Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Los Dados #6
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Los Dados #6

A la distancia, y por el espacio que comenzaba a abrirse en la inmensa compuerta, emergieron grupos de corpulentos legionarios…

ceñidos con armaduras negras que devolvían la luz de los Luminares, como espejos de guerra…

moviéndose con esa agilidad que solo concede la experiencia…

mientras algunos ya llevaban las espadas preparadas en sus manos, y otros avanzaban con sus largas lanzas de doble punta apuntando al frente…

y los primeros de la fila comenzaron a encajar sus anchos escudos unos con otros…

borde contra borde… con un golpe metálico que resonó con ímpetu allí…

pero no en el páramo sin ecos por el que transitaba aún el joven cartógrafo…

y así formaron murallas portátiles con esa precisión de hierro del adiestramiento, a la vez que  centenares más, se alineaban sobre los muros en una formación cerrada, preparados para recibir al muchacho, y a plantar cara a lo que la oscuridad que aún respiraba… decidiera enviar tras sus pasos.

Eran orgullosos Legionarios Imperiales, los más poderosos de Albynia, y aun así el miedo les corría por la nuca bajo las corazas bruñidas…

les ardía en esos ojos clavados sobre aquella figura, que se movía tambaleándose hacia ellos desde el corazón mismo de la muerte…

porque lo que avanzaba hacia el Anillo era apenas un indefenso muchacho… y eso era lo más aterrador de todo.

Las voces de aliento no cesaban.

Y las piernas de Landion temblaban al límite del colapso, pero aun así extendió las manos hacia los gritos, con el gesto desesperado de un niño que impulsa los brazos hacia algo que no sabe si existe… intentando convencerse de que aquello no era una ilusión nacida del cansancio y del miedo.

Solo debía seguir el sonido…

Faltaba poco.

Ya estaba cerca.

El humo que despedían las incontables flechas que cruzaban el aire como una constelación enloquecida, le raspaba la garganta con cada aliento.

¡Solo debía seguir el sonido!

Pero en ese instante… la suerte eligió mirar hacia otro lado.

Y los dados… los dados cayeron del lado perdedor.

Trayendo con ellos el rugido.

Un rugido descomunal que desgarró el aire, pareciendo que la mismísima Tierra Muerta, hubiese abierto la garganta para reclamar lo que era suyo.

Algunos juraron después que todo ocurrió en un suspiro.

Otros… que fue incluso menos que eso.

Que apenas hubo un parpadeo.

Un pequeño latido.

Pero justo en el momento en que el destino parecía inclinarse hacia el lado de la salvación… el mundo entero de Landion se quebró en miles de astillas de hielo, cuando un novivo irrumpió ahuyentando a la piedad…

Primero fue una sombra emergiendo de entre los arbustos desde uno de los flancos del camino…

una silueta retorcida que avanzaba con una rapidez imposible…

y luego… bajo la luz incierta del amanecer que todavía se negaba a nacer…

dejó totalmente la cobertura de esas ramas resecas, tomando la forma de un oso gigantesco de cuerpo famélico…

con cada una de sus costillas, marcadas igual que cuchillas bajo una piel ajada que colgaba en andrajos, de un gris tan enfermo que ya no hablaba de vida…

sino de putrefacción… y en su cráneo la mandíbula le pendía rota y torcida, pareciendo que hubiera sido arrancada de cuajo y mal encajada otra vez, y observaba a su presa con unos ojos hundidos y turbios, de los que brotaba una secreción lechosa…

mientras ardían con un aborrecimiento que ningún ser vivo habría podido sentir.

Pero no había hambre en aquella mirada.

Tampoco instinto.

Solo una voluntad ajena a esa carne… una fuerza lóbrega que lo empujaba hacia adelante y lo obligaba a perseguir… ¡a cazar sin descanso!… más allá de la muerte.

Y lanzando otro rugido bestial se lanzó sobre el joven cartógrafo, clavándole sus garras cadavéricas en el pecho, antes de que nadie pudiera lanzarle una advertencia.

Entonces.

El mundo.

Se detuvo.

Cuando Landion cayó de espaldas… sin siquiera gritar.

Golpeando la tierra dura con todo su peso y con un impacto sordo que la ceniza tragó casi por completo, a la vez que un charco de sangre oscura comenzó a expandirse bajo su torso, absorbido por la aridez del camino.

No hubo dolor inmediato… solo un intenso frío que le llegó desde adentro… y tenía el pecho abierto, desgarrado por completo, y su corazón quedó expuesto a la mirada de los Dioses del Cielo, latiendo desnudo bajo un aire que jamás debió acariciarlo.

Aún bombeaba.

Aún luchaba por mantenerlo con vida.

Incluso a pesar de ya no tener sentido seguir intentándolo.

Y Landion bajó la vista… y llevó la mano hacia él… y lo tocó… sintiendo esos latidos contra la yema de sus dedos… se sentía cálido… se sentía obstinado… y se sentía todavía muy suyo.

