Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Calendario #6
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Calendario #6

Denion no supo qué responder ante el peso de estas palabras… y solo la miró con calma… sin saber si lo que sentía era pena o algo parecido al reconocimiento.

—¿Qué significan los nombres de las Fases? —repitió ella, insistiendo.

La voz de la chica que todo lo escribía seguía siendo suave, pero su mirada no admitía evasiones, y Denion sintió que no podía permitirse fallar…

y por eso habló despacio, con ese cuidado extra que nace cuando algo importa de verdad, y cada palabra le salió igual que una pequeña ofrenda depositada con devoción.

Ella inclinó apenas la cabeza, dejándose envolver por esa voz que parecía sostener el conocimiento con una naturalidad que desarmaba, y por un instante los dos quedaron suspendidos allí… unidos por algo que ninguno terminaba de entender del todo, pero que se sentía real.

—Las primeras Fases, llamadas Primarias, llevan los nombres de los siete Dioses del Cielo. Las últimas, llamadas Virtuosas, dicen lo que son. La esencia que los define…

Él hablaba como si el mundo acabara de abrir los ojos… y ella escribía como si ya conociera el momento en que se cerrarían.

Y cuando Denion terminó, ella le sostuvo su mirada un instante más de lo necesario, con esos ojos ambarinos que parecían buscar algo detrás de las palabras pronunciadas, y sus dedos apretaron levemente el lápiz dorado, antes de preguntar con voz suave:

—¿Y por qué siete?

Había algo en su forma de preguntar que no pertenecía del todo a alguien de su edad, sino de alguien que aprendió a pensar mucho antes de aprender a jugar.

Denion parpadeó.

—Porque… —vaciló— porque existen siete Dioses.

—Pero antes había más —expuso la chica, señalando una página de su cuaderno, donde descansaban símbolos tan precisos, que no parecían dibujados—. En las Baladas Pretéritas dicen que eran nueve. ¿Los otros dos desaparecieron?

Denion abrió la boca.

Y volvió a cerrarla.

Ya que no tenía una respuesta…

—Yo… no conozco las Baladas Pretéritas —admitió, y la voz le salió un escalón más bajo de lo que esperaba.

—Pero antes recitaste el verso del Halo —la chica inclinó apenas la cabeza, y redujo la voz hasta convertirla en un susurro destinado únicamente a él—. ¿Cómo lo conoces entonces?

Denion abrió la boca.

Y no la volvió a cerrar.

Ya que sí tenía una respuesta…

—Mi madre… —comenzó sin llegar a añadir nada más, porque algo en la manera en que pronunció estas dos palabras, bastó para que la chica no insistiera… y en su escritorio el profesor no alzó la vista de los papeles… pero sus dedos se detuvieron sobre el broche.

—Gracias —dijo ella interrumpiéndolo con suavidad, y regresó a sus extrañas anotaciones como si nada hubiera ocurrido, aunque la sonrisa que no mostró en sus labios le aceleró el corazón.

Y allí Denion sintió algo nuevo…

Una curiosidad pura, por algo que no cabía en ningún libro.

Una curiosidad pura… por alguien.

Desde su lugar el profesor observaba la escena, igual que quien presencia un gesto antiguo repitiéndose con variaciones mínimas, y sin darse cuenta llevó otra vez los dedos hasta el broche triangular…

pues ya había visto esto antes… esa forma particular en que dos Numians se reconocían incluso antes de comprenderlo, y algo antiguo despertaba entre ellos sin pedir permiso…

y lo peor, era que conocía el precio que solía cobrarse después.

Apretó la mandíbula preso por ese recuerdo, y gritó:

—¡Silencio, por favor!

Denion se apartó el pelo de la frente, y finalmente obedeció… tenía que llegar tan lejos como su madre, y esa promesa humilde formulada hacía tanto tiempo para sí mismo… comenzaba a pesarle más que cualquier distracción.

El profesor negó con la cabeza.

Eran solo chicos , se dijo.

Huérfanos brillantes, con padres arrebatados demasiado pronto por accidentes imprevistos… cargando expectativas inmensas sobre hombros todavía incapaces de sostenerlas, y atravesados por herencias invisibles que nadie les había enseñado a rechazar.

Aunque quizá ahora fuera diferente , pensó sin demasiada convicción.

Y afuera, mucho más allá de los ventanales altos, las sombras del Bosque de los Pergaminos volvían a retorcerse entre los árboles… con una oscuridad nerviosa, incluso bajo la quietud del mediodía.

El profesor las miró un último instante, y sus dedos rozaron el borde del broche triangular… y cerró los ojos un respiro… solo uno… antes de que la memoria llegara sola, como siempre llegaba cuando menos lo quería.

Varios nombres más para las vigas de cedro , pensó, y el olor a esas paredes de pino volvió a asentársele dentro de los huesos, con una familiaridad insoportable.

Por eso había abandonado las Legiones…

Para dejar de ver vidas consumiéndose una tras otra, en aquel fuego irreal.

Sin sentido.

Sin descanso.

Pero el fuego seguía encontrándolo, también aquí.

Incluso en un salón donde apenas se enseñaba el calendario.

Sacudió la cabeza y regresó a los papeles sobre su escritorio, como si el orden paciente de los números… pudiera contener aunque fuera por un rato… el desorden obstinado de aquella guerra que insistía en filtrarse por cada rincón del mundo.