Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Calendario #4
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Calendario #4

—Antes de que el Gran Maestro Dareenio creara el magnífico Pulsolario, cada reino medía el tiempo a su manera —indicó—. No existía un orden verdadero con el tiempo. No existía una sincronía.

Mientras hablaba, sus dedos regresaron al broche triangular por puro instinto, y durante un instante la mirada se le desvió hacia la ventana… en ese gesto que ya los alumnos más atentos habrían aprendido a no interrumpir.

—Y claro —prosiguió, retomando la secuencia con una seriedad creciente—, las guerras estallaban porque nadie lograba ponerse de acuerdo sobre cuándo debía terminar una tregua o cuándo comenzar un tratado.

Algunos… —respiró profundo, y la voz le descendió apenas— han perdido grandes amigos en las Legiones porque los refuerzos llegaron tarde.

Porque nadie sabía qué tiempo corría en el campo de batalla.

El broche triangular parecía arderle bajo los dedos, y Denion notó cómo lo apretaba con una fuerza involuntaria…

—Por eso el Pulsolario nos dio un orden que todos podíamos seguir —continuó—. Nos permitió, en cierto modo, entendernos. Y eso… —hizo una pausa breve, aunque cargada de algo que decidió no pronunciar— salvó más vidas que cualquier espada.

El estudiante de espalda ancha ya no sonreía.

Las palabras del profesor, cargadas con aquel dolor de compañeros perdidos en las Legiones, le habían golpeado el pecho con un peso súbito…

su hermano mayor, el más condecorado de la familia, había caído durante una Incursión Oscura, y otros miembros de la familia fueron consumidos también entre guerras y campañas interminables…

y allí sus brazos continuaban cruzados… pero el ceño se le había endurecido y la mirada había cambiado…

dejándola fija ahora sobre Denion con una aspereza mucho más peligrosa que la simple burla…

y el mejor alumno sintió con claridad que ya no lo miraba buscando la burla.

Casi todos los alumnos miraban ahora hacia el frente, con los oídos atrapados por la historia que acababa de desplegarse ante ellos…

y al mismo tiempo la chica que todo lo escribía, retomaba el ritmo constante de su lápiz dorado sin perder un solo detalle…

y el profesor carraspeó otra vez, sacudiéndose el peso del pasado, al comprobar satisfecho que había recuperado la atención del salón… al menos por ese momento.

Entonces señaló a Denion con un gesto breve antes de volver a sentarse, y habló:

—Continúa con el resto, por favor.

El chico ya había recuperado parte de su color habitual, y en el rostro comenzaba a reaparecerle aquella confianza inquieta de siempre, aunque los dedos aún le temblaban apenas…

así que miró los dos trozos de carbón blanco que tenía en su mano…

dejó uno en el escritorio del profesor con un cuidado deliberado…

y con el otro, comenzó a hacerlo girar entre los dedos con la destreza distraída de un malabarista, evitando en todo momento la mirada del estudiante de espalda ancha, que seguía observándolo desde el fondo con los brazos cruzados.

Tomó aire con discreción, y retomó la lección oral bajo ese ritmo entusiasta que tanto le gustaba sostener:

—Cada Halo tiene veintiocho Pulsos. Dieciséis bajo el sol y doce bajo las lunas —trazó el número 28 sobre la pizarra con un gesto firme y seguro.

Desde el fondo, alguien dejó caer la cabeza sobre el pupitre con un golpe sordo, y Denion… consciente del peligro de perder nuevamente la atención del salón… intentó insuflar movimiento a las palabras:

—Por ejemplo, si un legionario parte al amanecer hacia la Tierra Muerta, y debe regresar antes de la noche… —hizo una pausa medida, dejando que el cálculo empezara a desplegarse en cada mente— tiene exactamente dieciséis Pulsos para hacerlo. Y cada Pulso que se demore, aumenta el peligro.

La cuenta regresiva quedó suspendida en el aire, igual a una carga imposible de ignorar… y un murmullo recorrió el salón apenas pronunció el nombre de la Tierra Muerta… incluso varios de los que dormitaban levantaron la vista, arrastrados por el eco inquietante de aquellas palabras.

—¿La Tierra Muerta? —preguntó un alumno desde el fondo, mezclando fascinación y nerviosismo—. ¿Los legionarios van ahí de verdad?

Satisfecho al sentir que la atención regresaba hacia él, Denion dejó la pregunta flotando sin respuesta… porque no buscaba alejarse de la lección, sino arrastrarlos todavía más adentro de ella:

—Y cada Pulso contiene pequeñas réplicas que son llamadas Ecos. Sesenta y cinco por Pulso —ahora anotó el 65 justo debajo del 28, y sin querer notó cómo la energía del salón, comenzaba a enfriarse otra vez.

Porque los murmullos murieron casi de inmediato cuando las cifras volvieron a ocupar el centro del aire… y apenas quedó un bostezo aislado, junto con el roce rugoso del sobretodo de un alumno, cuando volvió a hundir la cabeza cómodamente sobre el pupitre.

