Mugidos #2
Un golpe lo cortó antes de que pudiera terminar… cayendo arrodillado nuevamente con un tremendo dolor en el estómago… que lo dobló pero que no logró quebrarlo… ya que el viejo no dejaba de reclamar su inocencia, cada vez que el sufrimiento le daba el tiempo necesario para volver a exclamarla.
Albius sintió un nudo en el estómago que le trepó hasta la garganta con náuseas…
pues el mundo que estaba destrozando al viejo Pauro se volvió demasiado cercano…
cruelmente real… y deseó con una urgencia casi infantil entrar rápido a su cabaña, para poder esconderse en su habitación…
y quedarse allí junto con las estatuas de madera que olían a pino…
con ese inmenso mapa que le dibujó su madre a la vista, y volver a un lugar donde las cosas todavía conservaban un orden pacífico…
pero cuando intentó soltarse de la mano de su madre, ella lo sujetó con más firmeza y volvió casi a marcarle los dedos, como si temiera que el chico pudiera deshacerse entre el caos de la multitud… y la mismísima lluvia.
Cilias sabía lo que esto provocaba en su hijo, lo veía en la manera en que ahora él evitaba alzar la vista hacia la calle, en el temblor notorio de sus hombros, en esa manera de encogerse cuando un nuevo golpe sonaba pleno de dolor en aquel viejo cuerpo…
pero no podía dejar de prestar atención al destino de Pauro ni por un instante, y menos aún, dejar solo a Albius frente a todo lo que estaba ocurriendo…
porque ni siquiera el interior de la cabaña le parecía un refugio verdadero esa tarde…
no con ese aire cargado de gritos de muerte y la multitud apretando cada vez más el círculo sobre el viejo y el trío de Salmones…
y especialmente… cuando comenzó a sonar ese roce metálico de armas, aproximándose acompasado desde algún lugar de la calle, que hizo que Cilias sujetara a Albius con una firmeza distinta.
Y buscando protegerlo todavía un poco más, retrocedió unos pasos hasta quedar bajo el marco de la puerta y empujó a su hijo detrás de ella, interponiendo su cuerpo, para que él no tuviera que ver lo que continuaba desarrollándose en ese violento exterior…
y Albius seguía con el estómago revuelto, a pesar de ahora solo tener ante sí la espalda de su madre…
pero aun así no pudo evitar que una ráfaga repentina le arrojara lluvia y barro hasta sus propios pies, empapándole por completo las botas y manchándole el pantalón de ese color azul tan suyo…
y al ver el vestido de su madre se le cruzó una idea absurda…
casi vergonzosa por ser una preocupación por demás pequeña, pero que insistía en abrirse paso entre el ruido y el miedo…
y que le decía una y mil veces, que el vestido amarillo de su madre iba a necesitar de muchísimo jabón, para volver a ser el que había sido antes.
El bullicio por momentos ensordecía, con unos alaridos que parecían salir de la garganta de una bestia enorme, y los gritos contra el viejo lo dominaban todo… aplastando el aire, con una violencia que no necesitaba golpear para dañar… hasta que de pronto cambió de forma.
Primero con la llegada del chasquido metálico de las armaduras encajando unas contra otras…
después con el roce áspero de las espadas contra las vainas en los cinturones…
y enseguida con el zumbido tenso de las lanzas vibrando en manos firmes…
hasta que finalmente la formación completa apareció, avanzando compacta bajo la lluvia…
y con pasos marciales que hacían tintinear el hierro en una cadencia amenazante, que se filtraba en los huesos anunciando lo que ya no tenía ninguna vuelta atrás…
porque el Salmón Dorado Rampante, bordado en hilo de oro en el centro de cada una de esas pecheras, avanzaba rotundo con la manada.
Albius sintió esa nueva presencia en el aire antes de entenderla…
igual que un escalofrío erizándole uno por uno los pelos de la espalda…
y cuando apenas asomó la cabeza con cautela, por un costado del cuerpo de su madre, se sorprendió al encontrarse con aquella concentración inusual de guardias de la Casa Lareon reunidos en un solo lugar…
con las pecheras metálicas brillando entre la lluvia, los penachos lilas de los cascos de acero aplastados por el agua, y ese uniforme completo que los convertía en una mancha lilácea avanzando sobre el barro…
en una llegada repentina, que sumada al temporal persistente y a la multitud apretada, quebraba de plano la quietud acostumbrada de aquel apacible poblado de montaña…
un rincón que siempre había vivido al margen de los conflictos y las guerras…
y sobre todo muy lejos de las ambiciones voraces del mundo exterior…
y sin pensarlo, el chico llevó la mano a la alforja y apretó el halconio a través de la tela, porque no reconoció a su pueblo en nada de lo que veía.
