Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Los Dados #5
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Los Dados #5

Y aun así, contemplar la Puerta de Luz erguida frente a él… imponiéndose poco a poco, contra el cielo como una cordillera de piedra levantada por gigantes… revelaba una magnitud que ningún mapa, ni ninguna cifra estudiada, habían conseguido transmitirle jamás.

El Anillo arrastraba la fama de ser una muralla impenetrable, y fue edificado durante largos Nexos para circundar aquella extensión maldita, y contener el avance de las abominaciones muertas en vida que se agitaban dentro de la Tierra Muerta…

y Landion sabía también que su construcción devoró innumerables vidas de los Maestros de la Piedra…

unos Nenders consumidos por el esfuerzo y los aplastantes accidentes, que nunca lograron ver terminada la muralla que construían, pero dejaron sus nombres grabados en la base misma de lo que levantaron…

en un sacrificio rememorado en varios cientos de hojas, que un famoso cronista bautizó Los Pedreros Heroicos , y que el joven cartógrafo siempre postergó leer, a pesar de la insistencia del Maestro Elonio en que lo hiciera.

Pues Landion siempre terminaba encontrando un libro que consideraba mucho más importante…

o tal vez alguna nueva historia relacionada con la heroicidad de Coole…

o incluso releer todo relato, sobre aquellos poderosos Dioses que tanto le fascinaban…

porque esos héroes pedreros nunca empuñaron espadas…

sino únicamente picos… y eso bastaba para volverlos invisibles.

Sin embargo, fue el sudor de esos pedreros sobrevivientes y la sangre de aquellos que murieron, lo que ahora permitía que el mundo que habitaba del otro lado de esa muralla llamada Anillo…

entre ellos el de su propia familia en aquel distante pueblo de Gevas…

pudiera seguir respirando una paz intacta… ignorantes del horror que los acechaba.

Por eso él estaba allí.

Y por eso se había alistado para las Incursiones Oscuras.

Sí… es cierto que el legendario Capitán Coole era el paladín de su infancia, y que durante Ciclos soñó con internarse en lo desconocido con la espada bien en alto…

tal como contaban que aquella leyenda hizo en sus Viajes a la Tierra Muerta…

pero ese impulso juvenil de gloria, convivía en su interior con algo que ningún himno de las Legiones, ni ningún relato de su heroico capitán le había conseguido encender…

y sin embargo le ardía más hondo que cualquier hazaña.

Era ese juramento silencioso que se aprende en la mesa del hogar, mucho antes de aprender a empuñar una lanza… y que se reducía al simple deseo de proteger a sus seres queridos, con cada hueso que aún le respondiera.

A aquellos padres que le dieron el jarabe.

Los que quizá le mintieron.

Pero también los que lo criaron.

Los que lo amaron.

¿Importaba realmente qué sangre corría por sus venas?

Porque él los amaba con un amor más sólido y más verdadero que cualquier linaje heredado… y en lo más hondo, necesitaba demostrarse que ese amor era suficiente para sostenerse de pie… ante la pesadilla que se cerraba sobre su vida con un aliento frío.

«Los de esta familia no se rompen», decía siempre esa madre que él deseaba proteger.

Y Landion quería creerle.

Pero ahora esa muralla… ese Anillo casi infinito que se establecía como un límite de piedra entre dos mundos irreconciliables… era quien debía resguardarlo a él.

El sendero en ese tramo final, se extendía recto en una franja pálida de tierra endurecida que avanzaba sin desvíos hacia la Puerta de Luz…

y fue entonces, cuando uno de los vigías desde lo alto de la muralla, distinguió la figura del joven cartógrafo avanzando a lo lejos por el centro del camino, encorvado bajo el peso del cansancio y tropezando de tanto en tanto…

en una lucha desigual contra sus propias piernas.

—¡La Incursión está de regreso! —gritó a viva voz ese vigía… y de inmediato hizo sonar las campanas tres veces, con un metal urgente que rasgó el aire… sin dejarle dudas ni a los distraídos.

El eco que en ese mundo de vivos sí existía, se propagó vibrando por la piedra del Anillo, reptando por las grietas profundas, trepando a los oídos de los centinelas en las almenas, y despertando en las altas torres, donde los Legionarios Imperiales dormitaban entre los turnos…

y entonces decenas de guerreros comenzaron a asomarse uno tras otro, por cada ancho pasillo existente y subiendo por cada escalera disponible…

armándose al correr con esa urgencia torpe que solo existe entre el sueño y el combate…

encajando cascos con las telas de rango ondeando sin orden…

y envainando espadas de todos los tamaños con un metal que cantaba sin cesar…

mientras comenzaban a repartirse por el Anillo, con esa disciplina antigua que el entrenamiento construye…

pero que solo se afila de verdad cuando el peligro deja de ser un ejercicio.

