago, mientras observaba la escena con la mandíbula trabada y los antebrazos tensos… hasta hacerle doler los hombros.

Quería intervenir.

Cada fibra de su cuerpo le exigía avanzar.

Romper el cerco.

Empujar los escudos.

Lanzar a alguien contra el barro.

Hacer cualquier cosa antes de que aquello cruzara un punto del que ya no se vuelve.

Y se decidió a hacerlo… ya teniendo el pie despegándose del suelo… y abriendo la boca.

Aunque también sabía lo que le ocurriría si daba tan solo un pequeño paso de más… ya que cruzar ese perímetro lo llevaría directo al calabozo… a noches húmedas sin luz… a interrogatorios que no dejaban huesos enteros.

O a algo peor…

Algo cuyo nombre prefería no pensar siquiera.

Pero entonces Pauro cayó al barro otra vez… y algo en Bledon se tensó hasta el límite… y el pie volvió a despegarse… y la boca a abrirse.

Entonces una pregunta sombría se le clavó en la mente, y el miedo que llegó detrás de ella, fue peor que la rabia.

Porque si él caía también…

¿Cuánto más podría cargar Cilias sola… antes de quebrarse?

Aun así tenía que dejarlo salir.

Necesitaba arrojar esas palabras al aire.

Que todos las oyeran.

Tenía que expulsarlo antes de que esa rabia… que volvió a ser más grande que el miedo, que la cautela misma… terminara pudriéndole algo por dentro.

Porque era más grande…

Sí.

Pero no más inteligente.

Solo más grande.

Y por eso lo hizo…

—¡Traidores! ¡Todos comieron de su red alguna vez!

—rugió, golpeando la columna del pórtico con el puño, arrancándole a la madera un temblor sordo, que se propagó por todo el techo—.

¡Todos ustedes! ¡Es Pauro el que está ahí tirado en el barro!

¡Es uno de nosotros, maldita sea! —continuó Bledon gritando, señalando a la multitud con un dedo tembloroso, mientras sus ojos negros no parpadeaban.

Pero a nadie le importó lo que un simple cazador podía decir.

Es más…

De entre esa masa compacta de cuerpos… alguien arrojó una piedra que describió un arco torpe bajo la lluvia, hasta estallar con un chasquido seco contra el hombro del viejo, justo en el momento en que sus rodillas temblorosas lograban por fin sostenerlo.

Y Pauro volvió a tambalearse…

Al parecer la fortuna no jugaba a los dados esa tarde… pero aun así encontraba maneras igualmente crueles de divertirse.

—¡Cállate tú, cazador de cuarta! ¡El viejo es un maldito demonio! —oyó Albius, un grito surgido desde algún punto invisible de la muchedumbre.

—Sí, ¡deberían quemar vivo al viejo ya mismo! —siguió otra voz cargada de un aborrecimiento tan denso, que parecía arrastrar otras gargantas detrás de ella.

Y eso fue exactamente lo que ocurrió.

Pues muchos comenzaron a asentir con fervor.

Y las cabezas se agitaban.

Las voces se sumaban.

La histeria crecía.

Entonces empezaron a pedir troncos…

Y alquitrán.

¡Una hoguera!

La locura les exigía levantarla allí mismo, en mitad de la calle, y nada les importaban los charcos ni la lluvia que seguía cayendo sin descanso… como si el fuego pudiera prender incluso bajo aquel diluvio obstinado.

Bledon retrocedió un paso…

Vacilando.

Porque de pronto recordó una historia… esa que también supo recordar Landion en la mismísima Tierra Muerta, de aquel niño apenas más grande que Albius, en un pueblo cercano, donde la turba se adelantó a los Níveos Custodios… y las llamas vivas hicieron el resto.

¡Se había dejado llevar por la rabia!

Esa nada inteligente…

—¡Cálmate! ¡Por favor, cálmate! —le suplicó Cilias, con la voz quebrada por el miedo, y aferrándolo de los brazos.

Entonces su marido sintió un impacto helado, que no venía de las gotas de lluvia golpeando su rostro… sino más bien fue el golpe súbito de reconocerse desde afuera… y en ese sacudón comprendió la gravedad de su error.

Porque no podían convertirse en el foco de todas esas miradas.

Menos en un momento como este…

¡Su familia debía pasar desapercibida!

Moverse por el mundo sin llamar la atención…

sobre todo la de ellos… caminar como sombras entre sombras en una oscura noche sin luna, para que nadie sospeche…

sobre todo ellos… sin dejar rastro que justificara una mirada de más…

y sin embargo, allí estaba él… rugiendo contra la multitud enfurecida, y marcándose como una antorcha encendida…

llamando la atención justamente de aquellos infames de blanco.

Y arrepentido, rodeó a su esposa con los brazos y la apretó contra su pecho, porque los dos necesitaban sentir que el otro seguía entero…

aunque ninguno lo estuviera del todo… y Albius seguía detrás de su madre…

sin alcanzar a dimensionar aun con sus nueve Llamas, lo que realmente estaba ocurriendo…

entonces de la nada, unos nuevos alaridos del viejo Pauro le calaron las tripas.

El anciano había logrado ponerse de pie otra vez, pese al temblor desesperado de sus piernas…

pero otro piedrazo le golpeó la espalda con violencia, arrancándole un grito áspero…

y aunque esta vez consiguió mantenerse erguido, quedó doblado sobre sí mismo…

frotándose el omóplato ardiente con una mano temblorosa.

Y entonces comenzó a ocurrir algo peor.

Cuando el trío de Salmones se retiró para ampliar el cerco de escudos, abandonando a Pauro en mitad de la calle… y desde ese instante, todos los Guardias de Lareon le dieron la espalda al viejo, alineándose hombro con hombro, para formar una muralla compacta de armaduras de acero y capas liláceas.

Una barrera que siempre tuvo un único propósito… y ese propósito acababa de cumplirse.

Pues el protagonismo ya no les pertenecía a ellos… sino que ahora pasaba a los extraños que habían llegado junto con el carromato.

Y Pauro sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Porque se quedó solo en el centro de ese círculo.

Como un pez arrojado sobre las tablas húmedas del puerto.

Y lo único que pudo hacer fue gritar.

—¡No! ¡Piedad! ¡Piedad! ¡No dejen que me lleven!

—se limpió la sangre de la boca con el dorso de la mano, con ese terror profundo de quien sabe exactamente lo que viene— ¡Ellos no, por el amor de los Dioses del Cielo!

¡Ellos no! —clamaba… y quizá lo más extraño no era oírlo suplicar…

sino oírlo nombrar a aquellos que siempre había considerado demasiado inútiles…

pero cuando el miedo llega así de hondo… hasta los ateos recuerdan sus nombres.

Sobre el barrial, la gente no dejaba de vitorear.

De gritar.

De agitarse con una euforia febril, levantando los puños hacia el cielo gris.

¡Aclamaban sin descanso!

Acompañados de palmas, que comenzaron a golpear unas contra otras con un estruendo salvaje, justo cuando los recién llegados comenzaron a moverse.

Y entonces emergieron, desde esa fila que formaron pacientes detrás del carromato… con esa calma que solo tienen quienes no necesitan apurarse, porque saben que aquello que buscan ya no puede ir a ningún lado.

Avanzaban lentos.

Muy silenciosos.