Denion se detuvo con la desilusión cruzándole el rostro, al sentir que la atención comenzaba a escurrírsele entre los dedos una vez más, y el profesor reprimió una sonrisa, porque ya entendía perfectamente que ese chico era un problema…

sí, un gran problema sin dudas… pero también era una promesa, y sin demora levantó apenas la mano y le hizo un gesto, para que continuara.

—Además están las catorce Fases… —prosiguió Denion, aferrándose al entusiasmo como quien sabe que si lo suelta no vuelve— y cada una tiene cuarenta Halos y juntas forman un Ciclo. ¡Y todavía hay más! Lo asentaré…

Aunque vaciló… y se quedó mirando superficie negra de la pizarra, buscando dentro de aquel desorden, la forma precisa que él juraba poder ver allí escondida.

—Esperen… —dijo al fin—, quiero que lo vean con más claridad.

Y comenzó a escribir de manera ceremonial… ordenando el tiempo, igual que un artesano calibraba los mecanismos delicados de un Pulsolario:

Eco (Minuto)

Pulso (Hora)= 65 Ecos

Halo (Día completo) = 28 Pulsos

Fase (Mes) = 40 Halos

Ciclo (Año) = 14 Fases

Ahora sí las palabras y los números quedaron alineados con mayor claridad, sobre la madera negra… y Denion giró hacia la clase con un movimiento contenido… temiendo quizá romper algo frágil que apenas acababa de construirse.

Nadie se atrevió a interrumpirlo o a interrumpir su sueño… dependiendo del punto en que se lo mire.

Pero ni siquiera el estudiante de espalda ancha, sintió ánimo de decir algo.

Entonces el chico parado frente a la clase, continuó casi con cautela:

—Esto es lo básico, lo que usamos en lo cotidiano. Ahora verán las unidades para medir la historia misma.

Se giró otra vez a la pizarra, y el carbón blanco volvió a explayarse sin titubeos:

Nexo (Década) = 10 Ciclos

Legado (Siglo) = 10 Nexos

Dominio (Milenio) = 10 Legados

ESC = Era del Silencio del Cielo

Cuando terminó, dio un paso atrás… luego otro con convicción… y desde allí comenzó a contemplar la madera negra, con el semblante serio de quien acaba de desplegar un mapa antiguo que jamás fue mostrado delante de otros.

—Ahora sí. Así se calcula el tiempo en Albynia —expresó con una reverencia involuntaria—. Por ritmo y por luz.

Nadie se movía.

Incluso el silencio parecía haberse rendido al sopor de la siesta.

Y en medio de esa quietud cargada, el profesor observó la apatía del salón con esa resignación tranquila que solo concede la experiencia, mientras sus dedos regresaban otra vez al broche triangular en un roce leve…

casi involuntario, como si ese brillo oscuro lo llamara siempre desde algún rincón interior, al que prefería no asomarse demasiado.

Solo la chica que todo lo escribía seguía moviendo el lápiz dorado, y lo hacía con una calma tan medida, que parecía formar parte de la quietud misma…

entonces durante un instante fugaz, el salón entero pareció suspendido fuera del tiempo que acababa de ser trazado sobre la pizarra…

hasta que Denion se apartó los mechones de la frente con una lentitud distraída, como quien busca el siguiente paso de un pensamiento sin saber todavía dónde encontrarlo…

y con ese desparpajo tan fiel a sí mismo, habló:

—Profesor, si quiere, puedo escribir los nombres de las Fases. Sé que esto estaba previsto para las próximas clases, pero ya estuve leyendo sobre ello y puedo hacerlo ahora, si le parece útil.

El murmullo que recorrió el salón tuvo mucho más de fastidio que de asombro, y el estudiante de espalda ancha se removió en el asiento, ajustando la postura con una impaciencia que no llegó a transformarse en una catarata de insultos…

por muy poco… sin duda… Denion parecía esforzarse con auténtico talento, en conseguir que sus compañeros lo odiaran.

—Sí, hazlo —respondió el profesor, agradeciendo en silencio aquella iniciativa inesperada, aunque… tratándose de Denion… quizá no fuera tan inesperada después de todo.

Y tal como el educador les había advertido antes de comenzar la lección oral…

algunas cabezas comenzaron a doler… a doler de verdad…

y varios alumnos se hundieron contra los respaldos de los bancos buscando alivio…

aunque ni ellos mismos parecían saber si este malestar nacía del esfuerzo genuino de comprender la lección…

o si era, simplemente un producto del efecto agotador de la voz incansable de Denion, que avanzaba sin conceder tregua ni al pensamiento ni al cansancio.

—Bueno —dijo el chico reencendido de pasión, y comenzó a trazar cada letra con cuidado, como si colocara las piezas dispersas de un esquema antiguo que pedía ser revelado… y la pizarra empezó a llenarse de nombres, que resonaban con una autoridad ancestral:

Fase de Aneara

Fase de Fedara

Fase de Lameno

Fase de Saleno

Fase de Alaeno

Fase de Deleno

Fase de Nelara