Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Mugidos
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Mugidos

Custodios de la Fe

Pueblo de Gevas

El viento revoloteaba incansable la capa lilácea de Albius…

pero al menos el ancho pórtico, resguardaba al chico y a su madre de la lluvia implacable…

mientras las gotas frías caían sin cesar desde hacía largos Pulsos, y se escurrían por los tejados inclinados de las cabañas del pueblo…

acompañando las súplicas de Pauro con un repiqueteo que persistía indiferente a toda compasión.

La garganta del viejo estaba extenuada, y sus desgarradores ruegos se hundían en los callejones de Gevas…

volviéndose un cebo irresistible, para los curiosos que acudían desde todos los rincones, atraídos no por el impulso de ayudar…

sino por ese apetito turbio de quien se alimenta de la desgracia ajena cuando se le sirve delante, igual que un festín que nadie se atreve a admitir que deseaba.

Era por la tarde, pero los nubarrones se amontonaban sobre el valle adelantando la noche, y los relámpagos delineaban los picos de las montañas en brillantes bordes sobre el cielo encapotado…

con los truenos llegando después, y a veces de a varios juntos formando un coro interminable, que descendía por el aire y retumbaba dentro de cada cuerpo.

El anciano no dejaba de lanzar gritos implorando por su inocencia, y su voz quebrada se estrellaba una y otra vez contra la indiferencia de la calle, mientras el cuerpo entero se le sacudía como un muñeco de trapo…

cuando el trío de Guardias de Lareon, con su olor intenso a cuero empapado y a hierro frío…

comenzó a arrastrarlo desde la galería celeste de su cabaña, la que tantos tiernos recuerdos guardaba, obligándolo a avanzar a trompicones sin piedad…

hasta que un golpe seco lo hizo caer de rodillas en los charcos de barro que saturaban la calle, salpicando el mugriento líquido hacia todos lados.

El colorido ropaje de Pauro se tiñó de marrón apenas se derrumbó, y sin contemplación, el líder del grupo le clavó los dedos sobre la nuca como una tenaza, y le arrancó la capa lilácea con un tirón cargado de desprecio, mientras las manos del viejo se extendieron vencidas hacia esa tela que se alejaba, como si todavía pudieran alcanzarla…

pues no solo lo despojaron de ese abrigo que aún retenía un resto de calor…

sino que lo señalaron ante todos con el signo definitivo del deshonroso destierro, y después los otros dos guardias lo aplastaron de rodillas contra el barro, cada uno empujando un hombro del prisionero, con una violencia que ya no buscaba obediencia alguna… sino una humillación inmediata.

El viejo seguía gritando, escupiendo súplicas hacia cualquier oído dispuesto a recibirlas…

—¡Conozco a sus madres! —alcanzó a gritar, con esa voz dolida por los golpes—. ¡Las conozco a todas! ¡Pregúntenles quién soy! ¡Pregúntenles!

Aunque ningún testigo se movió un ápice para ayudarlo…

porque era cierto que muchos observaban con un brillo expectante en los ojos, y devoraban la escena como quien por fin presencia un espectáculo largamente esperado…

pero también estaban los otros… esos que miraban hacia otro lado sin poder dejar de mirar…

y esa impotencia les aplastaba el pecho entero, con una presión que se parecía demasiado a las mismas manos de esos guardias en sus propios hombros.

La lluvia caía obstinada como siempre lo hacía en otoño, y el Capitán Nender de aquel trío de Salmones, según los llamaban con desprecio cuando no podían oírlos, comenzó a descargar su furia sobre el pobre viejo Pauro…

y con cada golpe que arrojaba… el emblema del salmón dorado rampante rodeado de lanzas de su pechera, se agitaba con el vaivén brutal del torso, dando la impresión de que el símbolo mismo, contemplaba complacido la humillación que su portador administraba sin pudor…

hasta que al fin se detuvo, con los ojos clavados en las manchas de lodo que el viejo le había salpicado sobre el uniforme liláceo de rayas doradas, que llevaba con ese orgullo aprendido del mérito…

y empezó a respirar fuerte por la nariz, apretando los puños hasta quedarle blancos… y allí fue cuando explotó…

—¡Maldito viejo sucio! —gritaba, cada vez que sus botas se hundían en las costillas del viejo, arrancándole el aire con golpes calculados, de esos que no buscan terminar el castigo… sino asegurarse de que permanezca.

Y a no tantos pasos de allí, Albius contemplaba estremecido esa crueldad desnuda desde lo alto del pórtico de su cabaña…

justo frente a la del viejo Pauro… y demasiado cerca para un chico que aún no sabía dónde fijar la vista, cuando el sufrimiento ajeno se desbordaba sin vergüenza…

y mientras veía el ojo negro del viejo deformándole el rostro como una remolacha madura, y la sangre entre los dientes empastando aquella larga barba oscura…

en ese mismo parpadeo algo ocurrió entre los vecinos…

algo que resultó invisible pero contagioso, y la calle entera pareció tragar saliva al mismo tiempo, antes de que los alaridos se soltaran.

