Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) El viejo Pauro #3
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El viejo Pauro #3

—¡Pesqué con ustedes setenta Ciclos! —aulló Pauro hacia el pueblo entero, con una incredulidad que buscaba una explicación que nadie le ofrecía—. ¡Setenta Ciclos! ¿Y ahora soy un Bestial?

Su voz quebrada se estrellaba contra la muchedumbre.

Pero nadie la recogía…

Nadie la devolvía.

Salvo una mujer mayor, cerca del borde de la multitud, que bajó los ojos al oírlo… y apretó los labios con fuerza sabiendo que no podía decir nada… ni tampoco hacer algo.

Y luego de llevar ya un largo viaje, y de toda esa ansiedad que el pueblo fermentó durante Pulsos que se les hicieron interminables…

al fin los Bueyes de Fuego comenzaron a detenerse, clavando las pezuñas en el barro con el peso de lo irrevocable…

y resoplando nubes de vapor, que se abrían en el aire frío como soplos de una fragua.

Las cadenas tintinearon con un último tirón fatigado, después de un crujido extenso que rasgó el aire… y luego se oyó el último chirrido agudo de las ruedas, haciendo que se hundieran apenas un poco más en el barro… hasta que llegó ese póstumo golpe definitivo de la madera al detenerse.

El Carromato del Juicio quedó inmóvil.

Y durante un instante lleno de una incomodidad extraña, y casi reverencial… el murmullo del pueblo pareció contener el aliento.

Los Salmones que custodiaban al viejo lo pusieron de pie de un tirón brusco, y al soltarlo…

se limpiaron el barro de las manos en los pocos huecos de ropa limpia que todavía sobrevivían sobre el prisionero, con ese gesto despreocupado y mezquino que no parecía un acto práctico…

sino un insulto, que dice sin palabras que este viejo ya no era más que un trapo.

Pero la mente de Pauro ni siquiera pareció notar este nuevo desprecio… y si lo notó… ya no le quedaba nada con qué responder… además se mantenía luchando con sus músculos entumecidos por tantos golpes, que le negaban incluso la dignidad mínima de equilibrarse sobre el lodazal.

Intentó sostenerse…

Pero no pudo.

Entonces resbaló, y el lodazal lo recibió con una primera caída torpe…

Y algunos ya reían…

Los guardias lo volvieron a alzar sin paciencia, sacudiéndolo con brusquedad por los brazos.

Y el viejo intentó otra vez sostenerse.

Pero resbaló en una segunda caída torpe…

Las risas estallaron.

Y lo levantaron otra vez.

Tercera caída torpe.

Ahora las risas eran muchas más…

Cuarta.

Y entonces las risas ya no parecían reconocibles, sino una especie de oleaje histérico que iba y venía por la calle entera.

Para la quinta caída torpe, casi nadie podía siquiera contenerse… incluso algunos se doblaban sobre sí mismos convulsionando por la risa… y muchos señalaban con gestos exagerados de brazos y manos… mientras otros, escupían con desprecio entre carcajadas grotescas.

Y entre toda esa masa de cuerpos, había uno que no reía.

Solo miraba.

Con los ojos húmedos.

Sin poder irse.

Y sin poder quedarse.

Para ese momento las burlas crueles gobernaban el aire, entre las muecas de dolor del viejo y esos gemidos ahogados que su respiración rota apenas conseguía dejar salir…

y todo esto descendía hasta el lugar más recóndito de Cilias, removiendo algo muy antiguo que dormía en ella…

algo que tenía la forma exacta de otra tarde…

de otro Carromato del Juicio… y Cilias lo odiaba…

odiaba sentirlo despertando de nuevo… porque cada vez que lo hacía… tardaba más en volver a dormirse.

A Bledon en cambio, la escena le estrujaba las venas igual que si una mano invisible se las apretara desde dentro, y permanecía allí…

a un lado de su mujer… con el cuerpo rígido como una columna…

con los puños cerrados hasta blanquear los nudillos…

y la mandíbula tan apretada que le dolían los dientes…

obligado a observar aquello que no podía impedir…

y cada caída del viejo al barro le arrancaba algo de adentro…

algo que no tenía nombre, pero que se parecía demasiado a la vergüenza…

no a la suya… sino la de un mundo que permitía esto sin pestañear.

También a Albius lo afectaba… por supuesto.

Aunque quizá de una forma distinta.

Quizá de una forma que solo revelaría su verdadera profundidad mucho tiempo después… porque hay cosas que no se procesan en el momento en que ocurren… sino que se instalan en silencio, en algún lugar oscuro y sin nombre, y esperan y crecen…

El chico cerró los ojos con fuerza… volviendo a refugiarse en ese limbo oscuro al que a veces escapaba, cuando el mundo se volvía demasiado grande para poder soportarlo… y donde por un instante, todo dejaba de existir… absolutamente todo.

