Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) El viejo Pauro
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El viejo Pauro

Custodios de la Fe

Pueblo de Gevas

Albius se inclinó aún más allá de la baranda de su cabaña, con los dedos blancos de tanto apretar la columna de madera oscura, e hipnotizado por el mugido profundo que comenzaba a retumbarle en las costillas.

Era esa llamarada incontenible que sus padres conocían de sobra…

esa misma que los había acompañado desde sus primeros Halos y que ahora los inquietaba cada vez más, ya que no conseguían apagarla ni con regaños ni con caricias…

y sabían, con esa certeza incómoda que solo ellos podrían tener, que lo peor todavía no había llegado, porque su hijo siempre parecía buscar más altura, querer más ruido… ¡perseguir más vértigo!

—¡Albius! —volvió a exclamar Cilias, y en su voz se mezclaban un enojo tenso y un miedo, que apenas lograba mantener a raya.

Y sobresaltada se lanzó hacia el chico, pero su marido la detuvo sujetándole las manos con un agarre suave, que fue cediendo poco a poco con una lentitud cargada de cariño.

—Déjalo, Cilias. Todo saldrá bien —le dijo, y aunque intentaba tranquilizarla, sus palabras sonaron también como algo que necesitaba repetirse a sí mismo, justo cuando sus dedos dejaron de rozarse.

Cilias lo miró con seriedad, con esos ojos que fulminaban sin necesidad de levantar la voz, y de mala gana se colocó a espaldas de su hijo, para atrapar cualquier movimiento imprudente antes de que terminara mal.

—Albius corre peligro —le expuso a Bledon frunciendo el entrecejo, y en un susurro cuidadosamente medido para que el chico no la oyera.

—Lo sé —respondió su marido, dejando caer la mirada sobre sus manos, mientras se masajeaba el hombro dolorido.

Bledon conocía muy bien esa mirada de su mujer…

la veía cada vez que ella hablaba de sus padres y pronunciaba el nombre del Carromato del Juicio, y entonces en sus ojos aparecía siempre aquella negativa silenciosa, que obstinada se cerraba sobre sí misma…

No. No otra vez. No. No. No me arrebatarán a Albius también. ¡No!

Cilias sujetaba a su hijo por la cintura y sentía bajo las manos los latidos desbocados de ese pequeño cuerpo…

y por un instante, le cruzó en las entrañas el frío preciso de saber que el miedo que sentía ahora, tenía la forma exacta del de entonces…

pero no dijo nada… solo permanecía allí, demasiado rígida para estar tranquila, y con los nervios vibrándole bajo la piel, sabiendo que las cosas podrían tornarse brutales a partir de este Halo…

y no deseaba que su hijo oyera más de lo necesario, ni que sus ojos alcanzaran más de lo que todavía le correspondía ver.

Pero Albius estaba absurdamente abstraído en lo alto de la baranda, aferrado a la columna con una emoción que le endurecía los brazos, contemplando a los dos animales de lomo tan alto como un legionario con los brazos alzados…

y estirándose de tanto en tanto sobre la madera, para ver por encima de las cabezas de la muchedumbre que se le interponían…

hasta que al fin, se le revelaron sus cornamentas desmesuradas balanceándose al ritmo pesado del avance, mientras sus patas gruesas como troncos aplastaban el barro sin prisa, sosteniendo aquel paso cansino bajo la lluvia, que anunciaba su llegada primero como una vibración, antes de convertirse en sonido…

y no oyó una sola palabra de aquello que sus padres se dijeron…

ni consiguió distraerlo ninguna otra cosa que el destino intentara imponerle.

Y parecía que el mundo se le había reducido exactamente a eso que veía… y a nada más.

Porque así de fascinantes eran estas bestias…

tal como prometían las páginas de aquel libro que había devorado al menos tres veces en lo del Maestro…

que las mostraban cubiertas por un tupido pelaje lacio de un naranja intenso, que en los dibujos siempre le había parecido exagerado, y que ahora…

bajo la lluvia que lo aplastaba sin conseguir apagarlo del todo, resultaba todavía más imposible de creer…

y coronando sus cabezas, se alzaban los famosos cuernos largos y ondulados de un rojizo radiante, que al verlos más altos que la bestia misma…

sorprendieron a Albius hasta hacerle recordar aquella primera vez que los vio delineados, y descubrió maravillado, ¡que ni siquiera entraban completos dentro de la página!

… y que también ahora frente a él, lucían tan encendidos que desentonaban con el entorno grisáceo que los rodeaba, hasta el punto de que incluso desde la distancia donde los admiraba…

el chico habría jurado sentir en el rostro un calor que en verdad no estaba ahí.

De pronto, Albius se inclinó tanto hacia adelante…

intentando vanamente descubrir, por encima de la muchedumbre, qué venía detrás de los animales…

que durante un peligroso parpadeo, sus pies dejaron de encontrar apoyo, y Cilias ahogó un grito y le clavó los brazos alrededor del torso, con esa fuerza materna, que solo aparece cuando una madre siente que el peligro acaba de saborear a su hijo.

