Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) El viejo Pauro #2
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El viejo Pauro #2

Y Albius no supo qué hacer con eso y parpadeó un par de veces confundido, justo cuando el buey más cercano, que avanzaba entre esa muchedumbre que iba cediéndoles el paso, giró lentamente la cabeza para mirarlo de frente, con esos ojos refulgentes igual que hierro al rojo vivo, y por un instante que pareció más largo de lo que fue…

el chico y el animal se sostuvieron las miradas, hasta que algo lo arrancó de golpe de ese instante…

algo que no tenía nada que ver con la belleza feroz que sentía por esos animales, ni con aquellas voces extrañas que también…

¿sentía de esos animales?… cuando un penetrante olor acre alcanzó su rostro de golpe…

un olor muy parecido a aquel hedor, que habían tenido que soportar cuando encontraron al ciervo muerto en el bosque con su padre, y lo golpeó de lleno como una bofetada invisible…

revolviéndole el estómago y obligándolo a abrir la boca para tomar aire.

Porque ese olor no venía del barro.

Ni de la lluvia.

Tampoco de ese vaho salvaje de los animales… que a él le había iluminado el pecho, mientras paralizaba a muchos en la muchedumbre.

Este olor acre venía de un poco más atrás de los Bueyes de Fuego… precisamente de aquello que venían arrastrando.

Y así hizo su presentación… el Carromato del Juicio.

Emergiendo desde detrás de los poderosos Bueyes de Fuego, una vez que el carromato alcanzó el claro que los Guardias Salmones habían ido ensanchando a fuerza de lanzas y escudos…

y ya sin una muralla de cuerpos delante que le negara la vista, Albius logró verlo al fin…

mientras avanzaba con ese ruido pesado de cadenas tensas, de madera crujiendo bajo su propio peso, y de ruedas que aplastaban el barro con una lentitud deliberada…

y apareciendo igual que un espectro surgido de algún lugar del que jamás debería haber salido, pues traía consigo un infierno rodante, que no necesitaba llamas visibles para despertar espantos.

Albius sintió los dedos de su madre clavándosele en la cintura como garras, y la intención de ella no fue únicamente sostenerlo…

sino casi impedir que él saliera corriendo…

y luego el chico vio las barras oxidadas del carromato, cubiertas por manchas irregulares de herrumbre oscura que parecían sangre seca…

de hecho… ¡quizá hasta lo eran!… y después llegaron a sus ojos unas manos ennegrecidas aferradas a los barrotes desde dentro…

unas manos que asomaban entre el hierro ya sin fuerza alguna, con esa flacidez muda de quien lleva demasiado tiempo dejando de resistirse.

El interior del Carromato se perdía entre las sombras, devorado por una oscuridad espesa, que no permitía distinguir qué más había allí dentro…

y esa oscuridad que se tragaba los cuerpos de esas manos fue quizás lo más aterrador de todo…

entonces preso de la desesperación al ver aquello que los Bueyes de Fuego arrastraban a través del pueblo…

bajó saltando de la baranda sin calcular la altura ni el barro de las tablas del pórtico, y cuando aterrizó…

las piernas le fallaron y tropezó consigo mismo, agarrando a su madre del brazo por puro reflejo para no caer.

Cilias lo contuvo envolviéndolo con ambos brazos, y sintió cómo ese cuerpo delgado temblaba pegado al suyo, ya rendido al frío de la lluvia, que le había calado hasta los huesos.

O tal vez no era por la lluvia.

Tal vez era otro frío.

Uno más hondo.

Más traicionero.

Uno que no venía del agua ni del otoño.

Entonces Albius se escondió detrás de ella, buscando ese calor que hasta ese Halo lo había protegido de todo…

aunque algo en él, ya empezaba a temer que quizás no podría con esto…

y cerró los ojos contra su espalda hasta que le dolieron los párpados, como si de verdad pudiera borrar el mundo de ese modo…

y con sus dedos buscó instintivamente la correa de la alforja, hasta encontrar la forma familiar del halconio a través de la tela, y lo apretó con toda la fuerza que sus manos pequeñas le permitían, aferrándose a ese objeto conocido como si fuera un ancla…

que pudiera devolverlo a ese momento exacto, en que todavía no vivió lo que ahora ya vivía.

Su corazón le golpeaba el pecho con una urgencia sin salida, y allí su madre lo miró con esa ternura que dice que sea lo que sea que exista ahí afuera, nunca tendrá que enfrentarlo solo…

y le habló en voz baja… pidiéndole que no se preocupara…

que respirara despacio… que tomara aire una vez y otra vez…

hasta que el pecho dejara de cerrársele y el mundo dejara de venírsele encima.

Luego le explicó, con una serenidad cuidadosamente armada pieza por pieza para no derrumbarse, que ella y su padre siempre lo protegerán, y que nada malo le ocurrirá mientras estuvieran con él…

pero aun si un Halo no los hallaba… aun si el mundo se volvía demasiado grande o demasiado oscuro, para unos hombros tan pequeños…

lo que quedó existiendo en este mundo y que también existe en otro mundo muy, muy lejano…

sabrá cómo encontrarlo y mantenerlo a salvo.

