Mugidos #6
Tercero… un Salmón dejó de empujar a la costurera del pueblo con el escudo, lo hincó en el barro como quien levanta una pared…
y por primera vez desde que había descendido de la atalaya, abandonó su puesto para ir por ese niño que tenía a la vista, con su rostro enrojecido y sollozando con los pulmones desbordados, entre cuerpos que para su pequeño tamaño, ya habían dejado de parecer personas, para transformarse en gigantes sin forma…
y ni bien lo alzó con facilidad, el niño ni siquiera lo miró…
aunque sintió de inmediato ese cuerpito tembloroso aferrándosele al cuello con una fuerza desesperada…
y buscó a la madre con la mirada, a quien conocía de siempre, y a quien localizó enseguida entre la multitud…
pues a veces, algo dentro de uno sabe exactamente dónde encontrar aquello que busca…
y se abrió paso entre esa muchedumbre comprimida…
que por una vez, retrocedió sin que hiciera falta pedírselo…
como si el ver a un hombre de hierro cargando algo tan blando, les recordara de golpe que también ellos habían sido eso alguna vez…
y al llegar al fin a esa madre le entregó al niño sin pronunciar palabra…
ya que le pesaba incluso sostenerle los ojos, sabiendo que de ser necesario la empujaría también a ella con el escudo…
sin dudarlo y sin misericordia alguna… porque sus brazos habían sido entrenados para obedecer…
y para olvidar… y aun así… aun cargando esa certeza amarga…
ese guardia de rostro curtido y ojos cansados de tanta violencia, apenas se dio vuelta para regresar a su lugar en la línea de lanzas…
dejó escapar una sonrisa breve y melancólica…
cuando la mujer, que todavía seguía temblando de alivio, le estampó a su cachorro recuperado el inevitable chirlo…
de esos que no nacen de la rabia… sino de esos que le enseñan a los vivos… el peligro mismo del abismo.
Y cuarto… fue lo que ocurrió entre toda esta mezcla de emociones chocando unas con otras…
cuando Cilias apretó el fornido brazo de Bledon con una fuerza involuntaria, igual que quien busca refugio antes incluso de reconocer el miedo…
apenas vio a los dos animales robustos, cruzar la esquina con una pesadez ominosa, y resoplando densas columnas de vapor por los hocicos abiertos…
y la calle entera guardó silencio por primera vez, cuando el olor denso llegó hasta ellos estremeciéndolos…
incluso haciendo que muchos de quienes un instante antes, se desesperaban peleando por la primera fila, de pronto descubrieran que ya no la querían.
El Carromato del Juicio estaba llegando, y sus ruedas chirriaban con cada giro, en un lamento de madera y hierro que se incrustó en los oídos de Cilias… y esas bestias y aquello que arrastraban, espantaban sin miramientos todo cuerpo que se atreviera a permanecer en su camino, durante su avance.
Mugieron de nuevo…
Su hijo Albius era un chico por demás tímido, callado hasta rozar la invisibilidad, pero cuando se trataba de animales, ¡ja!
, el entusiasmo le brotaba sin aviso, igual que una llamarada súbita que le barría la timidez del cuerpo…
era una espontaneidad feroz e incontenible, que sus padres conocían demasiado bien…
y que en más de una ocasión, la habían sufrido en carne propia…
para colmo, ahora que Albius se acercaba a la Segunda Edad, ese impulso parecía crecer sin freno…
volviéndose cada vez más intenso… más salvaje… más difícil de contener.
¡Y esto empezaba a aterrarlos de verdad!
Mugieron otra vez…
Cerca.
Cada vez más cerca.
Y en cuanto Albius los olió, ese vaho salvaje que había paralizado a media muchedumbre, en lugar de hacerlo retroceder, le desdibujó en un instante el horror de la calle…
y un impulso le iluminó el pecho como un relámpago, arrancándolo de golpe del miedo que le cerraba el estómago…
y se soltó sin pensarlo de las manos de su madre con un tirón brusco…
para lanzarse sobre la baranda del pórtico con un salto instintivo, que lo llevó a aferrarse con agilidad a una de las columnas de troncos, en busca de ese primer plano privilegiado…
de aquello que resonaba profundo y pesado…
de aquello que acababa de entrar al pueblo y que ya no se podía ignorar.
—¡Por los Dioses del… —Cilias se tragó esa palabra que odiaba, y alzó la voz— ¡Albius! ¡Ven aquí ahora mismo! —gritó, extendiendo los brazos con desesperación, como si el gesto por sí solo pudiera atraerlo de vuelta.
—¡Quiero verlos! —le reclamó su hijo sin volverse, con la voz vibrante y los ojos colmados de una fascinación peligrosa…
Todo lo demás se había disuelto.
El viejo Pauro.
Los gritos.
El miedo…
Nada de eso existía ahora en el chico… o simplemente no quería verlo.
Porque en ese momento, el mundo entero se le había reducido a esos magníficos animales que estaban a la vista.
Los que volvieron a mugir.
Los que sacudían las cabezas para quitar las gotas de lluvia de su exuberante pelaje.
Y la mente de Albius solo tenía espacio para esa llegada… que venía reclamando el mundo bajo sus pezuñas.
Con cada paso.
Con cada mugido.