Pues el Gevas que Albius conocía era el del aula del colegio…
donde el profesor solía repetir la historia del pueblo tantas veces, que el chico podría recitarla hasta dormido…
y decía una y otra vez, que el clima del norte llevaba desde siempre chaparrones torrenciales a la Provincia de Lareon del Reino de Nordaar, y era ese rigor constante, junto con las largas distancias navegables y el aislamiento impuesto por la geografía, lo que moldeó a ese asentamiento desde su fundación, unos cuantos Legados atrás…
y su profesor también explicaba que un grupo de pescadores endurecidos por la sal, y dedicados a la caza de los enormes Balees, necesitó de un lugar estable desde donde procesar esas gigantescas bestias marinas…
porque el aceite oscuro que les arrancaban, se pudría en los botes si no se hervía rápido, y la carne grasosa, duraba solo unos pocos Halos sin salarse…
entonces cada temporada de caza, se volvía una apuesta imposible contra el clima…
aunque construir en esta costa inhóspita y azotada sin tregua por el viento, no fue una cosa sencilla…
con el abundante barro comiéndoles los cimientos, las impredecibles tormentas derrumbando todo lo que levantaban, y la madera para las edificaciones, llegando desde enormes distancias a lomo de bestia…
pero así y todo lo hicieron igual, con una paciencia obstinada que su profesor admiraba en voz alta, cada vez que llegaba a esa parte…
y hasta se emocionaba, al pensar en esos fundadores que levantaron un lugar pensado para sobrevivir en comunidad contra el mar y el viento…
porque ningún pescador solo, podía cazar un Balee…
y ninguna familia sola, podía hervir el aceite y salar la carne a tiempo…
por eso Gevas fue construido sobre esa clara necesidad de ayudarse los unos a los otros, para lograr sobrevivir en esas montañas…
y seguramente, aquellos fundadores jamás imaginaron que terminaría sirviendo para escenas, como la que ahora se desplegaba ante los ojos del chico.
Y el profesor del colegio del pueblo también acostumbraba a contar, con una amplia sonrisa cuando llegaba a esta parte…
que por esas cosas extrañas de un destino al parecer gracioso, Gevas terminó recibiendo el nombre de la «Joya del Norte»…
aunque aclaraba enseguida, que este singular apodo generaba diferentes reacciones dependiendo del oído que lo escuchara…
pues para un Noble Numian, llamar así a ese poblado de techos bajos y calles anegadas por un barro casi eterno durante más de medio Ciclo, era directamente una absoluta afrenta no solo hacia el buen gusto, sino hacia la razón misma…
y para los propios habitantes Nenders, esto resultaba ser una exageración tan ridícula, que siempre les arrancaba unas carcajadas al no tener la mínima idea, de quién fue el loco que comenzó a llamarlo así…
y fuera una joya o no fuera una joya este lugar…
tanto sea por su áspero clima, por la inexistencia de caminos empedrados, por la notoria carencia de delicias exóticas, por la ausencia crónica de comodidades, ¡sobre todo por la falta absoluta de lujos que no olieran a pescado!
… y por otro sinfín de excusas repetidas hasta el cansancio…
lo cierto era que en este pueblo castigado por la inclemente sal y el incansable viento, siempre habían vivido únicamente Nenders…
y cada vez que el profesor llegaba a contarles sobre esta parte, solía hacer una tensa pausa…
en la que miraba hacia la puerta del aula, como si alguien pudiera estar escuchando…
y luego continuaba despacio, contándoles que jamás un Noble con su preciada sangre Numian, durmió bajo esos techos siendo un ciudadano registrado…
o al menos… nadie se atrevió nunca a afirmarlo en voz alta…
no allí… no entre esas cabañas de paredes que sabían muy bien cuándo debían cerrar la boca… y también cuándo mantener la calma.
Por eso mismo resultaba inusual ver a más de un Salmón descendiendo desde la atalaya de la colina, para rondar las calles y vigilar que nada extraño ocurriese…
pues su presencia solía ser puntualmente escasa y hasta casi decorativa…
pero en ese Halo las capas liláceas superaban con holgura la veintena, y la guarnición había sido vaciada sin miramientos para imponer la ley…
y ahora… recién arribados, y todavía arrastrando consigo el ruido del agua golpeando sobre sus corazas…
se desplegaban con una meticulosidad casi ritual ensayada demasiadas veces…
cerrando el paso y trazando un amplio perímetro que separaba al gentío inquieto, del brutal trío de Salmones que sujetaba con impunidad al malogrado Pauro, con la eficiencia fría de quienes saben exactamente lo que hacen.