Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Calendario #3
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Calendario #3

¿La chica que todo lo escribía lo admiraba? ¿Lo vigilaba? No tenía manera de saberlo, pero sin dudas ese lápiz dorado metódico lo intimidaba de una forma difícil de explicar. ¿Escribía para no perder nada de lo dicho… escribía con la paciencia de quien vigila algo destinado a importar más adelante?

El ya proclamado alumno más brillante de la clase, giró entonces sobre sus talones con un movimiento teatral, como si el aula entera hubiese sido construida para servirle de escenario… y retomó la explicación con voz animada:

—¡Esto que viene es fascinante! —anunció—. Déjenme citar otra parte importante que me encanta del libro del Gran Maestro Dareenio.

Y declamó:

«Forjado en las sombras de las cinco lunas, el Cristal de Energía Albino, conocido con el nombre de Pulsedar, no mide el tiempo, lo escucha.

Cada pulso rítmico que llega del sol lo colma de energía, y su blancura comienza a oscurecer, tornándose primero perla, luego ceniza y finalmente negra, hasta que el Halo se completa y el Cristal se descarga en un fulgor blanco una vez más. »

Denion, sostenido por esa memoria prodigiosa tan propia en él como formular preguntas, se dejó arrastrar por el asombro de lo que acababa de compartir, y buscó reacciones en el salón…

tal vez alguna chispa mínima… algún gesto capaz de confirmarle que no era el único hipnotizado en aquel entusiasmo…

aunque lo único que encontró fueron bocas entreabiertas intentando disimular bostezos, y muchos ojos pesados que se derramaban sobre los pupitres con un aburrimiento imposible de ocultar…

y ningún compañero parecía prestarle verdadera atención…

salvo la chica que todo lo escribía, por supuesto…

cuyo lápiz no detuvo el avance ni por un mínimo instante.

—¿Entendieron lo que ocurrió? —preguntó, mientras se quitaba el pelo de la frente, y justo cuando un bostezo rotundo emergió en el fondo del salón, igual que una declaración abierta de desinterés…

pero aun así siguió adelante, empujado más por su propio fervor que por la respuesta del aula—.

¡El increíble Gran Maestro Dareenio descubrió que el Pulsedar podía medir cada Pulso!

¡Computar Halos completos! ¡Y así inventó el Pulsolario para medir el tiempo!

Esa esfera de Cristal de Energía Albino, ¡con todos esos anillos móviles mecánicos!

, que comenzó a marcar la edad del mundo.

Denion respiró hondo, hinchó al máximo su pecho, y clamó alzando los brazos… dejándose arrastrar por el impulso de su propio entusiasmo:

—¡Fascinante! ¡Deslumbrante! ¡Espectacular! ¡Incre…!

Un murmullo recorrió el salón de punta a punta y le cercenó el grito a medias…

y por ahí, alguien se restregó los ojos con una lentitud cargada de sueño, otro más a un costado se estiró con ganas, despertando de un descanso demasiado reconfortante…

y desde las últimas filas un banco crujió con sequedad, antes de que una voz grave atravesara el aire:

—¿Y para qué nos sirve saber todo eso? —soltó, con seguridad—. Mi familia no necesitó de un Pulso… un Pulso… —frunció el ceño tratando de recordar el nombre— …de ese cachivache, para crear su fortuna.

Denion alzó la vista de golpe siguiendo el rastro de la voz, y lo encontró en un estudiante de espalda ancha, con los brazos cruzados y postura desparramada con desparpajo sobre la silla… jugando distraídamente con el anillo escarlata de su Casa, mientras lo hacía girar entre los dedos.

Entonces sintió las miradas de toda la clase clavándose sobre él una tras otra…

porque por primera vez desde que habían comenzado las clases, no tenía ninguna respuesta preparada aguardando detrás de los labios, y se llevó la mano a la frente por puro reflejo…

aunque esta vez no había mechones que apartar…

así que nervioso, habló empujado por la urgencia de no quedarse en silencio:

—Para… —la palabra se le atoró dentro—. Para saber cómo funciona el mundo.

La frase cayó en el salón, con el peso de una piedra arrojada al fondo de un pozo vacío.

—Yo ya conozco cómo funciona el mundo sin saber cuántos Pulsos tiene un Halo —respondió el estudiante de espalda ancha, agitando la mano igual que quien aparta algo molesto… y varias risas breves le hicieron coro desde distintos rincones.

Los dedos de Denion se cerraron con fuerza alrededor del carbón blanco, y el entusiasmo que hasta hacía unos instantes parecía sostenerlo entero, vaciló por primera vez desde el comienzo de la exposición…

y miró la pizarra buscando refugio en las palabras escritas allí, como si aquellas letras blancas pudieran devolverle la seguridad perdida… y lo intentó:

—Es que… es que si no sabemos medir el tiempo… —sus ojos regresaron a la pizarra, pero ahora solo veía carbón blanco sobre madera— entonces no podemos…

—¿No podemos qué? —lo interrumpió el estudiante de espalda ancha, inclinándose hacia adelante con una lentitud deliberada—. ¿No podemos levantarnos al amanecer? ¿No podemos dormir sin saber si llegan las lunas?

