Calendario #5
Aquí el chico de la pizarra trazó una línea divisoria con solemnidad, igual que si acabara de inaugurar un nuevo capítulo dentro de un pergamino sagrado, y detrás de su pupitre vacío, la chica que todo lo escribía, detuvo el lápiz dorado sin saber explicar por qué…
pero sus ojos comenzaron a seguir aquella mano dibujando la línea blanca sobre la pizarra, con una atención extrañamente hipnótica…
como si ese simple trazo la anclara a Denion, dentro de un mundo que se movía demasiado rápido…
luego retomó la escritura, aunque antes necesitó tomar un respiro profundo…
mientras el chico continuaba delineando cada letra, con una devoción que parecía encenderle los dedos:
Fase de Aneara la Bondadosa
Fase de Fedara la Redentora
Fase de Lameno el Vigoroso
Y mientras Denion iba completando los nombres, algunos alumnos comenzaron a murmurar entre ellos.
—Mi abuela nació en la Fase de Aneara —susurró uno.
—La mía también —respondió otro—. Dice que por eso es tan bondadosa.
—¿Crees en eso? —preguntó el primero, sonriendo de modo burlón.
—No lo sé —el segundo se encogió de hombros—. Pero nunca la vi enojarse.
El estudiante de espalda ancha resopló con desdén:
—Supersticiones de viejos.
El carbón blanco seguía deslizándose sobre la madera negra:
Fase de Saleno el Sabio
Fase de Alaeno el Valeroso
Fase de Deleno el Leal
Fase de Nelara la Honorable
—¡Con ustedes, las catorce fases! —exclamó Denion al terminar, con la satisfacción de quien ajusta la última pieza de un mecanismo complejo… y por fin, lo ve funcionar delante de sus ojos.
Entonces un suspiro colectivo recorrió el salón de extremo a extremo, derramándose sobre los pupitres con una resignación casi trágica, porque todos comenzaron a entender ya el destino inevitable de aquella lista que les parecía interminable… copiarla entera en sus hojas.
La pizarra al final de la lección de Denion, exhibía letras y símbolos blancos por doquier, y aun así conservaba un orden extrañamente reverente…
y el profesor empezó a revisarla por simple costumbre, ya que claramente resultaba innecesario hacerlo, pues el chico frente a ellos era…
sin lugar a duda… el alumno más brillante de esa clase…
quizá incluso del Monasterio entero… y por esto mismo, sin terminar siquiera de leerlo todo, declaró con la seguridad de quien no necesita confirmar lo evidente:
—Lo has hecho bien, Denion. Aprobaste la lección. Pero desde ahora, ¡mudez absoluta! ¡Y los demás copien todo lo que hay en la pizarra!
Desde su banco, acompañada por una ironía que disfrutaba de la contradicción recién pronunciada por el profesor…
la chica que todo lo escribía detuvo el lápiz dorado por segunda vez, y lo dejó suspendido en el aire…
y sin comprender del todo por qué… ocurriéndole nuevamente en apenas algunas palabras copiadas, sus ojos se clavaron en Denion con una energía que él no alcanzó a percibir, estando demasiado ocupado en regresar a su asiento, mientras se sacudía de los dedos el polvo blanco del carbón… sí… blanco.
El corazón del mejor alumno todavía latía con fuerza por lo ocurrido, pero la firmeza ya estaba asentada dentro de él de nuevo, igual que el agua cuando recupera su calma después de una piedra arrojada al centro…
y aquella humillación que lo congeló, fue apenas un tropiezo incómodo que ya quedaba en el pasado…
aunque Denion no vivía lo sucedido realmente como un triunfo… sino simplemente como haber cumplido.
Y durante un instante frágil, sintió que había logrado estar a la altura de aquello que su padre creyó ver siempre en él, e incluso le pareció percibir la sonrisa tibia de su madre, alcanzándolo desde algún lugar imposible de nombrar…
y ese pensamiento le concedió un alivio profundo, mezclado con una necesidad obstinada de volver a demostrarlo una vez más.
Ajeno a todo esto… allá en el fondo del salón y encerrado en un mundo aparte, aunque respirara el mismo aire cargado de polvo… el estudiante de espalda ancha lo fulminaba con la mirada, mientras hacía girar lentamente el anillo escarlata sobre el dedo.
