Mugidos #3
Albius observó esa calle, lo bastante ancha para permitir el paso de cuatro carruajes lado a lado…
ahora casi colmada de cuerpos apretados, con ese olor denso a lana mojada y aliento tupido que solo produce una multitud, atraída por una mezcla turbia de miedo y sobre todo curiosidad…
esa calle donde el chico tuvo la certeza de que en poco tiempo todos los habitantes de Gevas, terminarían concentrados allí…
y vista desde lejos, la masa de gente formaba un mar de capas liláceas moviéndose casi al unísono, y cualquiera habría dicho que el pueblo entero resolvió vestir a juego, en una celebración acordada…
pero claro que no existía acuerdo alguno ni júbilo compartido…
tan solo una ley rígida que nadie osaba ignorar…
una implacable ley que obligaba a cada ciudadano Nender del Reino de Nordaar, a cargar sobre los hombros el sagrado color de la Casa a la que pertenecía, en un recordatorio inquebrantable de quién gobernaba sobre ellos, y los escarmientos por no cumplirla no necesitaban nombrarse…
pues todos los conocían, ya que se aprendían en la infancia, pero no con palabras…
sino con algún vecino que un Halo dejó de estar…
con alguna familia que amaneció con las pertenencias en la calle…
con algún nombre que dejó de pronunciarse en voz alta, hasta que simplemente dejó de pronunciarse…
y mientras tanto el lila seguía allí, impoluto sobre cada hombro en cada mañana… como si nada hubiera ocurrido nunca.
La libertad en el mundo de Albynia muchas veces no era más que una promesa, que los poderosos usaban con generosidad precisamente porque no costaba nada…
o esto murmuraban quienes aún se atrevían a hablarlo en las tabernas, siempre en voz baja y con la boca inclinada hacia las jarras, cuidando que las palabras no se elevaran demasiado…
porque en Nordaar había aprendizajes que llegaban demasiado tarde.
Pero ese aprendizaje tardío no le importaba a nadie esa tarde en Gevas…
y a todos los curiosos parecía no importarles el agua ni el frío, con tal de formar parte de ese inmenso barullo que se agitaba en medio del pegajoso lodazal…
pero aquellos que en cambio preferían el amparo de sus humildes cabañas, se mantenían observando expectantes, bajo unos techos que repiqueteaban en los oídos sin detenerse…
mientras los relámpagos de la tormenta rasgaban el cielo en muchas figuras brutales…
y sus ojos indiscretos vigilaban tras ventanas empañadas, o apiñados bajo los pórticos de hogares de tejas amarillas y altas chimeneas de ladrillos, que impregnaban el pueblo entero con ese olor espeso a leña mojada …
y solo unas pocas cabañas contaban con una amplia galería, como esa que el viejo Pauro pintó de celeste con un esmero obsesivo, y que guardaba esos tantos tiernos recuerdos…
recuerdos que ahora dolían por parecer tan fuera de lugar.
Quienes apreciaban a Pauro sabían muy bien lo que estaba por ocurrirle, pues ya lo habían vivido otras veces…
en otros cuerpos y con otros nombres, que reclamaron asimismo una inocencia que nadie escuchó…
por eso no querían recordarlo… ¡les dolía el hacerlo!
… porque con solo rozar ese tiempo pasado, bastaba para que se abriera otra vez esa herida antigua que ya no sangraba…
pero que simplemente nunca terminaba de dejar de latir…
y sin embargo ahí estaban… con los puños apretados dentro de los bolsillos, con el silencio de una mandíbula tensa y con los pies clavados en el barro…
entre ese impulso feroz de interponerse y el conocimiento inmóvil de que nada podían hacer.
Un nuevo trueno quebró el aire, justo cuando el padre de Albius apareció corriendo con desesperación desde el extremo de la calle que comunicaba al camino del bosque…
con las botas embarradas por completo y el arco en la mano…
y fue desacelerando poco a poco, como si su cuerpo tardara en aceptar aquello que los ojos ya habían comprendido sin misericordia…
hasta que al fin se detuvo frente a su cabaña, a pocos pasos del tumulto que apestaba a sudor rancio, y que seguía creciendo con cada gota que golpeaba el suelo.
Y el chico por supuesto lo vio llegar desde ese alto pórtico de su cabaña…
y algo en su padre que había aparecido sin aliento desde la montaña, le apretó el estómago de una manera distinta a todo lo que había sentido hasta allí…
porque había visto a su padre cansado, y lo había visto preocupado…
aunque nunca lo había visto así… con esa cara que tenía ahora.
