Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Mugidos #4
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Mugidos #4

Pues para Bledon aquel viejo Nender no era solo el vecino de enfrente…

sino la figura paterna que su infancia le había negado…

el hombre que estuvo cuando nadie más estuvo…

y quien le enseñó todo cuanto sabía sobre la caza…

desde tensar su primer arco con una paciencia que nunca se agotó, hasta leer huellas sobre el suelo empapado, y también a escuchar al bosque húmedo cuando parecía guardar silencio…

además le enseñó algo que ningún arco ni ninguna huella podía transmitir…

le mostró que un hombre podía elegir a su familia…

sin obedecer a esa sangre que a veces obliga donde no hay amor…

y otras veces… lo impide donde sí lo hay…

y Bledon ya llevaba muchos Ciclos enteros cargando esa deuda sin saber cómo pagarla…

hasta esa tarde en que de pronto se le apareció la oportunidad.

Por eso el miedo le descendió a Albius hasta el fondo de los huesos, cuando imaginó a su padre lanzándose a la locura inútil de querer proteger al anciano…

y al verlo allí… plantado frente a varios Salmones de miradas inflexibles, cubiertos de gruesas armaduras y lanzas amenazantes…

sintió la sangre helársele de golpe… porque para sus ojos de apenas nueve Llamas, aquello no era simplemente alguien enfrentando a unos guardias salvajes.

Sino que era su padre.

Y estaba solo…

Muy solo.

Desafiando algo que, desde donde él lo veía, se parecía demasiado a desafiar todas las legiones más peligrosas del mundo juntas… y entonces sus dedos temblorosos se cerraron desesperados, alrededor de la mano de su madre.

Pero Cilias ni siquiera percibió ese fuerte apretón, y exasperada comenzó a llamar a su marido a gritos, una y otra vez…

llegando incluso a ahuecar las manos a ambos lados de la boca, intentando darle más alcance a su voz, para que el nombre que lanzaba lograra abrirse paso por esa calle…

incluso Albius se sumó al escucharla, levantando una voz que iba más allá de la fuerza posible de su garganta…

sin embargo ninguno fue escuchado… porque la distancia…

los alaridos de la multitud… y sobre todo, la furia que ardía detrás de los ojos de Bledon lo aislaban de todo…

¡la sinrazón más pura le había sellado los oídos!

… y en ese instante, en la mente de ese marido y padre, no existía nada más que el muro de lanzas que tenía frente a sí.

Nadie en el pueblo ignoraba la destreza de Bledon como cazador, ni ponía en duda el peso de su palabra firme…

y ahora ese hombre cuya presencia bastaba para aquietar disputas y enderezar voluntades sin necesidad de alzar la voz…

se había plantado frente al cinturón de guardias sin retroceder un solo paso, discutiendo a gritos, y empujando cada palabra con una furia desesperada, que incluso lograba trepar por encima del estruendo de la tormenta… si es que algo así era posible.

Uno de los Salmones vaciló y comenzó a bajar la punta de la lanza al oírlo, ya que como casi todos en el pueblo, conocía a Bledon desde críos, cuando aquellos tiempos eran más simples…

y la casualidad quiso que juntos persiguieran en la montaña algunas presas en la Fase pasada, compartiendo así ese esfuerzo de la caza, abrigados por varias noches heladas, y por ese entendimiento mudo, que solo nace cuando se espera en silencio el mismo movimiento entre los árboles…

pero bastó con que el Capitán Nender le clavara una ojeada de hierro, para que la lanza volviera a erguirse con una obediencia mecánica.

La mirada seria del cazador que imponía respeto entre los pobladores, ahora ardía de una cólera desnuda…

mientras les gritaba que Pauro no era más que un viejo inofensivo, que jamás había causado daño alguno, y que había vivido toda su vida en paz…

hasta empezó a exigirle a gritos… con una voz desgarrada por el esfuerzo ¡que lo liberaran!

… ¡que dejaran de golpearlo de una maldita vez!

Pero las palabras comenzaron a romperse antes de alcanzar al aire.

Y la voz se le cerró en la garganta…

Al mismo tiempo en que los ojos se le llenaron de lágrimas…

Porque desde allí, entre los hombros rígidos y las armaduras relucientes de los guardias, pudo ver por primera vez el estado de Pauro…

con su rostro vaciado de color, enmarcado por esas patillas negras tan inconfundibles, y aquella espalda ancha cuya dignidad nunca se había doblado ante nada…

ahora se mostraba vencida hacia adelante, y media hundida en un charco que ya no era solo barro…

sino un rojo oscuro que por más que lo intentara, la lluvia no conseguía borrar.