Era como si la fortaleza entera hubiera sido arrancada de un sueño pesado, y arrojada de golpe al borde mismo del horror.

Los ojos de los vigías barrieron el horizonte con una atención febril, buscando las demás siluetas en la lejanía…

Buscaban al Capitán.

Buscaban a los veteranos.

Pero solo había uno.

Un muchacho casi arrastrándose hacia la luz.

Y detrás de él… no quedaba nada más que ceniza.

En efecto… la Incursión Oscura había regresado.

Aunque reducida a uno solo.

Todavía la penumbra persistía, porque el amanecer se demoraba en lo alto del cielo, y esta tardanza les dejaba bien en claro a los hombres del Anillo, que el peligro seguía respirando en algún lugar cercano…

oculto entre la oscuridad y la distancia que el ojo evita…

y que la muerte en vida aún aguardaba paciente el momento en que alguien bajara la guardia.

Por eso todos comenzaron a gritarle desde lo alto de la muralla, con las voces pisándose unas a otras:

—¡Corre! ¡Corre!

—¡Vamos! ¡Tú puedes!

Landion trastabillaba por un agotamiento que le mordía los músculos…

y el trecho final seguía extendiéndose ante él con una crueldad implacable, a la vez que sus fuerzas se escurrían sin que pudiera hacer nada por retenerlas…

y apenas lograba percibir los clamores de aliento que caían desde el Anillo…

porque las voces llegaban deformadas por la distancia antes de lograr alcanzarlo.

—¡Ya llegas! ¡No te rindas!

El ánimo le afloraba, y poco a poco las voces comenzaron a sonar más nítidas…

más cercanas… y el joven cartógrafo comenzó a sentir que aquellas palabras lo empujaban hacia la fortaleza, más que cualquier músculo que le quedara…

lo incitaban a tocar esa puerta que brillaba en la muralla, como una salvación en la que todavía valía la pena creer.

Pero su cuerpo no respondía al mismo ritmo, y la vista se le nublaba por momentos, disolviéndole los contornos del sendero, en sombras que parpadeaban en los bordes de su visión… pero los gritos continuaban llegando igual que golpes de adrenalina.

Empujándolo…

Guiándolo…

¡Solo debía seguir el sonido!

—¡No te detengas! ¡Escapa de allí!

Bramó un legionario desde lo alto de una de las torres, y justo en ese mismo instante…

el cielo se encendió en un estallido súbito de luz rojiza, que desgarró la penumbra del amanecer…

cuando los arqueros comenzaron a lanzar decenas de flechas de fuego desde la muralla, que surcaron el aire en bandadas ardientes…

semejantes a aves de presa precipitándose con rabia detrás del joven cartógrafo, estallando contra el suelo…

y levantando de golpe un muro de llamas que rugió hacia las estrellas, cerrando la retaguardia con una ferocidad viva, dispuesta a devorar cualquier cosa que osara seguirlo…

y el calor le llegó a Landion desde atrás, como un golpe en la espalda que lo impulsaba hacia adelante.

¡Los legionarios cubrían la huida con llamas!

Ya que no había tiempo para dudas ni para elegancias.

Era fuego directo.

Preciso.

Brutal.

—¡Avanza! ¡No te detengas!

Y a ese clamor incesante que descendía desde el Anillo, se le sumó el golpeteo de pesadas cadenas, que hizo vibrar la piedra bajo los pies de los centinelas…

cuando la Puerta de Luz y su masa colosal de hierro y madera reforzada, iniciaron su parsimonioso acto de apertura…

pareciendo que un fragmento entero de la muralla de piedra decidiera apartarse para dejarlo pasar…

mientras una decena de mecanismos comenzaron a gemir al ponerse en movimiento, y cada eslabón que se tensaba, le arrancaba un estremecimiento a la tierra con una cadencia lenta y solemne…

que marcaba en el aire el pulso mecánico de lo inevitable.

Un latido que llegó hasta el joven cartógrafo creciendo entre el rechinar del hierro y el arrastre de las cadenas, junto con el canto grave de unos engranajes rojizos como el bronce, que comenzaron a transformarse en una promesa a punto de cumplirse…

y por un instante, incluso llegó a creer que el propio Anillo inclinaba su masa colosal sobre el camino, para anunciarle con esa voz profunda de la roca… Llegaste a tiempo .

Y Landion lloró.

Sin imaginarlo.

Sin poder evitarlo.

Simplemente sus lágrimas se mezclaron con el sudor y el polvo… y no le importó.

Porque por primera vez desde que estaba escapando, se permitió creer que si incluso se desplomaba ahí mismo… algún brazo desde la muralla llegaría a tiempo para sostenerlo.

¡Solo debía seguir el sonido!