Ahí se detuvo apenas… en un silencio tan breve que nadie más habría reparado en él, bajo el bullicio desenfrenado de la calle…

y pensó para sí, con una obstinación casi feroz…

porque su madre necesitaba creer con una desesperación que no se permitía mostrar, que esta vez no sería diferente…

porque así se había comportado siempre, lo que decidió quedarse en este mundo, y así debía seguir siendo hasta el final.

Sí, así fue siempre … se dijo nuevamente, para sostenerse en esta verdad con los dientes apretados, confiando en que quienes cargaban con ese deber… no fallaran cuando más importara.

—¡Todo saldrá bien! —le recalcó con firmeza, apretándolo contra su pecho con una fuerza casi dolorosa…

y atravesada por ese deseo imposible de mantenerlo encerrado entre sus brazos por la eternidad…

para dejarlo fuera del alcance de todo aquello, que de una forma impúdica y constante, terminaba reclamándole lo que amaba.

Cilias se mordió el interior de la mejilla.

En ese gesto automático que siempre la traicionaba cuando mentía, y un hábito antiguo que su hijo todavía no había aprendido a reconocer…

Pero Bledon sí.

Albius volvió a abrir los ojos, y tuvo que parpadear varias veces, para ordenar de nuevo el mundo delante de él…

y Cilias entonces le dejó un beso suave en la frente, mientras pensaba que ya había perdido la cuenta de cuántas veces se oyó repetir…

y de cuántas otras había llegado incluso a creer con verdadera convicción…

que todo saldrá bien durante los últimos Halos.

Pero ahora…

Con ese carromato arribando frente a ellos… cargando unos barrotes que dejaban asomar unas manos vencidas desde las sombras, y con aquella sangre seca fingiendo no ser lo que evidentemente sí era… la frase adquiría de pronto, la obscenidad brutal de una mentira demasiado visible.

—¿Es una jaula el carromato, amá? —preguntó Albius, arrugando la frente—. ¿Van a poner al viejo Pauro ahí dentro? ¿A dónde lo van a llevar? —sus ojos se abrieron inmensos, clavándose en algo más allá del carromato— ¿Quiénes son… aquellos de blanco, amá?

El chico no lograba asimilar lo que estaba ocurriendo… porque todo había cambiado demasiado rápido para él… pasando sin contemplaciones de la fascinación absoluta que daba saltitos en el lugar… al golpe del pavor de una sangre que es y no lo es.

Su rostro brillaba con lágrimas en el borde de los párpados, y un miedo nuevo le apretó el pecho al pensar en el destino del abuelo de su mejor amigo, cuando volvió a mirar a los Bueyes de Fuego…

que apenas unos instantes antes lo habían desbordado de alegría, y que ahora ofrecían un espectáculo casi funerario, avanzando con esa gravedad paciente de unas bestias que cargan algo que pesa más de lo que cualquier lomo debería soportar…

mientras arrastraban detrás de sí aquella infame prisión de hierro y madera.

El Carromato del Juicio se exhibía con arrogancia… chirriando con cada giro de las ruedas, y marcaba su paso dejando unas hondas hendiduras en la calle, que seguramente terminarán cerrándose con el paso del tiempo… pero nunca volverán a sentirse intactas.

Sin duda, un sonido que en su aspereza levantaba escalofríos durante esa marcha inevitable, mientras los Guardias Salmones empujaban con los hombros y con el peso entero del cuerpo, para contener la arremetida del gentío…

y Albius, que todavía tenía los ojos húmedos, no pudo evitar notar algo que en otro momento le habría parecido gracioso…

porque se sentía casi absurdo, el ver que a los guardias parecía exigirles más esfuerzo controlar a la muchedumbre que dominar a esas propias bestias, que obedecían sin resistencia cualquier tirón firme de las riendas.

Y para estos representantes de la Casa Lareon, por fortuna la burocracia ya había sido resuelta por otros.

Aquella firma de documentos.

El sellado de legajos.

La confirmación de la identidad del prisionero.

En fin… todo ese sobrevivir al papeleo ya lo habían padecido esos otros Salmones, que consumían sus jornadas detrás de un escritorio sin barro en las botas… con las manos bien limpias… la espalda bien recta… y que probablemente dormían mejor.

Ahora estos guardias que sí estaban hundidos en el lodazal del mundo, solo debían imponer orden, contener al pueblo… y entregar al viejo a las manos de los recién llegados de blanco… y si todo lograba concluir bien… probablemente lleguen a dormir mejor también.

—¡Por favor! ¡Piedad! —clamaba el anciano con lo poco que le quedaba de pulmón.

Pero la gente se reía.

La gente lo escupía desde lejos.

Muchos gritaban… ¡traidor!

Otros tantos… ¡Bestial!

Y hasta uno aulló con una voz desgarrada por el odio… ¡púdrete en el abismo mismo, viejo sucio!