Calendario #2
Detrás del banco vacío de Denion, una chica ya completaba la tercera página de su cuaderno, con esa concentración silenciosa que vuelve distante el murmullo entero de un salón…
y el profesor observó el entusiasmo del alumno frente a la pizarra, con esa resignación que ya anticipaba que esta simple lección, terminaría transformándose en una conferencia mucho más larga de lo previsto.
Así que se volvió hacia el resto de la clase…
—Sé que el calendario suele resultar aburrido —dijo alzando la voz, buscando arrancar incluso a los más distraídos de su letargo—, pero deben aprender bien cómo funciona el tiempo en Albynia, porque es la base de todo —hizo un gesto hacia Denion para que comenzara—.
No dejen de prestar atención. Y si les duele la cabeza… es señal de que están aprendiendo.
El alumno asintió, y el carbón blanco rozó la pizarra arrancándole un chirrido leve.
—Aprendimos que el sol permanece quieto en el cielo —comenzó con voz clara y gestos amplios—. Pero no porque nos vigile, como yo pregunté ingenuamente, sino por la órbita peculiar de nuestro gigantesco planeta. Entonces, si el sol solo se queda fijo… ¿cómo es posible que tengamos día y noche?
Denion frunció el ceño con un misterio teatral, y se apartó el pelo de la frente… a la vez que recorrió a sus compañeros con la mirada, antes de proclamar con satisfacción:
—¡Porque las cinco lunas pasan por la Franja Lenta y se alinean formando un eclipse que oculta el sol por completo! ¡Las «Sempiternas» comienzan la noche!
Cerró las manos con énfasis, simulando atrapar el astro entre los dedos, y las mantuvo así un instante cargado de expectación… luego, las abrió lentamente, liberando aquello invisible que había aprisionado dentro de sus palmas, y continuó:
—Al amanecer, que es cuando las lunas se dispersan, aparece una enorme aureola brillante que dura solo un instante hermoso y marca el comienzo del día. A este movimiento entero se lo denomina Halo.
Movió la mano para aflojar la tensión de los dedos… era la primera vez que hablaba frente a una pizarra, y el entusiasmo casi le hacía olvidar hasta cómo respirar… pero igualmente escribió con una determinación firme, que parecía brotarle sin esfuerzo:
Halo = jornada completa
Su entusiasmo no dejaba de crecer, y miró al profesor con la vista encendida… mientras este lo observaba con esa atención cauta, que despiertan ciertas personas cuando parecen deslizarse un paso por delante del resto.
—¿Puedo decir un verso sobre el Halo? —pidió Denion, casi sin aliento—. ¡Por favor!
El educador apenas alcanzó a abrir la boca, y algunos alumnos ya tenían la mirada hundida en los pupitres de madera gastada, como si sus pensamientos hubieran abandonado el salón hacía rato, para refugiarse en algún lugar más distante y soportable…
a la vez que otros se removían sin pudor sobre los asientos, estirándose al completo y bostezando con descaro, entregándose lentamente a la tibia promesa de… ¿dormir una siesta clandestina?
—¡Gracias! —exclamó el chico con una solemnidad inesperada, y recitó:
«La aureola no da principio a la luz.
Es el eco de la oscuridad en fuga.
La huella que dejan las lunas al partir.
Entonces, un fulgor se abre en el cielo.
Y el día no ha nacido con el sol.
Sino con la retirada de las lunas.»
Denion entrecerró los ojos y respiró hondo… y cuando volvió a abrirlos… lo hizo con una calma extraña, igual que alguien que todavía permanece suspendido dentro de las palabras que acaba de pronunciar.
—¡Es sublime! —declaró con intensidad.
El profesor se quedó inmóvil al oírlo, porque estos versos no figuraban en ningún libro disponible en las bibliotecas, ni en los archivos que conocía, ni siquiera en las compilaciones que los estudiosos del monasterio consultaban con reverencia…
no, no eran nada de eso… sino un fragmento de aquellas Baladas Pretéritas, perdidas hacía larguísimos Legados, y de las que solo unos pocos en estos Halos conservaban murmullos incompletos en la memoria.
¿Cómo lo sabe?… la pregunta se abrió paso en su mente con una incomodidad inmediata, y su mirada regresó al estudiante bajo una atención distinta, casi incómoda… ¿Habrá sido su madre? … aunque esa respuesta no lo tranquilizaba… sino todo lo contrario.
Y por un instante fugaz, el educador creyó percibir algo en Denion que no debería estar allí dentro… una sombra adherida a su presencia, que arrastraba consigo un conocimiento demasiado antiguo, para habitar un cuerpo tan joven.
¡No!… pensó, sacudiendo apenas la cabeza.
Es solo un chico brillante.
Pero la duda obstinada, ya estaba echando raíces.
En el salón solo persistía el roce ininterrumpido de un lápiz dorado escribiendo sobre el papel, nada más… y el profesor escapó de su estupor, levantándose lentamente de la silla para avanzar hacia el frente con pasos medidos.
