Mugidos #5
Y aun así, los Salmones no aflojaron en mantener firme ese perímetro, que separaba al viejo de la turba enfurecida…
porque sabían que el gentío no quería perderse nada de lo que iba a acontecer, y no dejaban de pelear desesperados por conseguir la mejor posición posible para presenciarlo…
ese lugar privilegiado que los acercara al centro de la desgracia.
Porque sabían que el espectáculo estaba a punto de comenzar.
Empujaban y gritaban sin darle respiro a sus enrojecidas gargantas, y Albius distinguió cuerpos forcejeando por un sitio a golpes de puño, a base de arañazos, también lanzando escupitajos, y maldiciendo con improperios, ¡que él ni siquiera sabía que existían!
… mientras la violencia se espesaba, acompasada por los truenos que parecían marcar el ritmo de esa locura colectiva.
Entonces, como si el cielo comprendiera su papel en esta tragedia, un estruendo largo y brutal rasgó las alturas y sobresaltó a más de uno.
Cilias apretó la pequeña mano de su hijo con una fuerza que no midió, y Albius… todavía sacudido por la explosión en lo alto de ese cielo… comenzó a gritar de dolor, cuando los dedos maternos se hundieron en su palma, y justo cuando su padre apareció a la vista.
—¡Apá! —exclamó, con una voz temblorosa que ya había olvidado el dolor.
Y luego las palabras se le atascaron en la garganta…
Porque quiso preguntarle si se encontraba bien, si el viejo Pauro se salvaría, si Ictus estaría a salvo…
pero la lengua no le respondió, y solo atinó a extender su mano libre hacia su padre…
cuando lo vio emerger del descontrol, entre los últimos cuerpos que se apartaban a su paso, y avanzando con esa concentración cerrada, de quien solo piensa en conquistar el siguiente paso.
Los escalones del pórtico le pesaron a Bledon igual que una ladera interminable, respirando por la boca con un esfuerzo que no disimulaba, y deteniéndose un instante en cada escalón antes de atacar el siguiente, con una marcada renguera que lo hacía tambalear…
mientras se masajeaba el hombro izquierdo con una mueca de dolor, y un hilo de sangre le descendía lento desde un corte en la frente…
Cilias sintió el corazón encogerse al verlo regresar así, porque conocía cada una de sus muecas, aunque a esas no las había visto nunca…
y por un instante no supo qué deseaba primero…
si abrazarlo por haber vuelto semientero…
o retarlo durante largos Pulsos por haber hecho esa locura…
pero enseguida soltó a Albius para ir en su ayuda, aferrándolo del brazo, y prestándole todo su cuerpo para ayudarlo a subir.
Bledon ya no tenía su arco en la mano, tampoco llevaba su aljaba…
y desde luego mucho menos esas flechas de hierro que tanto cuidaba, las que seguro quedaron enterradas en el barro durante la estampida…
y su ropa… antes de un verdoso oscuro atravesado por franjas naranjas, era ahora tanto fango…
que parecía un pedazo de calle, al que alguien le hubiera puesto botas y encima, le hubiera dado una paliza.
—He estado peor… —alcanzó a decirle a ambos, llevándose la mano a esa cicatriz larga y nudosa escondida bajo el jubón, justo antes de que la frase muriera, atravesada por la resonancia profunda de un cuerno.
Y bien cierto era que Bledon había estado peor, mucho peor sin duda…
aunque el recuerdo de aquella lucha con el Lagarto Vela…
cuando las tenazas del animal casi le arrancaron las costillas del torso, dejándole una raja que tardó en cerrar más de lo que cualquier Maestro Sanador esperaba, y un intenso ardor en la herida que le duró por Halos enteros…
no venía realmente al caso en ese breve respiro, porque pareció que hasta los truenos, se acobardaban ante ese sonido.
Porque se silenciaron de golpe…
Se replegaron sobre sí mismos, ante el nacimiento de ese llamado largo y gutural, que atravesó el aire como un verdugo cargando promesas de salvajismo.
Un retumbo que exaltó a unos… pero que heló la piel de muchos más… porque todos conocían bien lo que venía después de ese sonido, pues los había hecho temblar una vez… y no habían podido olvidarlo.
De pronto, se oyeron los mugidos resignados de unos animales que arrastraban algo que no eligieron.
Entonces la muchedumbre giró con desesperación hacia el extremo del camino, empujándose unos a otros en su ansia por ver lo que se acercaba, con esa energía enfermiza, que solo aparece cuando el sufrimiento ajeno promete ser espectacular…
y los guardias comenzaron a ensanchar con prontitud el círculo de lanzas, levantando un muro más rígido, más tenso…
y más decidido a separar el sufrimiento del viejo Pauro de la mirada voraz del mundo.
El cuerno sonó otra vez.
Más largo…
Más gutural.
Y ante esto las lanzas ya no bastaban.
Así que los escudos entraron en juego de nuevo, golpeando y empujando sin miramientos a quienes se negaban a retroceder…
a esos tercos, que insistían en permanecer a apenas unos pasos de lo que estaba por desatarse…
a esos tercos, que con una codicia apenas disimulada…
¡deseaban con desesperación ocupar la primera fila del horror!
… y ningún escudo, por más duro que magullara, lograba convencerlos del todo.
El cuerno volvió a sonar.
Más largo aún…
Más gutural aún.
Y esta vez… allí cerca.
Sin pensarlo, Cilias apretó a Albius contra su cuerpo sin decir nada… y Bledon… que todavía se masajeaba el hombro… dejó de hacerlo.
En la calle reinaba un caos espeso de golpes de carne contra escudos, sepultado bajo insultos de toda especie y gritos de protesta que desgarraban la lluvia, mezclados con lamentos de dolor y alaridos cargados de rabia cruda…
y desde el fondo mismo de ese bramido de gargantas tensas, emergió algo distinto…
Cuando se escuchó apenas el llanto desgarrador de un niño.
Ahogándose en esa anarquía total, igual que un cachorro indefenso… perdido entre rodillas y caderas que lo empujaban sin mirarlo.
Y entonces, ese instante quedó marcado por cuatro cosas.
Primero… unos nuevos mugidos se alzaron imponentes.
Segundo… el caos engordó con el peso de la expectativa.