Los Dados #4
Entonces se lanzó a la carrera, y una descarga feroz de adrenalina le incendió la sangre y le despertó las piernas que creía agotadas, y saltó con agilidad lo que parecía ser la pata destrozada de uno de los novivos, que todavía convulsionaba sobre la tierra ennegrecida…
y un instante después esquivó la cabeza decapitada de otro, ¡que aún lanzaba tarascones furiosos al aire!
… y luego de unos trancos dejó al fin atrás aquel vaho nauseabundo, que le cubría el paladar con un sabor agrio de podredumbre.
Y el aire limpio lo golpeó como una bendición…
llenándole los pulmones hasta abrirse con la urgencia hambrienta, de quien ha permanecido demasiado tiempo bajo el agua y por fin alcanza la superficie…
y cada bocanada era devorada con una avidez salvaje, mientras Landion corría impulsado por el pánico, durante lo que le parecieron miles de Pulsos más…
aunque en algún rincón todavía lúcido de su mente, sabía que aquella huida interminable no podía estar durando tanto.
Gracias, Aneara , susurró entre pesadas respiraciones rotas, rezándole a esa estatua que ya no estaba. Enviaste a Zancas. Me protegiste.
¿O fue el propio animal quien decidió volver por su cuenta?
No lo sabía.
Y tal vez nunca llegaría a saberlo… si bien tampoco parecía importarle.
Porque vivo gracias a esa unión… fuera lo que fuese.
Y en ese mismo momento, con el corazón golpeándole el pecho igual que un martillo desesperado… eso era todo lo que necesitaba.
Aunque ya no le quedaba mucho más que eso…
Pues su cuerpo había dejado de distinguir entre huir y sobrevivir, y todo en él se reducía a unos impulsos ciegos…
A mover las piernas…
A respirar…
A no caer…
Mientras tanto… la confusión lo envolvía igual que una niebla espesa… borrándole los contornos del mundo hasta disolver cualquier noción de cuánto tiempo llevaba huyendo, y sintiéndose incapaz de ordenarlo en un antes y en un después que conservara algún sentido.
Y ya ni siquiera comprendía por qué corría.
Era como si las piernas del joven cartógrafo hubieran usurpado el mando de su cuerpo, y obedecieran a un instinto más antiguo que cualquier pensamiento articulado… siguiendo una orden primitiva grabada en la carne misma, que lo empujaba hacia adelante bajo una única consigna…
Escapar para vivir.
La Ruta Silente serpenteaba ante él con un trazado vacilante, abriéndose paso entre matorrales secos y sombras persistentes aferradas al suelo…
y de pronto, en el momento en que Landion menos lo aguardaba, la aureola pálida del nacimiento de un nuevo Halo comenzó a emerger sobre el mundo…
derramando una claridad tenue que se filtraba entre los pliegues de la penumbra…
mientras las cinco lunas iniciaban en lo alto del firmamento el final del eclipse…
separándose unas de otras en un silencio solemne a través de la bóveda oscura…
y por un instante pareció que la propia noche se retiraba del cielo a regañadientes…
cediendo su dominio sin terminar de aceptarlo.
Los árboles quebradizos lo obligaban a girar y contragirar sin descanso, a torcer el cuerpo y el rumbo una y otra vez, por un sendero que pronto se volvió interminable, casi rozando lo infinito en la mente del joven cartógrafo…
y colmado de una sucesión de desvíos que parecían empeñados en agotarlo antes de permitirle escapar.
Cada curva prometía el final del camino…
Cada curva se lo negaba…
Hasta que luego de dejar atrás el último recodo… y con el pecho ardiendo y las piernas temblándole, bajo el castigo de la carrera… Landion divisó su salvación…
Cuando la majestuosa Puerta de Luz del Anillo apareció clavada en el horizonte, semejante a una aguja de piedra que desafiaba dos mundos tan solo con su existencia…
era inmensa y la única estructura que la Tierra Muerta aún no había conseguido derribar…
pero aún el joven cartógrafo permanecía separado de ella por lo que parecían cientos de pasos.
Tal vez mil…
Quizá millones…
Pues ya le resultaba imposible medir con certeza ese trecho que se abría ante él, como un último abismo que debía cruzar, antes de que su cuerpo decidiera que ya había sido suficiente.
Y a partir de allí el camino comenzó a extenderse recto y despiadado…
ya sin curvas que prometieran un final cercano…
sin recodos que lo negaran… solo esa distancia brutal entre sus piernas que fallaban, y la Puerta de Luz que nunca terminaba de acercarse…
pareciendo una promesa cruel que retrocedía cada vez que él avanzaba.
Pero al menos el intenso fulgor de los Luminares distribuidos por lo alto de la torre, lo alcanzaba desde la distancia…
con aquella claridad firme que vigilaba sin parpadear esa franja desolada de la Tierra Muerta…
derramando también su luz amarilla sobre el estandarte de las Legiones Imperiales…
donde la espada plateada de cinco hojas se recortaba con dureza contra el fondo escarlata y añil, brillando con un filoso frío incluso bajo los últimos restos de penumbra.