—Sublime, sí —repitió el educador, y la voz le salió cargada de una gravedad que antes no estaba allí.
Porque su mente seguía atrapada en aquella sombra que se había retorcido entre los árboles, pero al mismo tiempo percibía algo en ese alumno, que le despertaba una inquietud imposible de explicar…
y fue precisamente esa sensación insistente, la que le obligó a sostenerle la mirada un instante más de lo necesario…
temiendo que al apartarla se le escapara algo que no volvería a repetirse.
El chico no solo explicaba… revelaba.
Y en ese roce interior, el profesor se sorprendió preguntándose si Denion no sería uno de aquellos señalados… por quienes tienen por destino elegir a los demás cuando llegue el momento de hacerlo.
Porque notaba algo en su manera de hablar que no parecía aprendido, sino recuperado de un pasado inmencionable…
y daba la impresión de que las palabras en el chico no avanzaban hacia un conocimiento nuevo, sino que regresaban a uno antiguo, detenido en algún sitio donde el tiempo ya había perdido el dominio.
Pero interrumpió de golpe este desvío entre ideas y pensamientos, igual que un caminante entrevé en la niebla un precipicio por delante… y sacudió la cabeza con un gesto brusco, cargado del reproche silencioso que acompaña ciertas distracciones peligrosas.
—Continúa con lo del calendario —indicó, a la vez que volvía a sentarse.
Y Denion sintió la intensidad de la mirada del educador clavada sobre él, bajo la forma de una presión difícil de nombrar… aunque su mente todavía inocente no tenía dónde acomodar aquella sensación… así que la dejó pasar, del mismo modo en que se dejan pasar las cosas que no duelen.
Allí delante de la pizarra respiró hondo, hizo un gesto afirmativo con la mano, y retomó la palabra:
—Ahora veremos algo fascinante —dijo envuelto en esa pasión que parecía brotarle sola—.
El primer Gran Maestro de las Ciencias, el eximio Dareenio, hizo un descubrimiento sorprendente hace muchísimo.
Voy a citar algo de su libro El Orden Solar de Albynia, que me lo aprendí de memoria porque me fascina.
Esto no formaba parte del plan , pensó el profesor, con la resignación silenciosa de quien ha perdido el control de su propia trampa… a la vez que Denion cerraba los ojos concentrándose… y luego al volver a abrirlos, su voz adquirió una cadencia casi ritual.
—Dice…
«Cuando las lunas liberan al sol, el nacimiento de la aureola descarga su energía en pulsos invisibles y vibrantes que llegan al mundo a un ritmo constante, sin herir ni quemar. Apenas se perciben, los llamamos Pulsos, y son el latido del cielo sobre Albynia.»
Mientras Albius exponía, un par de alumnos se enderezaron apenas, sorprendidos por esa solemnidad inesperada, y al terminar…
el chico se apartó con lentitud el pelo de la frente, dejando que el silencio asentado sembrara el suspenso entre los pupitres, y esbozó una sonrisa al volverse hacia la pizarra para escribir…
igual que alguien dispuesto a revelar el mismísimo secreto de las extrañas Luces del Cielo.
Pulso = ritmo del Halo
—¡Copien todo lo que voy anotando, por favor! —exclamó Denion, con la voz todavía vibrante bajo el eco entusiasta de la cita.
Pero salvo el lápiz dorado de una chica que todo lo escribía con disciplina implacable, ningún otro lápiz dejó caer su trazo danzante sobre el papel…
y lo único que quebró el mutismo fue un suspiro lánguido surgido desde el fondo del salón, quizá en un intento infantil de pedirle al mismísimo tiempo que se apresurara un poco…
aunque terminó siendo apenas un soplo insolente, apenas lo suficiente para resquebrajar por un parpadeo el ambiente.
El profesor volvió a levantarse despacio, atraído hacia la ventana por una inquietud que parecía tirar de él desde algún lugar intangible del aula, y mientras avanzaba tocó el broche triangular sin darse cuenta.
El latido del cielo , pensó, mirando fijamente la transparencia del vidrio, eso es exactamente lo que es.
Y después carraspeó suavemente regresando su atención al salón, aunque no pronunció palabra alguna…
pero por dentro algo se le removía inquieto, anticipando el largo calvario que sería lograr que esta clase mantuviera viva la atención, durante todo el período lectivo…
con excepción del alumno que sostenía el carbón blanco entre los dedos, de más está decirlo…
y al parecer también aquella chica ajena al tedio general, que continuaba escribiéndolo todo.
La pizarra ya mostraba sus primeras letras, y Denion, de pie frente a todos, tal vez como el…
¿más brillante de la clase?… ¿o quizás incluso del monasterio entero?
… advirtió a la chica que todo lo escribía con su lápiz dorado avanzando con una serenidad imperturbable, moviendo la mano con trazos constantes y sin pausa…
pareciendo que el resto del salón hubiese dejado de existir para ella y su mundo entero, se redujera únicamente a aquellas líneas que avanzaban ordenadas sobre la hoja.