Y dejándose arrastrar por ese golpe que le abrió algo por dentro, Bledon recordó la última vez que había visto esos ojos apenas tres Halos atrás, en una tranquila tarde de esas sin urgencias…

cuando Pauro reía con ganas en la puerta de su cabaña, mientras les enseñaba a su nieto y a Albius a reparar redes, con las manos todavía ágiles pese a la edad…

y esa voz de tono siempre pausado, como si las palabras nunca tuvieran apuro por llegar a ningún lado…

al estar llenas de esa paciencia tranquila de quien lleva toda una vida repitiendo una tarea, hasta que el oficio y el cariño se volvían la misma cosa.

«Un nudo bien hecho salva vidas, muchachos.»

Escuchó Bledon que les había dicho, con esa voz tranquila de quien tiene todo el tiempo del mundo.

Ahora en cambio, esos mismos ojos negros lo miraban sin comprender, y solo parecían buscar una y otra vez una explicación… por más mínima que fuera… del porqué nadie le tendía la mano.

—¡Es solo un viejo, por los Dioses del Cielo! —gritó Bledon con toda la potencia de sus pulmones, y empujado por la indignación, dio un paso firme hacia adelante.

Entonces las lanzas se clavaron en el aire frente a él al unísono… formando un muro afilado… y con solo avanzar un paso más, le atravesarían el pecho sin titubeos.

Así que pensó en Cilias.

En Albius.

Y se quedó quieto…

Pero volvió a gritar…

Volvió a gritar con una rabia cruda que su hijo jamás le había visto… despojada de toda prudencia, de toda medida, y de toda dignidad:

—¡Es solo un viejo, carajo!

El alarido pareció espantar a los pocos cuervos que curioseaban debajo de las azoteas, y aunque algunos jurarían después que esta vez sí sonó tan fuerte como los truenos…

no fueron más que palabras… palabras sin peso…

porque pese a la súplica y la rabia de Bledon, los Guardias Salmones lo empujaron con sus escudos, con la misma indiferencia con que se aparta una rama del camino, hasta hacerlo tambalear varios pasos antes de caer de espaldas en el lodo…

con un golpe seco que le arrancó el aire y le encendió los riñones en un fogonazo de dolor.

Y allí, hundido en ese barro helado con la burlesca lluvia golpeándole el rostro, Bledon comprendió de golpe lo que significaba no ser nada.

Que tu voz no pesara.

Que tu rabia no alcanzara… y que no quedara otra cosa por hacer que tragar barro, con el suelo como único horizonte.

Tal vez si traigo el disco plateado , se dijo…

aferrándose a esa idea mínima y desesperada, propia de quien palpa un talismán en medio del derrumbe…

aunque su cabaña quedaba del otro lado de la multitud, y además lo sabía bien…

los Custodios… los Custodios de la Fe no respetaban ningún tipo de Sellos de Príncipes…

y fue esto lo que más le dolió al comprenderlo, porque tenía exactamente aquello que necesitaba… pero aun así no le servía para nada.

Entonces el lugar estalló en un descontrol abierto…

Cuando muchos de los que formaban esa multitud inestable, igual que aves de rapiña cuando detectan una herida abierta, aprovecharon la distracción, y enloquecidos comenzaron a empujar para acercarse aún más al centro de la calle…

movidos por un morbo incontenible, y por esa necesidad enfermiza de mirar de cerca las heridas del viejo Pauro…

y en más de uno, latía sin disimulo algo mucho peor, en la forma de aquel primitivo deseo de querer golpearlo también, si la ocasión se les abría.

El olor a sangre avivó los instintos más desagradables, y varios Salmones llegaron a desenvainar sus espadas con un siseo amenazante, y después las alzaron bien en alto…

demasiado alto… con un gesto desmedido, como si se prepararan para invadir el más feroz nido de dragones que pudiera existir, antes que a contener a un puñado de curiosos mojados…

y hubo un respiro de silencio extraño en medio del caos, en el que algunos en la multitud retrocedieron…

otros tantos se miraron con dudas… pero luego la turba volvió a empujar, con esa ceguera que parece no importarle nada…

incluso muchas manos usaban a sus propios vecinos de escudo, contra los guardias.

Bledon tuvo que reincorporarse a toda prisa, antes de que el desborde de los curiosos lo pisoteara…

y los guardias recompusieron la formación con presteza, clavando sus botas metálicas en el barro, y de inmediato comenzaron a empujar con vehemencia, a todo aquel que intentaba atravesar la pared simbólica que levantaban con sus propios cuerpos…

mientras sostenían el orden a fuerza de metal afilado, de ladridos de mando que desgarraban el aire, y de dientes apretados detrás de cada visera.

De pronto, los escudos comenzaron a golpear sin ninguna distinción… cualquier rostro joven o viejo, que se les cruzara por igual.

Pero algunos guardias… la mayoría, podría decirse…

no lograban sostener la mirada de quienes apartaban con tanta dureza…

y por eso clavaban sus ojos en el barro, en las infames lanzas, en las gotas que corrían por las espadas…

en cualquier punto inerte que no devolviera un nombre conocido…

uno de esos rostros con los que ya compartían una vida entera en el pueblo.