Las risas regresaron esta vez más confiadas… más crueles.

Denion apretó los dientes.

Las palabras que antes le brotaban solas, aquellas por las que sus padres sonreirían orgullosos… ahora se le amontonaban en la garganta, igual que piedras ásperas incapaces de surgir.

Miró otra vez la pizarra cubierta de números y nombres varios, todo ese orden perfecto que trazó con tanta seguridad, apenas unos respiros atrás… y de pronto le pareció un esfuerzo inútil condenado a borrarse.

—Yo solo… —empezó, y la voz comenzó a temblarle—. Es importante porque…

—Déjalo, ya entendimos —dijo un alumno con lentes desde el fondo, apoyando la cabeza sobre la mano mientras bostezaba exageradamente—. Solo le gusta mostrar lo mucho que lee.

Y justo ahí, sin saber siquiera cuándo empezó a apretarlo, el carbón blanco se partió entre los dedos de Denion con un chasquido seco, y bajó la vista para observar los dos pedazos descansando en su palma.

El calor del salón se volvió espeso, casi imposible de respirar para el muchacho frente a la pizarra, y una silla crujió cuando alguien se acomodó para verlo mejor… y ese sonido breve le atravesó el pecho con una profundidad absurda.

Detrás de su banco vacío, la chica que todo lo escribía había congelado el lápiz dorado a mitad de palabra, dejando la punta clavada sobre el papel igual que una aguja inmóvil queriéndolo atravesarlo.

El estudiante de espalda ancha sonreía satisfecho, aunque sus dedos apretaban el anillo escarlata con una fuerza excesiva, que revelaba un nerviosismo mal oculto bajo su arrogancia…

y permanecía recostado despatarrado sobre la silla ocupando más espacio del necesario, y cualquiera que supiera observar sentiría que toda esa seguridad ostentosa, estaba sostenida por algo a punto de resquebrajarse en mil pedazos…

quizá el peso inevitable de haber nacido detrás de tres hermanos mayores, todos con lustrosos designios ya cumplidos…

todos convertidos ya en laureados oficiales de las Legiones Imperiales, vivos o caídos con honores…

y mientras ellos lucían destinos brillantes, él permanecía aquí…

humillando a un chico flacucho delante de todos, para sentir aunque fuese durante un miserable parpadeo…

que él también podía estar por encima de alguien.

Y Denion, de pie frente a la clase con la pizarra detrás como un telón demasiado grande para él, se sintió pálido… y más pequeño de lo que realmente era.

Pero no podía fallar.

No cuando su padre había muerto, creyendo que él llegaría tan lejos como su madre.

No cuando esa promesa era lo único que le quedaba.

Entonces, comenzó a sentir algo que odiaba sentir con toda su alma…

Miedo de decir algo incorrecto.

Miedo de que todos descubrieran que no era tan brillante como parecía.

El profesor regresó a su escritorio sin hacer ruido y despacio se dejó caer en la silla, observando el ida y vuelta de voces con atención…

y desde ese lugar notó cómo la vergüenza comenzaba a pesarle a Denion y lo obligaba a bajar los ojos poco a poco…

y sintió que después de todo, consiguió esa presión que había querido provocarle desde el principio…

sin embargo carraspeó apenas, y una pequeña punzada de culpa lo atravesó antes de que pudiera esconderla.

Es que el silencio del muchacho empezó a volverse demasiado pesado para ignorarlo, y en medio de ese vacío, el profesor pareció perderse durante un suspiro con la mirada fija en ningún punto concreto…

como si estuviera enfrentando otra vez los rostros de aquellos otros muchachos…

de esos jóvenes legionarios, que terminaron quebrándose antes de siquiera enfrentar su primera batalla.

Había buscado silenciar a ese chico inquieto.

Pero no destrozarlo…

Y negó apenas con la cabeza.

No, otra vez esto no … pensó, y resuelto se puso de pie.

—Es una muy buena pregunta —intervino, luego de volver a pararse y avanzar unos pocos pasos—. ¿Para qué nos sirve saber esto? Déjenme contarles algo —dijo, como quien recoge algo que no debió soltar.

Denion soltó el aire en un suspiro largo, todavía con las manos cerradas alrededor de los dos pedazos de carbón blanco… sorprendido y aliviado, de que el educador desviara el foco de su angustiante exposición.

Algunos alumnos se frotaron los ojos con torpeza, despertando al fin de esa… ¿extraña siesta clandestina, que parecía haberse extendido por el salón entero sin permiso de nadie?… en fin… de pronto, poco a poco el resto del aula comenzó también a desperezarse hacia un interés inesperado.

Sin más remedio… al menos en este Halo… el profesor decidió ignorar los bostezos, los cuerpos hundidos sobre las sillas igual que sacos vacíos y aquella modorra insolente instalada bajo sus propias narices…

y continuó hablando, con un tono firme que terminó envolviendo el salón en una solemnidad inesperada: