Calendario
Monasterio
Monasterio del Conocimiento
El olor a madera vieja impregnaba las narices, y si uno detenía la mirada sobre el gran mapa del Reino de Nordaar, colgado junto a la puerta doble del amplio salón de paredes oscuras y techos altos…
el Monasterio del Conocimiento aparecía dibujado al pie de la cordillera occidental, hundido entre los aromas espesos del mar de troncos del Bosque de los Pergaminos.
El calor húmedo reinaba en ese territorio durante el otoño, y unas cumbres inmensas se alzaban sobre la llanura, junto a los eternos Colosos de metal petrificado… que sobrevivían como vestigios heroicos y sombríos, de aquellos fragmentos de firmamento derribados durante la Fractura del Cielo.
Y esa guerra sagrada que aún se respiraba en la vastedad de aquellas montañas, descendía con el viento frío de las alturas, y se filtraba por los largos pasillos del monasterio convertida en ecos persistentes…
que proclamaban un pasado que se negaba a morir, y arrastraban la memoria hacia aquellos Halos remotos…
en donde el cielo había ardido sobre la tierra.
Entonces, cuando la atención se disolvía igual que una sombra sorprendida por la luz, brotaba de inmediato un fastidio reiterado en los profesores…
—¡Denion! Última advertencia —bramó el profesor de Enseñanza Básica desde su escritorio, con esa voz gastada de quien ha perdido la paciencia demasiadas veces frente a los mismos pupitres.
El mediodía comenzaba a filtrarse entre los ventanales del salón, y la luz descendía entre las partículas de polvo suspendidas en el aire, encendiéndolas en diminutos destellos que se debatían entre existir o desaparecer…
y mezclándose además, con el resplandor constante de esa lámpara amplia que colgaba del techo por una larga cadena de metal oscuro, con varios Luminares engarzados en su armazón, que alcanzaban con su brillo cálido los pocos rincones donde el mediodía todavía no llegaba del todo…
y el educador volvió la vista al ventanal hacia el bosque…
en un gesto involuntario, que nació con la rapidez de un reflejo demasiado antiguo para contenerlo…
porque incluso después de mucho tiempo, aquel lugar seguía guardando algo de él.
Pero esta vez la llamada sonó distinta.
Y durante un instante las sombras del Bosque de los Pergaminos parecieron retorcerse entre los árboles, y algo doloroso se abrió paso entre las ramas sin necesidad de palabras…
igual a una punzada invisible que llegaba desde muy lejos, desde más allá de las montañas… desde más allá del Anillo mismo.
Sabía que en el Halo anterior hubo una Incursión Oscura… y el bosque se lo hizo comprender, sin que sus raíces lo supieran siquiera, que muchos habían caído.
De pronto sintió que el broche de metal le quemaba contra la piel con una intensidad férrea, como si aquel objeto oscuro se acongojara por esas muertes lejanas, y quisiera devolverle a través de ese calor imposible, el presente de esos otros rostros del pasado, que el educador llevaba Ciclos enteros intentando sepultar en el olvido…
y en medio de ese ardor silencioso, comprendió con una certeza helada que le vació el pecho, que las noticias no tardarían mucho más en llegar.
—¿Profesor? —la voz de un alumno llegó desde algún rincón del salón—. ¿Está bien?
Cerró los ojos con fuerza, y cuando los abrió, solo quedaban los árboles y la luz del mediodía derramándose otra vez sobre las ramas inmóviles del bosque.
—Sí —respondió sin volverse, y la voz le salió más áspera de lo que pretendía—. Continúen copiando.
Pero la llamada persistía, empeñada en despertarle algo que no se atrevía a revivir… y en ese vaivén atrapado en una reflexión no buscada, terminó cayendo también él bajo las garras hipnóticas de los ventanales… preso del mismo embrujo que intentaba contener dentro de la clase.
Y esa misma luz del mediodía le encendía los ojos de un ámbar intenso, mientras su larga cabellera del color de las espigas en otoño, le caía sobre los hombros con suavidad…
tenía ese porte imponente tan propio de los Numian, y aunque siempre le había incomodado sentirse distinto, ese albor terminaba derramándose inevitablemente en cada gesto, como una herencia incapaz de permanecer oculta…
y entre todos los rasgos de este linaje que lo volvía reconocible, siempre asomaba el broche de metal triangular que llevaba prendido junto al cuello…
en un detalle oscuro apoyado contra la piel clara, que parecía latir con un significado enterrado demasiado hondo, para ser recordado por completo…
pero que él seguía usando con esa confianza tranquila, que solo nace de convivir demasiado tiempo con ciertos recuerdos.
Había pasado tiempo en las Legiones Imperiales antes de retirarse a enseñar…
y jamás le explicó a nadie por qué abandonó aquella vida…
pero esa mañana, cuando sintió la muerte atravesar las montañas igual que un grito incomprendido, recordó con una nitidez incómoda, la verdadera razón por la que dejó atrás el uniforme escarlata y añil, porque cada rostro joven que caía…
le devolvía las miradas de todos aquellos a quienes no consiguió proteger.
Decía tener treinta y una Llamas… una cuenta que apenas cruzaba el umbral de la Cuarta Edad… y esa jornada ya había lanzado cinco advertencias a un alumno construido casi enteramente de preguntas.
Ese era Denion…
Y tenía nueve Llamas, una menos de las que marcaban el inicio de la Segunda Edad, y si estudiaba en el Monasterio no era por azar…
sino por ser Numian… por ese origen que abría puertas sin necesidad de pedir permiso…
su cuerpo era más bien delgado, y se movía con la naturalidad de quien ha nacido para perderse entre libros y bibliotecas, observándolo todo con sus ojos ambarinos siempre despiertos…
mientras algunos mechones dorados le caían sobre la frente, y él los apartaba con ese gesto repetido tantas veces…
que ya formaba parte de su manera de pensar.
Poseía una curiosidad tan feroz, que nada de lo conocido le bastaba, y su mente funcionaba como un mar agitado de distracciones, donde cada ola arrastraba una pregunta nueva… que por supuesto brotaba incluso en los momentos menos oportunos.
—Profesor, ¿es verdad que los dragones tuvieron un papel importante durante la Fractura del Cielo? —preguntó, con la naturalidad de quien no distingue entre una reprimenda y un saludo—. Leí algo en un libro, pero no lo explicaba muy bien.
—¡Denion! ¿No has escuchado lo que dije? —exclamó el profesor, dejando escapar un suspiro que mezclaba paciencia y exasperación… a la vez que su mirada barría el salón, midiendo la disciplina muda del resto de los alumnos.
Y mientras todavía se respiraba ese aire a nuevo, que acompaña el comienzo del primer Ciclo de los siete que duraba la formación…
el profesor llevó la mano hasta el broche triangular sin darse cuenta, y su vista terminó posándose sobre la bandera del Monasterio…
que colgaba con solemnidad en una de las paredes, con su mitad superior negra y la inferior blanca, porque estos dos tonos lo contenían todo…
eran la noche y el día… lo oculto y lo revelado…
y allí, en el centro… justo sobre la línea que separaba ambos colores…
un gran ojo dorado abierto de par en par, observaba con una calma más antigua que el propio edificio…
y debajo de ese ojo, colgaba un cartel de madera tallada tan ancho como la bandera, donde se leía en pulcras letras doradas, el lema que todo Numian del Monasterio terminaba llevando cosido en la memoria, de tanto repetirlo:
«El Conocimiento Ilumina»
Bandera y lema eran un símbolo conocido por todos, y aquella dualidad en los colores no solo se vivía en esa tela…
pues también se respiraba en los uniformes y sobretodos blancos de los alumnos…
porque mientras permanecieran siendo parte de esos muros, dejaban atrás las coloridas capas de sus Casas Nobles, para convertirse sencillamente en estudiantes del Monasterio…
pero los profesores, en cambio, vestían sobretodos y uniformes del negro más cerrado, en un contraste severo que marcaba la distancia entre quien enseña y quien aprende…
igual que las sombras que señalan el camino, que la luz debe aprender a recorrer.
El educador ya intuía que las interrupciones de Denion no serían una excepción pasajera, sino una costumbre destinada a adueñarse de la clase entera…
así que decidió imponer un límite, y señaló al chico con el dedo índice, trazando en el aire un gesto firme de arriba hacia abajo…
antes de ordenar con una autoridad que no admitía rodeos:
—Lección oral como castigo. Ven al frente y explica lo que vimos hasta ahora del calendario. Puedes usar la pizarra si la necesitas.
Entre los bancos comenzaron a elevarse murmullos, algunos risueños, otros abiertamente burlones, en pequeños oleajes de voces que saltaban de pupitre en pupitre…
y el profesor confiaba en que esta marea de cuchicheos terminara avergonzando a Denion, para dejarlo luego bien clavado a su asiento…
mucho más atento… visiblemente más discreto… ¡y completamente silencioso!
Sin embargo el alumno saltó de su lugar, con el impulso despreocupado de quien corre hacia un juego largamente esperado…
y tomó el carbón blanco que el profesor le ofrecía, con esa solemnidad extraña, que solo tienen los que disfrutan de verdad lo que están haciendo, plantándose frente a la clase con la soltura natural de un actor…
y si la vergüenza llegaba a rozarlo, no se le notaba ni la mínima huella…
y mientras los demás parecían hechos de piedra, en sus bancos…
él vibraba con una energía que acababa de florecer…
porque sus ojos se agitaban con una audaz determinación, incapaz de aceptar el fracaso.