¡Quémenlo!

¡Quémenlo!

Retumbó con furia, mezclado entre los truenos que explotaban sobre el cercano valle…

y entonces todo el flacucho cuerpo de Albius se estremeció hasta los huesos, y apretó con fuerza la mano de su madre, aferrándose a ella con la urgencia de quien todavía cree que una sola mano, puede mantener los peligros del mundo entero del otro lado del pórtico, y buscando en ese contacto…

la calma desesperada que sus nueve Llamas aún necesitaban encontrar.

De pronto, una ráfaga violenta le empujó hacia atrás la capucha que cubría su largo cabello negro, y un frío filoso se le deslizó por la nuca, obligándolo a soltarse de la mano materna para volver a atársela…

mientras se apartaba los mechones que le caían sobre su rostro de mirada ingenua…

y cuando al fin terminó ese nudo que imitaba la forma delicada de una flor imposible –que su madre le había enseñado hace unos Ciclos atrás–, se ajustó la correa de la alforja que le cruzaba el pecho, hasta sentir firme ese peso, que nacía del cuaderno de tapas gastadas que siempre llevaba…

del pequeño saquito con semillas que cargaba, por si se cruzaba con alguna criatura curiosa, y ese Halo en particular…

por la estatuilla de un halconio con las alas extendidas, que Ictus le regaló al cumplir su Llama anterior…

y todo esto quedaba protegido bajo la solapa asegurada con el broche circular de metal, que también le había obsequiado su madre.

No sabía por qué ese Halo sintió la necesidad de elegir el halconio del estante de su pieza, entre aquella colección que cuidaba con una profunda devoción…

pero desde el instante en que apenas abrió un ojo esa mañana, supo que esa estatuilla era la indicada…

y aunque nunca lograba explicarse de dónde le venía esa necesidad de elegir un animal distinto en cada despertar, y nunca le daba más importancia que el simple placer de tener uno consigo…

esta vez algo sobre esa elección se le quedó pegado durante todo el desabrido desayuno, el que siguiendo lo habitual fue un plato dulce…

cuando él hubiera preferido las deliciosas sobras saladas de la cena anterior.

¿Sería un presagio sobre su mejor amigo?

Quizás.

O quizás no.

Pero en ese momento Albius no tenía manera de saberlo…

y con todo ya firme como correspondía, volvió a buscar el abrigo de la piel materna, y luego de pegarse contra el costado de su madre, levantó la mirada para buscar refugio en el suave rostro de ella…

intentando escapar a todo ese ruido proveniente de esa calle, de ese frío que no cedía, y de ese miedo que no sabía dónde colocar…

pero su madre intentaba sostener una calma demasiado frágil para una tarde así…

escondiendo cualquier grieta detrás de esos ojos oscuros, rodeados por un cabello que durante este Halo parecía más negro que de costumbre…

incluso más que la sombra, que comenzaba a extenderse lentamente sobre el pueblo…

y Albius se apretó un poco más sobre su cintura, como si pudiera encontrar allí lo que el rostro de ella no le daba.

Cilias enseguida sintió la mirada de su hijo de reojo… pero no se volvió hacia él, y sin más dejó caer todo lo que había estado sosteniendo detrás.

Porque se encontraba absorta… contemplando impotente la captura del viejo Pauro con un rostro ya vacío de consuelo alguno…

marcado por unos rasgos muy diferentes a los que guardaba para su hijo…

y esas mejillas que el chico siempre sintió acogedoras…

ahora aparecían tensas, mientras los labios se movían apenas, como discutiendo en silencio…

y en esa tirantez creciente comenzó a apretar la mano de su hijo, hasta dejarle marcadas las huellas de los dedos.

—¡Mi mano! —chilló Albius, y su madre aflojó lo justo para no lastimarlo más, aunque sin perder nunca la firmeza del agarre.

Ella no dijo palabra alguna… sin embargo el temor por su hijo se le filtraba en cada mínimo parpadeo… en la respiración corta… y en la manera en que seguía sujetándolo aun después de haber aflojado, ya que soltarlo del todo… parecía una idea imposible en esa jornada.

El barro era más barro que antes, y en medio de esa calle convertida en un barrizal, el trío de Salmones seguía golpeando al viejo Pauro cada vez que este se resistía, y sus gritos de clemencia y sus forcejeos torpes, parecían entrar en un ciclo interminable de golpes enfrentados a una tenaz resistencia…

porque si bien el anciano no era rival para esos guardias despiadados, su cuerpo luchaba con un ahínco desconcertante para su edad, que por ratos mostraba una fuerza inquietantemente extraña para cualquier alma agotada…

e incluso hubo un instante en que se irguió casi por completo, con los ojos encendidos de algo que no era solo desesperación…

—¡Les juro por mis muertos que soy inocente! ¡Y ustedes lo saben! ¡Todos…