Pero él ni siquiera lo notó.

Por la calle los animales sacudían las cadenas que los unían a ese carromato, que la muchedumbre aún seguía ocultándole a Albius, con el sonido metálico cayendo una y otra vez en una lentitud hipnótica…

y sin la menor duda, al chico le resultaron infinitamente más interesantes que esas versiones inmóviles trazadas en tinta, en los libros que el Maestro Elonio le revelaba en cada clase…

porque esto respiraba de verdad, y exhalaba un aliento espeso que se elevaba en nubes de vapor bajo la lluvia…

a la vez que observaban el mundo con esos ojos enormes y rojizos, encendidos con ese rojo denso del hierro recién salido de la fragua.

¡El Maestro Elonio tenía razón! , pensó maravillado, al recordar su voz rasposa, explicándole que las ilustraciones nunca capturaban la verdad completa…

y siempre le repetía que no hay nada semejante a plantarse delante de una bestia cualquiera, y sentir el suelo temblar bajo el peso de sus patas…

y sobre todo que los sonidos que emiten, no se pueden capturar en ningún trazo…

entonces, ¡hasta que no te atraviesan el pecho con sus bufidos o con sus rugidos!

… nunca llegas a conocerlos en esa verdadera magnitud que ninguna página jamás será capaz de contener.

¡Albius ardía de ganas, por contarle sobre este encuentro en la próxima clase!

Bueno, si es que habría una próxima clase…

Si es que algo volvía a parecer normal en el pueblo, después de todo esto.

—¡Bueyes de Fuego! —exclamó Albius, con la voz quebrándosele por la incredulidad… y extasiado por tener ante sí a esos animales ásperos y magníficos, que sabía habitaban los pantanos turbios de la extensa Ciénaga Escarlata.

¡Son enormes! , se dijo enseguida, con un entusiasmo tan desbordado que le hacía temblar las piernas.

Y sus dedos fueron de inmediato hacia la alforja, con ese movimiento urgente de una mano que parecía saber por sí misma que algo merecía ser atrapado…

buscando el cuaderno de tapas gastadas en el que intentaba atrapar los animales que encontraba, para conservar allí mismo…

en líneas torpes pero muy suyas cada detalle de esos largos cuernos encorvados, que parecían encenderse desde dentro…

porque si no lo dibujaba mientras los tenía delante, sabía que después solo le quedaría el recuerdo borroso de algo enorme y brillante…

y eso no alcanzaba… eso nunca le había alcanzado…

pero con su madre sujetándolo aún más firme de la cintura, y con una sola mano libre que apenas alcanzaba a rozar la tela de la alforja sin conseguir abrirla, no tenía manera de lograrlo…

y por un instante, esa imposibilidad le dolió casi tanto como si las bestias ya se hubieran ido.

Por el centro de la calle, los Bueyes de Fuego avanzaban con bufidos y mugidos graves, con un paso rítmico que no admitía apuro, mientras sus patas gruesas como troncos se hundían y levantaban barro bajo cada pisada pesada…

y había en ese avance lento algo cercano a una procesión solemne, como si los animales supieran de alguna manera imposible de nombrar…

el peso simbólico de aquello que arrastraban, sobre las ruedas del carromato.

¡Nunca vi cuernos tan brillantes! , pensó Albius con un asombro que no encontraba por dónde salir, y los saltitos en el lugar le empezaron solos, como si la energía que lo atravesaba necesitara escapar por los pies…

mientras su madre lo equilibraba con manos firmes y pacientes, sujetándolo no solo para que no se cayera…

sino para evitar que terminara entregándose entero a ese fervor.

Los bufidos y los mugidos resonaban en el pecho del chico, con una fuerza que le hacía vibrar el aire en los pulmones…

y aquellos retumbos crecían con cada paso que aproximaba a las bestias, hasta el punto de ya no estar seguro de si era el suelo el que temblaba…

o si el temblor había empezado dentro de él.

Pero de pronto, Albius percibió un sonido extraño saliendo de esos Bueyes de Fuego.

Algo que no era solo un mugido.

O al menos, no sonaba igual que antes… y no supo si era porque ahora ya estaban más cerca del viejo Pauro, o porque algo dentro de él había cambiado sin pedirle permiso.

Pues ahora sentía una profundidad distinta en aquello que expulsaban desde sus gargantas, que no se agotaba en el oído…

sino que seguía viajando más adentro… y allí, en ese lugar oscuro y sin nombre, estos extraños mugidos empezaban a rozar una forma…

y una parte silenciosa dentro del chico comenzó a comprenderlo…

Pesado.

Escuchó una voz grave en su cabeza con una nitidez implacable, desde algún lugar que no lograba reconocer.

Cansado.

Emergió otra con un tono abatido… y también desde un lugar igual de desconocido.