De pronto una sombra lo arrancó de vuelta al humo y al ruido…

cuando el novivo se irguió sobre el joven cartógrafo con un rugido que rechinó dentro de su garganta podrida, y que no era voz ni bramido…

sino algo roto… una vibración enferma nacida de una voluntad antinatural…

y alzó las garras parecidas a guadañas, dispuesto a terminar lo empezado.

La mole del oso fue creciendo sobre él envolviéndolo, y justo allí…

en el momento en que la oscuridad del novivo ya lo cubría por completo, y el hedor de su carne muerta comenzaba a vomitarle encima…

el joven cartógrafo sintió el abrigo del sol descender a buscarlo, con la caída de un nuevo aguacero de flechas ardientes lanzadas desde el Anillo, atravesando el aire con un silbido furioso.

Y sentir esa calidez lo llevó lejos…

Muy lejos.

Hasta aquel recuerdo nítido de la galería celeste de la cabaña donde se crio con su familia, cuando los atardeceres envolvían la madera de aquel acogedor espacio, en un dorado cálido que parecía abrazarlo todo…

y cuando en su inocencia intacta todavía creía que el mundo era un lugar apacible…

un sitio donde el sol misericordioso, jamás dejaba de regresar cada Halo para bendecir a los vivos.

Y ahora ese mismo fulgor regresaba a buscarlo en medio del sendero reseco… pero ya no naciendo de aquel cielo sereno que perduraba en su memoria… sino que descendía en el fuego devastador de las flechas.

Fuego , pensó Landion…

Pero no el fuego azul de los Demonios del Cielo.

El fuego de los suyos.

El fuego de casa.

La Bondad de Aneara vestida en llamas , se dijo con lágrimas en los ojos.

Porque necesitó creerlo con toda su alma.

En el último instante… el joven cartógrafo quiso sentir que los Dioses no se habían olvidado de él.

Y sin más… su vida entera comenzó a arder a su alrededor, cubierto por decenas de flechas ardientes que caían desde lo alto del Anillo…

cada una lanzada con la certeza marcada en su destino…

cada una cargando el peso de una decisión que ningún legionario, decide tomar sin que algo se le rompa por dentro…

porque no era una orden fácil de ejecutar…

y los arqueros lo sabían… y aun así sus manos no temblaron…

porque temblar habría sido abandonarlo… y eso era lo único que no podían permitirse.

Era el último y más honorable tributo que las Legiones Imperiales le entregaban a ese legionario moribundo… para impedir que la muerte lo reclamara de otro modo… para negarle a esa fuerza tenebrosa, el derecho de hacerlo caminar convertido en novivo.

Casi todas se clavaron en lo que había sido un oso.

Muchas otras en el joven cartógrafo.

Y Landion… en medio de ese fuego… ya no sentía dolor.

Solo calor.

El mismo calor de aquella galería celeste que ardía en su memoria.

Y el fuego prendió primero en su capa sangre y ceniza, que le dieron para sobrevivir…

y a pesar de que no logró confundir a la muerte…

lo cobijó con la misma dignidad, con que una madre cubre a un hijo para resguardarlo del frío…

y esas llamas enseguida se prendieron en su cabello, para luego hacerlo en la piel rígida que la aridez de la Tierra Muerta ya había reclamado… hasta que no quedó nada por quemar.

El fuego trepaba con esa voracidad que los legionarios conocían muy bien… con aquella lengua ardiente que purifica, y que le devuelve a Nordaar… ¡lo que la Tierra Muerta intentaba robarle!

Y desde lo alto de la muralla del Anillo, los legionarios que lo vitorearon en silencio cuando partió, que lo saludaron con la palma abierta contra la frente en aquella despedida…

ahora lo veían arder en esa misma mudez cuando regresaba, con las llamas reflejándose en cada uno de esos ojos húmedos…

porque apartar la mirada era abandonarlo… y ninguno estaba dispuesto a hacerlo.

Porque los muertos te miran para que los recuerdes… y apartar los ojos era olvidarlos.

Cuatro cruzaron la Puerta de Luz.

Solo uno volvió…

Para ser cubierto con el honor del fuego.

Porque jamás un legionario será un novivo, mientras el Anillo esté en pie.

Ese muchacho quiso ser como Coole.

Y lo había logrado.

Ya que Coole tampoco regresó de su último Viaje… y aun así su nombre seguía vivo en la Cabaña de Cedro y Pino… como así también lo estará el de este joven cartógrafo, sumado desde ahora a esa lista interminable de quienes llegaron hasta donde otros no se atrevieron… y lo pagaron con el corazón.

Y allí…

Envuelto en las llamas del honor…

En las llamas de las Legiones Imperiales.

¡En las llamas de Nordaar!

¡Del hogar!

Con un último suspiro… Landion cerró los ojos en paz…

Junto con el eco profundo de aquellos tambores que le gritaban al cielo, todavía latiéndole en el pecho.