Entonces su padre comenzó a sentir los pies hundírsele en el barro espeso, mientras respiraba entrecortado no solo por el esfuerzo de la carrera… sino por la sorpresa que le comprimía el pecho.
Las manos le temblaban cuando apretaba con fuerza su largo arco de caza, que golpeaba contra la aljaba cargada de flechas de hierro colgándole de un hombro…
y sus ojos buscaron primero a su hijo y después a su mujer…
en una mirada rápida, en la que se alcanzaba a leer una preocupación casi dolorosa por la seguridad de ambos…
porque podía darse el lujo de perder muchas cosas… pero jamás a ellos.
El olor a esa imparable lluvia y a metal húmedo lo impregnaba todo, y desde esa distancia podía ver a su primogénito…
pero no alcanzaba a notar que temblaba encogido detrás de la madre…
quien procurando no añadirle más peso encima, le hizo un gesto sereno a su marido, dándole a entender que tenía la situación bajo control y que no había de qué preocuparse…
y enseguida le señaló el lugar donde se encontraba apresado el viejo Pauro…
lo que terminó siendo simplemente el peor de los errores…
¡Un error terrible!
Del que se arrepintió en el mismísimo momento, en que su mano concluyó el gesto… porque vio en la cara de su marido… antes de que él pudiera ocultarla… esa transformación instantánea que convierte cualquier preocupación en algo mucho… pero mucho peor.
Desde lo alto del pórtico de su cabaña, por supuesto que Cilias podía ver al anciano de rodillas con la espalda vencida, y medio hundido en un charco de barro en el centro de la ancha calle…
mientras el agua que caía sin descanso le lavaba la sangre de la ropa, arrastrándola en hilos rojizos hacia el lodo, como si algunas gotas piadosas, intentaran borrar aquello que los golpes ya habían escrito sobre ese cuerpo…
y a un costado de esa cabeza gacha, el trío de Salmones seguía custodiando la firme sentencia sobre Pauro…
aunque ahora se los veía absolutamente relajados, llenos de satisfacción, y entregados a un descanso indiferente…
el descanso que llega después de un buen trabajo ya hecho.
Entonces Bledon siguiendo la señal que su mujer ya lamentaba haberle dado, lanzó una mirada rápida con sus ojos negros hacia aquel punto, ansiando encontrar a Pauro…
pero él a diferencia de su familia, no estaba en lo alto del pórtico, y desde el llano de la calle, la pared compacta de pobladores le impedía distinguirlo…
de hecho, ¡casi ni siquiera lograba ver la cabaña misma del viejo!
… y la empapada capa lila, le pesaba sobre los hombros como si hubiera absorbido el Río Océano entero, con una carga húmeda que parecía sumarse a su alma encorvada…
y ahí mismo… empujado por la desesperación…
se lanzó contra la multitud con un impulso ciego, abriéndose paso con un ímpetu brutal e imparable…
repartiendo codazos a diestra y siniestra, que le hacían sentir la resistencia de costillas ajenas y hombros que no cedían sin pelear…
a la vez que arremetía espaldas de extraños y conocidos por igual…
mientras la multitud le devolvía empujones y pisotones sin mirar a quién…
y él los absorbía sin detenerse… esquivando insultos y maldiciones más con los oídos que con el cuerpo…
hasta que por fin se estrelló con el muro infranqueable de Guardias Salmones, que detenía cualquier avance con el cruce definitivo de sus lanzas… y allí se contuvo.
Tenía el pecho ardiendo y subiéndole y bajándole sin ritmo, mientras un dolor palpitante le recorría el brazo y una quemazón aguda le atravesaba la espalda… como unos síntomas inconfundibles, de todo lo que la multitud le había obsequiado a su paso.
Y fue precisamente por esto, que Cilias se arrepintió apenas le hizo esa seña torpe a Bledon…
en un impulso preso de la angustia y el aturdimiento de verlo llegar sin estar preparado para esto, y cuyo propósito…
bueno… al parecer ni ella misma lograba comprenderlo del todo…
porque tal vez fue intentar advertirlo… o tal vez quiso compartir la opresión insoportable de aquello que estaba viendo…
o quizá… en el fondo… buscó cerciorarse de que la pesadilla la estaba viviendo de verdad, y el horror que veía no iba a desaparecer al abrir los ojos…
pero ahora las consecuencias de ese gesto se desplegaban sin freno, y con el corazón encogido echó un vistazo rápido a su hijo…
quien detrás suyo observaba la escena con sus ojos desmesuradamente abiertos, y colmados de esa preocupación, que conocía demasiado bien lo que el viejo Pauro significaba para su padre.