Lo había copiado todo…
Cada maldito número.
Cada maldita Fase.
Pero no por interés verdadero, sino porque sabía que tarde o temprano su padre le preguntaría qué había aprendido en clase, y no podía permitirse un error otra vez… ¡sus hermanos jamás lo hacían!
Mientras tanto el resto de los alumnos comenzó a soltar rezongos largos, y quejidos cansados que se mezclaron con las motas suspendidas en el aire… y enseguida el salón se llenó del sonido uniforme y resignado, de los lápices arrastrándose sobre los cuadernos.
Y apenas Denion ocupó su silla, todavía con un resto de alegría encendido en la mirada, escuchó una suave voz llegar desde el banco de atrás:
—¿Qué significa, Era del Silencio del Cielo?
Denion respondió casi sin pensarlo, todavía de espaldas, con la mirada fija en la pizarra que acababa de abandonar.
—Se cuenta desde que los Dioses del Cielo se fueron.
—¿Se fueron? —insistió la voz—. ¿Adónde?
—Eso… creo que nadie lo sabe.
Y recién entonces, con la pregunta todavía flotando entre los dos, sintió un toque suave en el hombro izquierdo, y el chico giró antes de siquiera pensar.
Y allí estaba, con toda su presencia…
La chica que todo lo escribía.
—¿Qué significan los nombres de las Fases? —le preguntó, sin levantar la voz.
El mejor alumno quedó suspendido en una mudez torpe, y solo entonces entendió que ella siempre había estado allí sentada detrás de él… a solo un banco de distancia… y quizás esperando el momento exacto para hacerse visible dentro de su mundo.
Y a pesar de llevar Halos enteros respirando el mismo aire viciado del aula, jamás habían cruzado realmente las miradas hasta ahora…
y cuando la observó de verdad, notó su cabello ambarino recogido con una cinta roja que imitaba la forma delicada de una flor imposible…
y ese pequeño detalle le golpeó el cuerpo con una fuerza extraña, como si estuviera frente a un secreto destinado desde siempre a sus ojos.
El pupitre de ella estaba cubierto de papeles y anotaciones interminables, saturadas de trazos precisos y ordenados con una disciplina casi obsesiva, y entre todas aquellas líneas, destacaba un dibujo de las cinco lunas cerrándose sobre sí mismas en un eclipse perfecto, rodeadas por una aureola que parecía emitir luz incluso en medio de la hoja misma.
Pero había algo más…
Allí perdido en el margen, y casi borrado bajo correcciones sucesivas, el chico que aún conservaba restos de polvo blanco entre sus manos, alcanzó a leer una curiosa pregunta… «¿En ocho Halos es cuando se rompe?».
Denion no supo qué significaba… pero la releyó dos veces antes de apartar la mirada…
y luego comprendió que esa chica había escrito cada una de sus palabras…
una por una… sin permitir que ninguna se perdiera en el aire…
y que lo había escuchado desde un lugar donde nada parecía capaz de distraerla, y cualquiera habría jurado que para ella…
la voz del chico… no dejaba espacio para ninguna otra cosa.
Y ahora lo miraba bajo una mezcla extraña de asombro y exigencia contenida, con una presión silenciosa que rozó en Denion algo muy hondo y lo hizo sentirse expuesto…
casi a la intemperie… y desconcertado parpadeó un par de veces, y recién entonces sintió que por primera vez en esa clase, alguien no solo le pedía una respuesta verdadera…
sino que esperaba algo de él que no podía copiarse de ninguna pizarra.
Pero lo que más le llamó la atención fue el lápiz dorado que sostenía entre los dedos, desgastado hasta casi la mitad, y con la madera mostrando pequeñas marcas irregulares de mordidas, que hablaban de largos Pulsos consumidos de pensamientos tensos…
y cerca de la punta llevaba grabada una inicial negra con la forma de una «V» invertida, tallada con una devoción paciente imposible de borrar.
La chica advirtió hacia dónde se dirigía esa mirada indiscreta y cerró los dedos sobre el lápiz dorado, ocultando la inicial con un gesto rápido… pero fue un reflejo mucho más cercano a la timidez que al recelo.
—Mi madre me regaló una caja entera —explicó entonces, sintiendo que debía justificar su actitud—. Me dijo que mientras escribiera con ellos… ella seguiría conmigo.