El joven cartógrafo apenas lo distinguía, pero el viento lo hacía ondear con una autoridad indiscutible, desplegando y plegando el paño en sacudidas amplias, que parecían darle al estandarte una respiración propia…
y cada pliegue del tejido enunciaba un mandato que no necesitaba voz alguna para imponerse…
porque Nordaar nunca había necesitado gritar para ser obedecido.
El maestro Elonio se lo había explicado en más de una ocasión, en esas clases en la cabaña de la colina bajo la calidez del hogar…
mientras le marcaba en mapas viejos con ese dedo índice quemado, aquellos Reinos que buscaban amparo en el símbolo de Nordaar, acercándose con una esperanza temblorosa…
igual que quien extiende la mano hacia un poder que sabe más grande que él…
ya resignado a aceptar sus condiciones, con tal de no quedar entre las fauces de dos colosos hambrientos.
Y Landion durante esos primeros Ciclos de estudio, miraba asombrado…
como si los Reinos marcados, fueran personajes de una historia que recién comenzaba…
a la vez que Elonio le hablaba de aquellos otros Reinos que bajaban la cabeza en silencio, con ese temor aprendido a fuerza de castigos que vaciaron hasta el último grano de trigo…
de crudas derrotas que borraron nombres enteros del continente, y de generaciones enteras que olvidaron cómo era vivir sin tener que arrodillarse, ante el peso del metal de esa bota color sangre y ceniza.
Para al final de la lección ampliar bien el mapa… y señalar con otro dedo quemado aquel Reino también muy poderoso, que conocía el peso de esas cinco espadas tan bien como Nordaar conocía el implacable suyo… y que por eso mismo jamás habían terminado de encontrarse.
—¡La Puerta de Luz! —murmuró el joven cartógrafo, y un anhelo ardiente le recorrió las venas exhaustas.
Necesitaba oírse diciéndolo.
Ansiaba escuchar la esperanza brotando de su propia voz.
Porque allí estaba esa legendaria entrada del Anillo.
¡La salvación misma!
El lugar donde todo comenzó.
Donde se quitó la capa escarlata y añil.
Donde vio a Zancas por primera vez.
Y ahora regresaba cubierto de polvo.
Maltrecho.
Solo.
Sin sus compañeros.
¿Pero lo recibirían como a un héroe?
¿O como al único cobarde que sobrevivió?
La pregunta le atravesó la mente y se le clavó un instante.
Sin embargo… eso podía esperar al otro lado.
Primero quería cruzar esa puerta.
Volver a casa.
Ver a su madre.
Abrazar a su padre.
Aunque le hubieran mentido.
Aunque le hubieran impuesto cadenas.
Los amaba.
Y eso era lo único que le importaba.
Porque allí mismo… frente a sus ojos agotados, se alzaba sobre la línea negra del páramo, el único umbral entre la Tierra Muerta y el mundo de los vivos.
Y comprendió de nuevo al verla… que el nombre Puerta de Luz no era una mera metáfora complaciente, ni una exageración de la pluma de los cronistas del Reino…
sino una verdad que vivía en el resplandor de los cientos de Luminares distribuidos por toda su estructura, y colgados de las torres y engarzados en los arcos de la compuerta por decenas, vertiendo una claridad que no conocía el parpadeo…
mientras iluminaban el camino con la obstinación vigilante, de un faro incapaz de dormir.
Un faro levantado donde la vida termina… y destinado a recordarles a las almas errantes, que todavía existía un puerto seguro al otro lado.
Los cientos de relatos del Maestro Elonio se lo habían anunciado…
pero anunciarlo no era lo mismo que verlo…
y ahora Landion la veía alzarse en medio de esa desolación, desafiando con su fulgor a la oscuridad misma…
dándole la impresión de que el sol hubiera clavado en la tierra una astilla de su propia luz, para custodiar ese umbral entre la oscuridad y los vivos.
En el noroeste encontrarás la salvación , recordó entonces aquel dicho antiguo grabado en su memoria… que nunca lo había comprendido con tanta claridad como durante aquella desesperada carrera.
El joven cartógrafo continuaba con la fuerza abandonándolo tramo tras tramo, y el aire ardiéndole en los pulmones igual que si hubiera tragado brasas… y desde su punto solo alcanzaba a distinguir murallas extendiéndose sin interrupción, en una línea de piedra que parecía no terminar nunca.
Él sabía que el Anillo era imponente.
Sabía que se alzaba por encima de diez caballos apilados uno sobre otro.
Sabía que su ancho empequeñecía a nueve carretas colocadas lado a lado.
Pero no porque estuviera calculando esto ahora, con la vista empañada por el sudor y desenfocada por el agotamiento…
sino porque lo había estudiado antes de partir, bajo la insistencia paciente del Maestro Elonio…
quien solía repetir, con la serenidad obstinada de quien afila una verdad hasta volverla incuestionable: «En el Mundo de Albynia, el saber es la espada más poderosa».