Las carcajadas violentas seguían inundándolo todo, y en el mismo momento en que Pauro al fin lograba sostenerse sobre sus propios medios, el cuerno volvió a sonar para anunciar el arribo formal del Carromato del Juicio… pero esta vez lo hizo arrastrando la nota musical de llegada.

La que sonó más larga que todas las anteriores.

Más gutural también.

Más… pesada.

Un sol, sol, mi, do, do… que descendió sobre la plaza con una solemnidad sofocante.

Demasiado cerca.

Demasiado fuerte.

Demasiado viva para el chico aterrado que temblaba contra el cuerpo de su madre… aun con los ojos cerrados.

La muchedumbre se encontraba enloquecida hasta el punto de rozar lo absurdo, como si la melodía final del cuerno hubiese despertado una feroz fiebre en ellos…

y los vítores estallaron desde el mismo instante en que la tonada se extinguió…

dejando una excitación brutal que solo nace cuando una multitud deja de contenerse, y se abandona a aquellos instintos más oscuros.

Y ese caos tan predecible como inevitable, estalló en una ola de empujones y codazos golpeando a la altura de los hígados y de golpes irascibles y maldiciones escupidas a media voz…

mientras muchos se abalanzaban hacia adelante, procurando atrapar un lugar mejor, desde donde presenciar el espectáculo trágico que todos aguardaban con una ansiedad religiosa.

Pero los guardias se plantaron firmes.

Con sus escudos al frente…

Y sus lanzas cruzadas.

Hasta formar una barrera compacta que parecía tan infranqueable, como aquellas murallas negras del Anillo en la Tierra Muerta… y con esa disciplina pétrea, lograron contener un descontrol que amenazaba con volverse sangriento.

Los cuerpos chocaban contra el muro de hierro de las lanzas y el muro de madera de los escudos.

Las lanzas no cedían.

Los escudos menos aún…

Uno de los Salmones tenía vómito seco endurecido sobre la bota, que la lluvia ya no conseguía disolver del todo, y otro apretaba la mandíbula con tanta fuerza, que el músculo le temblaba bajo la piel… igual que si algo dentro de él estuviera luchando por romper aquella máscara de obediencia.

Porque no todos disfrutaban lo que hacían.

Aunque todos obedecían por igual.

Y en el centro de todo aquello… y siendo el eje miserable sobre el que giraba la escena entera… el viejo Pauro permanecía de pie junto al carro prisión.

O al menos lo intentaba…

Porque su cuerpo se balanceaba de un lado a otro, ya incapaz de hallar equilibrio sobre unas piernas que casi no le respondían… y con ambos ojos anegados de lágrimas color sangre, apenas lograba enfocar la enorme mole de madera y acero fundido que se alzaba ante él.

Aunque no necesitaba verla con claridad… y tal vez una pequeña parte de él agradecía que fuera así, porque mientras no la viera del todo… todavía podía fingir que era otra cosa.

Ya que conocía demasiado bien lo que era.

—¡Ahora eres propiedad de los Custodios de la Fe!

—gritó el Capitán Nender de aquel trío de Salmones que lo inició todo, con una voz que cortó el aire con filo de sentencia…

y enseguida le hundió la bota en la espalda al viejo, lanzándolo al suelo y enterrándole el rostro de lleno en el barro asqueroso del camino…

que se le metió hasta el fondo de la boca como una masa fría y amarga, que le revolvió el estómago.

Pauro escupió.

Escupió con furia… dando arcadas violentas que le sacudían el pecho, intentando expulsar aquel fango que le raspaba la garganta… pero estas convulsiones eran poca cosa, frente al dolor brutal del golpe.

Y aún más aplastante, resultó el peso de las palabras que acababa de oír.

Porque sabía que escucharía esa sentencia.

Lo había sabido durante mucho tiempo.

Con esa certeza sorda que no necesita gritar, para nunca callarse.

La había oído herirle el corazón otras tantas veces, cuando fue lanzada por las calles de centenares de otros pueblos como un presagio maldito… antes de llevarse con la misma furia a otros incontables Arrastrados.

Pero ahora había sido pronunciada para él.

Y eso significaba que el Juicio de la Fe había venido a buscarlo.

Todo aquello que había temido durante su vida.

Cada sombra que eligió ignorar.

Cada pensamiento oscuro que apartó antes de dormirse.

Ahora… bajo esa lluvia fría… se le volvía tan real, como el barro en la garganta.

La sentencia cayó sobre la plaza con la contundencia de un veredicto que nadie iba a apelar… ni tampoco habría quién pudiera hacerlo.

Y con esa inflexible palabra llegó algo peor.

La peor alegría oscura.